.las cartas más apasionadas del mundo-Atormentadas I

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“Soy seca, soy dura y soy cortante.
El amor me hará otra contigo,
pero no me podrá rehacerme del todo.”
-Gabriela Mistral

En su encendido intercambio epistolar, Gabriela Mistral se ofrece sin reservas a Manuel Magallanes Moure y le promete acoger su dolor: “Guárdame los ojos hinchados de lágrimas; sólo sobre mi cara han de aliviar ellas”. En el fondo ella sabe que él no es capaz de lo mismo, pero no lo revela hasta más adelante de la carta:

Gabriela Mistral a Manuel Magallanes Moure

Manuel:
“Tu carta debió llegar ayer pero llegó ayer a la noche.
Me he puesto tan contenta de saberte tranquilo y afectuoso.
Vuelvo a decirte: no tienes derecho a llorar lejos de mi pecho. Guárdamelo todo -amargores y amor- porque todo cabrá en mí y porque no quiero que nada tuyo se pierda en otras manos, ni siquiera la sal de tus lágrimas.
Sed tengo de tí y es una sed larga e intensa para la que has de guardarte intacto.
Guárdame los ojos hinchados de lágrimas; sólo sobre mi cara han de aliviar ellas.
Dolorido te amo más.
Me acrece la ternura hasta lo infinito al saberte dolorido.
Tus cartas ardorosas no hacen en mí lo que tus cartas sufrientes. ¡Como la de hoy, amorosas!
Sin… (No termino, ¿quieres? ).
Pero todas esas cartas tienen razón de ser, copian horas diversas. A la hora de la siesta se escriben aquéllas. ¿verdad?.
Me gusta mucho escribirte en la noche, pero ahora me duelen los ojos de leer o escribir a estas horas. Y alguna vez cuidaré algo de mi cuerpo: mis ojos. Al cabo son tuyos y de quererlos por esto.
Sigo mañana, jueves día festivo. No me despido. Vas a pasar conmigo toda la noche.”
-Lucila

Ella quiere entregársele, pero tiene miedo de ser rechazada.
Finalmente se decide a exponerle sus temores.
La frase es tan sincera como dolida: “Tú no serás capaz (interrógate a tí mismo) de querer a una mujer fea”.
Es una carta terrible con frases como: “Tal vez llegarás a besarme, para engañarte más que para engañarme” o “Soy seca, soy dura y soy cortante. El amor me hará otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo. Además, tardo mucho en cobrar familiaridad con las personas. Este dato te dirá mucho: no tuteo absolutamente a nadie. Ni a los niños. Y esto no por dulzura, sino por frialdad, por la lejanía que hay entre los seres y mi corazón”.
Es una carta sincera que busca desesperadamente una respuesta que la tranquilice también sinceramente… En vano…

“Manuel:
10 P.M.- Me levanté a las 3 P.M.- Llovía, hacía mucho frío y me quedé en cama leyendo. Después, he trabajado y sólo la noche me queda, como ayer, para conversar contigo.
Tengo mucho que decirte, Manuel, mucho. Pero son cosas que se secan al pasar a la palabra.
Me dices ingenuamente: “Dame la dicha, dámela; tú puedes dármela.” Y conmovida hasta la tortura, yo miro en mi y veo como una claridad perfecta, que yo no podré dártela, Manuel.
Amor, mucho amor; ternura, ternura, ternura inmensa como nadie, nadie, la recibió de mí; pero ni ese amor ni esa ternura te darán la felicidad, porque tu no podrás quererme.
¡Si lo sabré yo, si lo habré comprendido bien! Éste es el punto que tú evitas tratar y es el único que debiéramos tratar, porque es “el único que importa”.
“Tú no serás capaz (interrógate a tí mismo) de querer a una mujer fea”.
Hoy, ayer, varios días, desde que mi viaje se ha decidido, vivo pensando en nuestro encuentro.
Y me estoy convenciendo de que va a ser la amargura más grande de mi vida.
Tú eres bondadoso, y querrás dejar ver el golpe, y (eso será lo peor) me hablarás con cariño.
Tal vez llegarás a besarme, para engañarte más que para engañarme.
He observado que hay en tí un gran deseo de engañarte, de creerte enamorado, de gritarte conmovido.
Quieres conmigo aturdirte como un mal aguardiente, para olvidar; no más alegues; ¿qué puedes alegar?
Todo lo que dices, tu acariciar y tu emocionarte hasta lo más hondo es porque tú crees que soy yo.
¡Si fuera posible evitarte y evitarme el sufrimiento que, seguramente, te va a sangrar en ese encuentro!
Pero, no hay remedio. Los dos lo queremos, los dos lo llamamos con desesperación.
Yo lo querría mañana mismo.
Porque te quiero más cada día y porque tampoco es posible que tú estés en el ridículo de una situación así: viviendo para un absurdo y por un absurdo.
Esto crece, y me da miedo ver cómo me estás llenando la vida.
Todo me lo has barrido; los menudos cariños por las niñas, hasta por las gentes que viven conmigo, se apagan.
No tengo tibieza de abrazos, palabras afectuosas y actitud de amor sino para tí.
Y hay todavía tres meses de espera; tres meses de quimera para tí y robustecimiento para mí de una cosa que, seguramente, tú mismo me pedirás que arranque.
Te aseguro que no me parece ya un juego ni algo sin peligro. Me da miedo. ¿Qué hacer? No hay remedio. ¿Para qué hablar, fantasear contando con el futuro, si estamos edificando sobre una locura? Y no hay remedio.
Alguna vez he pensado en mandarte un retrato mío en que esté parecida (porque el que tú conoces es muy otro) ¡pero eso es ineficaz!
Tu imaginación siempre pondría luz en los ojos, gracia en la boca. Y algo más: lo que más ha de disgustarte en mí, eso que la gente llama el modo de una persona, no se ve en un retrato.
Soy seca, soy dura y soy cortante. El amor me hará otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo. Además, tardo mucho en cobrar familiaridad con las personas. Este dato te dirá mucho: no tuteo absolutamente a nadie. Ni a los niños. Y esto no por dulzura, sino por frialdad, por la lejanía que hay entre los seres y mi corazón.
¿Conseguirán tus ojos aquél día mostrarme tu alma de modo que la confianza brote en el acto y eche los brazos al cuello en la realidad como te los echo en la imaginación?
No, porque tus ojos, leales a tu alma, no tendrán luz de amor en aquel momento.
Tú no podrás quererme, Manuel. Esto me lo he dicho mil veces hoy día.
Mira, el domingo pasado cuando ese hombre me hablaba de su simpatía por mí, le oía con rabia como se oye a un embustero. Eso fuera de la irritación que da el que alguien le hable de ternura cuando se tiene llena el alma de ella, pero para otro.
Y eso que ese hombre quizás pueda querer a una mujer fea, porque él no es lo que eres tú físicamente ni lo que eres como refinamiento de espíritu.
No hay quién me convenza hoy a mí de que puede quererme. Sólo un idiota.
Dime la verdad, Manuel. ¿Tan grande es la ceguera que tú mismo te has dado que nunca has pensado en lo que puede resultar de nuestro encuentro?
Dime la verdad: ¿no te ha atormentado este pensamiento como me atormenta a mí?
Serás capaz, te dejará la bondad ser honrado para no tocarme, para no decirme una palabra más de cariño, después del desengaño?
Perdóname, pero yo no te creo capaz de esta generosidad, por lo mismo que tú ya conoces de antemano el efecto que hará en mí.
No discutamos los modos de amarnos; hablemos de esto que es lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás fea? Tú ¿me querrás antipática? Tú ¿me querrás como soy? Te lo pregunto y veo que luego no puedes contestarme.
Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad de ingenuidad de un niño y me dirás. Si. Te siento niño en muchas cosas y eso me acrece más la ternura. Mi niño, así te lo he dicho hoy todo el día y me ha sabido a más amor la palabra que otras.
Esta ternura mía es cosa bien extraña. El amor es otra cosa que esta ternura. El amor es más pasional y lo exaltan imaginaciones sensuales. Me exaltan a mí sobre todo tus palabras doloridas y tiernas “desviadas un poco del ardor carnal”. Quizás tu mirada me conmueva más que abrazo; quizás me dé tu mirar la embriaguez que los demás arrancan de caricias más íntimas.
¡Niño mío! Yo no sé si mis manos han olvidado o no han sabido nunca acariciar; yo no sé si todo lo que te tengo aquí adentro se hará signo material cuando esté contigo, si te besaré hasta fatigarme la boca, como deseo, si te miraré hasta morirme de amor, como te miro en la imaginación.
No sé si ese miedo del ridículo que mata en mí muchas acciones bellas y que me apaga muchas palabras de cariño que tu no ves escritas, me dejará quietas las manos y la boca y gris la mirada ese día.
¡Ese día!
Si voy a sufrir mucho ¿no será preferible evitarlo Manuel? Eso es necesario. Te prometo procurar que estemos solos. Sería padecer más si fuera delante de otros.
No te escribo más, aunque quisiera seguir. ¿Por qué? Porque esta carta me ha hecho sufrir más que otra ninguna. Es terrible esta situación. ¿Serás capaz de quererme después de haberme visto? Como un heroísmo tan vez. Pero yo no admitiría heroísmos de esta especie.
Tuya, tuya, completamente, inmensamente.”
L.

Finalmente el encuentro se produjo y ésta fué la amarga carta de ella que siguió a algo tan ansiado como temido:

19 de abril
Manuel:
“He leído tu carta.
Justifico absolutamente la mala impresión que le dejé (algo peor que eso). Sin embargo, Manuel, no debió aquel ímpetu extrañarle tanto si hubiera tenido fresco el recuerdo de mis cartas. Siempre le dije lo que soy. Y si no lo hubiese sabido por mí, lo supiera por la gente, y si ni esto hubiese habido, con leerme un poco los versos habría comprendido que soy la más desconcertante y triste (lamentable) mezcla de dulzura y dureza, de ternura y grosería.
También es cierto, Manuel, que cuando se tiene un alma como la suya no es posible explicarse sin una natural repugnancia, el alma opuesta.
Hay en Ud. -no olvide esto primero- una suavidad natural, que es cosa de su sangre, una virtud casi química (perdone la expresión) a la que ha venido a agregarse la depuración voluntaria por la cultura.
Ni aquello ni esto lo tengo yo.
Mi herencia es cosa fatal; la cultura nada ha hecho en mí o porque estudié tarde o porque los temperamentos primitivos repelen la educación.
Recuerde, para perdonarme del todo, que yo le hablé en serio y en broma de mis intemperancias de carácter. Si me hubiese creído antes nos habríamos ahorrado, Ud. y yo, este dolor.
Pero hay en su carta un silencio absoluto sobre la causa de lo que me pasó aquél día. ¿No lo vió usted? O lo vió, pero parece que no alcanza a excusarme la causa?
Recuerde que me dirijo a Ud., contestando a una pregunta mía, que mis presentimientos eran verdad, que Ud. no me quería en el sentido hondo de la palabra.
Después de esto, cuyo efecto ha debido Ud. ver ¿no me debía extrañar su beso en la mano? ¿Debía yo aceptarlo? ¿Era, Manuel, el beso de cortesía, el beso cortesano que se da a las mujeres?
Soy salvajemente sincera y este acto me irritó, Manuel.
No era, no, una falsedad; era algo peor: era la piedad que quiere hacer perdonar la franqueza noble. ¡Ah! ¡Menos noble la piedad que la franqueza!
¿No vió Ud. esto? Es lo único que he deseado saber. Es cierto, Manuel; tengo algún orgullo y no acepto la lástima. Que se me deje sola con mi pena; soy capaz de cualquier dolor, pero me ofende la lástima, porque es un desconocimiento de la fuerza de mi alma. (…)
L.
-Su silencio me hacía daño gracias por su carta.
-De más está decirle, Manuel, que no protesto su declaración de ese día: era mi certidumbre de 7 años que Ud. no podía quererme. No, no quería; no podía….”
[.El rechazo del poeta de la barba nazarena

Manuel Magallanes Moure, conocido como “el poeta de la barba nazarena” y Lucila, verdadero nombre de pila de Gabriela Mistral, no se amaron en persona porque él esperaba otro tipo de mujer.
Ella le añoró en gran parte de sus poemas:

“Volverlo a Ver”
“¿y nunca, nunca más, ni en noches llenas
de temblor de astros, ni en las alboradas
vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

¿Al margen de ningún sendero pálido,
que ciñe el campo, al margen de ninguna
fontana trémula, blanca de luna?

¿Bajo la trenzaduras de la selva,
donde llamándolo me ha anochecido,
ni en la gruta que vuelve mi alarido?

¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde,
en remansos de cielo o en vórtice hervidor,
bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!

¡Y ser con él todas las primaveras
y los inviernos, en un angustiado
nudo, en torno a su cuello ensangrentado!.”]
-Gabriela Mistral

-Selección de Alicia Misrahi

 

 

Delicado. Alucinante arte:

4 pensamientos en “.las cartas más apasionadas del mundo-Atormentadas I

  1. Mi querida Gabi, no conocía este amor de Gabriela Mistral, gracias por hacérmelo conocer.
    Qué intensa que era ella. Disculpa que no pueda tanto participar … mi mano derecha sigue mal.
    Te quiere mucho … Ceci Soyer

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