.cómo mirar el cielo II

.vientos

“Estoy sentada en el borde del continente, en la costa marina de Point Reyes, la península del norte de San Francisco, donde la tierra da lugar al inexorable océano Pacífico y al acertijo azul del cielo.
Cuando el chillido de las cigarras, fuerte como una sierra, cesa de pronto, sólo el grito de los pájaros ayuda a descifrar los códigos mudos del día.
Un halcón se zambulle en la nada, arrancando una delgada tira de aire en su vuelo.
Al comienzo, aletea con vigor para ganar altura, hasta que encuentra una corriente cálida, y corta el aire con las alas, subiendo en una espiral de círculos cerrados con los ojos fijos en el suelo en busca de roedores o conejos.
Abriendo el círculo, gira lentamente, como un parasol en movimiento.
El halcón sabe por instinto que no se caerá.
El cielo es la única constante visual en toda nuestra vida, un telón de fondo total para todas nuestras actividades, pensamientos y emociones.
Pero tendemos a pensar en él como algo invisible: una ausencia, no una sustancia.
Cuando nos movemos por entre las latitudes cristalinas del aire, rara vez lo imaginamos como la materia densa que es en realidad.
Casi nunca detenemos el pensamiento en ese espectro azul que llamamos el cielo.
«Skeu», digo en voz alta, empleando la palabra de nuestros antepasados, en antiguo inglés; trato de pronunciarla como pudieron hacerlo ellos, con temor y reverencia: «Skeu.»
En realidad, era la palabra que denominaba una cobertura de cualquier tipo.
Para ellos, el cielo era un techo de colores cambiantes.
No puede asombrarnos que alojaran allí a sus dioses, como si se tratara de vecinos que, en ataques de mal humor, se lanzaran rayos por la cabeza en lugar de platos.
Mire a sus pies.
Usted está sobre el cielo.
Cuando pensamos en él, siempre miramos hacia arriba.
Pero el cielo en realidad empieza en la tierra.
Caminamos por él, gritamos en él, rastrillamos hojas secas, lavamos al perro y conducimos coches por él.
Lo inhalamos hasta lo más profundo de los pulmones.
Con cada aliento, incorporamos millones de moléculas de cielo, las calentamos brevemente y las exhalamos de vuelta al mundo.
En este momento, usted está respirando algunas de las moléculas que una vez respiraron Leonardo da Vinci, William Shakespeare, Anne Bradstreet o Colette.
Respire hondo.
Piense en La tempestad.
El aire hace funcionar el fuelle de los pulmones, y da energía a las células.
Decimos «liviano como el aire», pero nuestra atmósfera no tiene nada de liviana, con sus cinco mil trillones de toneladas de peso.
Sólo un garfio tan fuerte como la gravedad podría retenerla pegada a la tierra.
De otro modo, simplemente se iría flotando a las extensiones sin límites del espacio.
A veces nos maravillamos de lo «calmado» que está el día, o lo «serena» que está la noche.
Pero no hay calma en el cielo, ni en ninguna parte donde se encuentren la vida y la materia.
El aire siempre vibra, lleno de gases volátiles, esporas tambaleantes, polvo, virus, hongos y animales, todos ellos agitados por un viento incansable.
Hay seres voladores activos, como mariposas, aves, murciélagos e insectos, que surcan los caminos del aire, y hay voladores pasivos como las hojas de otoño o el polen, que se limitan a flotar.
Comenzando por la tierra y estirándose en todas direcciones, el cielo es el espeso medio flexible en el que vivimos.
Cuando decimos que nuestros lejanos antepasados reptaron por la tierra firme, olvidamos agregar que en realidad pasaron de un océano a otro, desde las capas más superficiales del agua a las más profundas del aire.
Una brisa liviana proveniente del Pacífico ha erizado la hierba en una suerte de copete.
Un poco más lejos, en un claro más protegido, encuentro un pequeño almácigo, alrededor del cual se ha formado un círculo de tierra.
Parece como si alguien hubiera trabajado el suelo hasta conseguir ese resultado, pero lo ha hecho el viento.
Pensamos en el viento como en una fuerza destructiva -un repentino embudo que arranca y se lleva el techo de una pequeña escuela de Oklahoma-, pero el viento es también un albañil lento y vigoroso que modela acantilados, erosiona laderas, recrea playas, traslada árboles y rocas a través de montañas y ríos.
El viento crea olas, como en las dunas de sensuales repliegues en el Valle de la Muerte o a lo largo de las costas cambiantes.
El viento se lleva la capa superior del suelo como si no fuera más que un mantel sucio sobre los campos ajedrezados del Medio Oeste, formando un «cuenco de polvo».
Puede mover generadores, planeadores, molinos, barriletes, barcos de vela.
Lleva semillas y polen.
Transforma el paisaje.
En las costas marinas, suelen verse árboles dramáticamente esculpidos por el viento.
El viento norte está representado en los mapas antiguos como un hombre de mejillas hinchadas, cabello desgreñado y una expresión tensa, soplando tan fuerte como puede.
Según Homero, el dios Eolo vivía en una caverna, donde tenía a todos los vientos enterrados en una bolsa de cuero.
Le dio la bolsa a Ulises para ayudarle en su travesía, pero cuando los compañeros de Ulises abrieron la bolsa, los vientos se soltaron y se dispersaron por el mundo, chillando y rugiendo y, en general, causando estragos.
«Hijos de la mañana», llama Homero a los vientos griegos.
Para los antiguos chinos, fung significaba a la vez viento y aliento.
Tiu significaba «moverse con el viento como un árbol».
Yao era la palabra empleada cuando algo flotaba en la brisa como un plumón.
Los nombres de los vientos son mágicos, y dicen mucho sobre los numerosos humores que puede tener el cielo.
En Portugal, tienen el viento coado de las montañas; en Japón, el demoníaco tsumuji, o el suave matsukaze de los bosques de pino; en Australia, el balsámico biickfielder (cuyo nombre empezó describiendo las tormentas de polvo que soplaban desde los ladrillares, cerca de Sydney); el cálido y húmedo cbinook norteamericano que viene del mar, bautizado por los indios que habitaban Oregon; o el blizzard cargado de nieve o el feroz Santa Ana o el húmedo waimea de Hawaii; el caliente simún del norte de África (cuyo nombre deriva del arameo samma, «veneno»); el ardiente zonda argentino, que se precipita desde los Andes a las pampas; el oscuro y triste baboob del Nilo; el buran ruso, de fuerza tempestuosa, que arrastra la tormenta en verano o la nieve en invierno, el refrescante etesian veraniego, en Grecia; el tibio foebn suizo, que baja en ráfagas por las laderas de las montañas; el seco y frío mistral de Francia (viento maestro), que corre por el valle del Ródano hasta el Mediterráneo; el famoso monzón de la India, cuyo nombre significa toda una temporada de tormentas; el bull’s eye squall del cabo de Buena Esperanza; el enérgico williwaw de Alaska; el datoo proveniente del este en Gibraltar; el melifluo solano de España; el huracán caribeño (derivado de una palabra taína que significa «espíritu maligno»); el frisk vind sueco, equivalente a una tempestad; el susurrante I tien tien fung de la China, o la primera brisa de otoño…”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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