.cómo mirar el cielo III

.cómo mirar el cielo III

Palermo, Bs.As.

  “Hace días que amenaza tormenta, y ahora cruzan el cielo pesadas nubes grises. Miro las algodonosas masas de los cúmulos (palabra que significa «montón») y las anchas franjas de estratos (que significa «capa»). Como observó una vez el escritor James Trefil, una nube es una especie de lago flotante. Cuando el aire caliente que sube choca con el aire frío que baja, cae la lluvia, que es lo que pasa ahora. Me refugio en un porche mientras se desencadena un verdadero diluvio, durante el cual el cielo se estremece y ruge. Surgen de él los rayos, que buscan el suelo como tenedores. De hecho, el cielo envía primero un pequeño explorador eléctrico, y la tierra responde enviando un gran chispazo hacia el cielo; ese chispazo calienta tanto el aire, que éste explota en una onda de choque, o trueno, como lo llamamos. Contando los segundos entre el relámpago y el trueno, y dividiendo después por cinco, me hago una idea aproximada de la distancia a la que está: once kilómetros. En un segundo, el sonido viaja trescientos treinta metros. Si el relámpago y el trueno llegan al mismo tiempo, no se tienen muchas posibilidades de llegar a contarlo. En unos pocos minutos la tormenta se aquieta y el trueno se aleja por la costa hacia el norte. Pero quedan nubes en el cielo. Una nube rinoceronte se metamorfosea en un perfil de Eleanor Roosevelt; después es un plato de tajadas de melón; después, un dragón con la boca en llamas. Desfilando majestuosas por el cielo, nubes como éstas han sido observadas por personas de todas las épocas y de todas las culturas. ¡Cuántas tardes vacías ha pasado la gente mirando las nubes! Los antiguos chinos se entretenían encontrando formas en las nubes, lo mismo que hoy hacen los inuits, los bantúes y los habitantes de Pittsburgh. Marineros, generales, granjeros, pastores y muchos otros, siempre han consultado la bola de cristal del cielo para predecir el tiempo (nubes redondas: el clima será ventoso; nubes moteadas: habrá lluvia; nubes bajas, espesas, oscuras, como mantas: se acerca un frente frío de tormenta) y han inventado máximas, refranes, y complicados manuales y mapas de nubes, con gráficos tan hermosos como útiles. En un tren que atravesaba Siberia, Laurens van der Post miró por la ventanilla la inmensa extensión de terreno llano y el cielo sin fin. «Pensé que nunca había estado en ningún lugar con tanto cielo y espacio alrededor -escribe en Viaje a Rusia-, y lo que le admiró especialmente fueron «las inmensas nubes de tormenta que venían de la oscuridad hacia la ciudad dormida, parecidas, en sus relampagueos espasmódicos, a fabulosos cisnes nadando hacia nosotros sobre siseantes alas de fuego». Cuando miraba los relámpagos desde el tren, el amigo ruso que le acompañaba le dijo que en ruso hay una palabra especial para designar esa escena: Zarnitsa. En todo tiempo y lugar, los muchos humores del cielo han despertado el interés de la gente. No sólo porque sus cosechas y viajes dependieran del clima, sino porque el cielo es además un símbolo poderoso. El cielo que habitan los dioses, el cielo de cuya permanencia dependemos y que damos por segura, como si en realidad fuera un techo sólido y abovedado en el que estuvieran pintadas las estrellas, como pensaban nuestros antepasados. El cielo que en los cuentos infantiles puede llegar a caerse. Nos imaginamos el cielo como el lugar de descanso definitivo de los que amamos, como si sus almas fueran aerosol perfumado. Los enterramos entre agujas de pino y gusanos, pero en nuestra imaginación les damos una morada más liviana que el aire en algún rincón del cielo, desde donde nos mirarán. En lo «grande» es donde están los grandes sentimientos, donde se encuentra lo «alto y poderoso», donde cantan los coros de ángeles. No sé por qué el cielo simboliza nuestros mejores ideales y motivos, salvo que, por falta de confianza en nosotros mismos, pensemos que nuestros actos de piedad, generosidad y heroísmo no son cualidades intrínsecas, características, que los seres humanos podrían tener por sí mismos, sino dones temporales de un poder ultramundano situado en el cielo. Abrumados por los hechos, o amargados por la naturaleza humana, alzamos la vista hacia arriba, hacia donde creemos que está escrito nuestro destino, entre las moradas de los astros. En muchos mitos y leyendas antiguos encontramos árboles que nos ofrecen conocimiento, quizá porque sólo ellos parecen unir la tierra con el cielo, el mundo conocido y habitado, con todo lo que está más allá de nuestro alcance y nuestro poder. Hoy el océano se agita densamente, con una rompiente espumosa que golpea una y otra vez. Cerca de la playa, la gruesa espuma blanca parece aplicada con espátula. El viento húmedo y salado susurra como enaguas de tafetán. Una gaviota encuentra un crustáceo y comienza a picotearlo, destrozándolo, mientras otras gaviotas vuelan hacia ella y tratan de arrebatarle la comida, todas chillando como una máquina mal engrasada. Cuando estuve en Estambul, hace muchos años, me maravillé del cómo las mezquitas, con sus cúpulas en forma de cebolla, daban forma al cielo entre ellas. En lugar de ver una línea de edificios, como en Nueva York o San Francisco, sólo se ve el espacio negativo entre los minaretes en espiral y las bóvedas bulbosas. Aquí, sin embargo, se ven las siluetas de árboles característicos recortados contra el cielo: el pino escocés, que tiene un largo tronco y una copa redondeada que parece el sonajero de un niño; el ciprés y el abeto, altos, uniformes, similares a granos de arroz. Más al norte, se alzan las secuoyas, los seres vivos más pesados que habitan el planeta. Los eucaliptos de hojas aromáticas -árboles no nativos pero tan resistentes y de crecimiento tan veloz, que se han apoderado de bosques enteros en California- parecen cabelleras recién lavadas con champú. En otoño e invierno, pueden hallarse entre sus ramas largas guirnaldas de mariposas monarcas, colgadas de las patas, que disponen de uñas como ganchos. Todos los años emigran cien millones de ellas a lo largo de seis mil quinientos kilómetros, desde el norte de los Estados Unidos y Canadá, para invernar en la costa californiana. Se unen en racimos para mantener el calor. Las mariposas parecen preferir los árboles aceitosos y mentolados, cuyas exhalaciones mantienen lejos a la mayoría de los insectos y pájaros. El grajo azul ocasionalmente ataca a las monarcas cuando éstas abandonan la guirnalda para beber néctar o posarse con las alas abiertas como colectores solares. Las larvas de monarca comen las hojas del vencetósigo, una planta venenosa, análoga a la digitalina, a la que son inmunes pero que las hace a ellas venenosas, y los pájaros no tardan en enterarse de que comer mariposas puede resultarles perjudicial. Si se ve una monarca volando con una muesca en el ala, lo más probable es que se haya tratado del ataque de un pájaro poco informado. Cuando ayudaba a rotular monarcas, vi una hembra así, temblando en el suelo del porche del hotel, delante de mi ventana. Un gran grajo azul de mal talante estaba posado en la baranda del porche, chillando y aleteando y dispuesto a lanzarse otra vez sobre la monarca. Aunque por lo general no me entrometo en cuestiones de la naturaleza, mis instintos fueron más fuertes y me precipité afuera, dispuesta a golpear a grajo si era necesario, pero él saltó a patio con un fuerte graznido, aterrorizado ante mi ataque. La mariposa seguía temblando sin moverse de sitio; la alcé cuidadosamente, miré si estaba preñada, para lo cual toqué con suavidad su abdomen con el pulgar y el índice, buscando la bolita dura. No lo estaba, y el trozo de ala que le faltaba no parecía constituir un daño demasiado grave, así que la llevé a la base de un árbol, en la cima del cual se columpiaba una larga cadena anaranjada de monarcas. Después la sostuve frente a mi boca abierta y le eché mi aliento caliente sobre el cuerpo, para ayudarla a calentar los músculos de vuelo en aquella fría mañana, y la arrojé al aire. Voló derecha a la guirnalda y, cuando volvía a mi cuarto, la saludé con la mano. El grajo seguía gritando sus insultos, hasta que alzó el vuelo y se marchó, con aleteos fuertes y confiados. En Big Sur, los halcones se aprovechan de las distintas temperaturas del aire como acróbatas, subiendo y bajando sobre torres invisibles de aire caliente que ascienden del suelo sobre el que da el sol. Los pájaros son muy veloces y diestros. Cada especie tiene su propia arquitectura, hábitos de vuelo y talento para sacar el mayor provecho posible del cielo, que a veces se refleja en sus siluetas. En algunos búhos, por ejemplo, el borde delantero de las plumas está suavemente fruncido para ahogar el sonido del vuelo. Los pinzones aletean con fuerza unas pocas veces, después cierran las alas y descansan un poco. Las tórtolas aletean todo el tiempo mientras vuelan. Los halcones peregrinos pliegan las alas cuando se lanzan en picado. El vencejo, que alcanza una velocidad promedio de cuarenta kilómetros por hora, tiene alas muy puntiagudas que lo hacen más delgado cuando toma velocidad. En el Gran Cañón se los puede ver volando a ras de sus muros como pequeños alpinistas. Nuestro cielo también está lleno de «voladores pasivos». Gracias al viento, la vida sexual de muchas plantas ha cambiado. El diente de león, el vencetósigo, el cardo, el álamo y otras, han desarrollado vehículos para viento en forma de paracaídas o velas. El pino, el abeto, la picea, el arce, el roble y la ambrosía no tienen flores llamativas, pero tampoco las necesitan para atraer pájaros o abejas, les basta con el viento. Las plantas no pueden cortejar, o huir de una amenaza, por lo que han inventado modos ingeniosos de explotar el medio y los animales. Los granos de polen pueden tener una milésima de milímetro de diámetro, pero deben viajar en vientos inciertos y llegar a su destino. En las épocas de polinización, el polen me hace estornudar un poco (a mí y a otros millones de personas), y me pican los ojos, impidiéndome llevar lentes de contacto. Pero me agrada saber que todos esos inconvenientes suceden sólo por una cuestión de forma. Algunos granos de polen -diminutos sputniks que viajan por el cielo inferior- parecen pelotas cubiertas de espinas. Otros tienen forma oval, como las pupilas de los cocodrilos. El polen del pino es redondo, y dispone de lo que parece un par de orejas puestas una a cada lado. Sus formas los hacen moverse o volar a velocidades diferentes y en rumbos distintos, y no hay peligro de que un grano de polen se meta en la planta equivocada.” -Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)  

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