.escritores

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“Era un adicto a los escritores. nada le interesaba más como tema y trama.

Así, había leído biografías y autobiografías y recopilaciones de cartas y memoirs y diarios y journals.

Siempre con una insaciable voracidad, como si en las vidas y recuerdos de sus mayores (y de sus contados amigos quienes, por un tiempo, fueron todos escritores o personas relacionadas con la literatura) buscase una clave al misterio.

Una idea, sí, completamente infantil: la de la existencia de alguna Piedra de Rosetta que ayudase a difundir y enseñar el secreto y que convirtiese todo el asunto en la más exacta de las ciencias.

Y que, al no hallarla, se hubiese limitado a escribir sobre ellos y nada más que sobre ellos. Sobre esa clase de animal en el que él enseguida se convirtió.

Novelas y relatos en los que siempre había un escritor.

Persiguiéndolos como reflejos suyos en un espejo deformante, redactándolos a lo largo y ancho de todos estos años hasta el agotamiento, hasta sentirse extinguido y apagado o con unas incontenibles ganas de oprimir la fantasía de interruptor que lo desactivase y que anulase la energía que hace escritores a los escritores.

Tanteando con los ojos cerrados las paredes de una casa encandiladora. Rogando por una llave de luz que apagar y que, una vez apagada, le permitiese abrir los ojos por primera vez para ver otra cosa que no sea escritores y escritura.

Dejar atrás este tipo de problemas en que ya no quería volver a estar o en los que pensar y que, como consecuencia de una especie de superpoder para infradotados, le permitiese confrontarlo todo dentro de su mente.

Como si lo leyera, como si esos textos eternos y ascendentes al principio de films de ciencia ficción en los que el espectador entiende poco y nada entre tantos nombres consonantes de planetas distantes.

Leer todo eso y casi de inmediato comenzar a corregirlo, no necesariamente para mejor o por su propio bien.
Porque para él corregir siempre fué agregar.
Así que mejor ir cambiando de frecuencia y de definiciones y, tal vez, de ideas.
Pero un libro es un libro y ahora sigue enumerando posibilidades de ese libro que será uno.
No puede detenerse.
Aunque sí puede alterar un tanto la mirada, entrecerrar los ojos, mirar con menos confianza y recordar aquello de que un libro es como una cosa sollozante, vagando y tropezando y arrastrándose por los pasillos de la casa.
Una criatura monstruosa a la que, sin embargo, no podemos sino querer y sentirnos responsable de ella y desearle lo mejor y que sea lo mejor posible una vez que salga al mundo.
No es que los escritores sean malos o poco atentos padres: lo que en realidad sucede es que los escritores están todo el tiempo pendientes de esos hijos que concibieron a solas (sabiendo que sus hijos biológicos son tanto mejores y más inteligentes) y por lo tanto malcriándolos, aterrorizados por el modo en que crecen hasta ser más fuertes que ellos y disfrutan moliendo a patadas a sus creadores mientras éstos, en el suelo, gimen
“¡Más! ¡Más!…”.
-Rodrigo Fresán (“La Parte Inventada”)

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