.la historia de mi máquina de escribir

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Sam Messer

“Tres años y medio después, volví a Estados Unidos. Era julio de 1974, y cuando desarmé las valijas aquella primera tarde en Nueva York, descubrí que mi primera máquina de escribir, una Hermes, estaba destrozada. Con la tapa abollada, las teclas dobladas, torcidas y deformes, no parecía tener la más remota posibilidad de arreglo. No podía comprarme una nueva. En aquella época rara vez me sobraba el dinero, pero en aquel preciso momento estaba sin plata. Unos días después, un antiguo amigo de la facultad me invitó a cenar a su casa. En cierto momento de la conversación le mencioné lo que me había pasado con la máquina de escribir, y él me dijo que tenía una en el armario que ya no utilizaba. Se la habían regalado al terminar el bachillerato elemental en 1962. Si me interesaba, sugirió, estaría encantado en vendérmela. Convinimos el precio en cuarenta dólares. Era una Olympia portátil, fabricada en Alemania Occidental. Ese país ya no existe, pero, desde aquél día de 1974, del teclado de esa máquina ha salido hasta la última palabra que he escrito. Al principio, no pensé mucho en ello. Pasó un año, pasó un decenio, y ni una sola vez me pareció raro, ni siquiera vagamente insólito, el hecho de trabajar con una máquina de escribir manual. La otra posibilidad era utilizar una eléctrica, pero no me gustaba el ruido que hacían aquellos artilugios: el continuo zumbido del motor, el discordane repiqueteo de las piezas, la cambiante frecuencia de la corriente alterna vibrando en los dedos. Yo prefería la suavidad de la Olympia. Era agradable al tacto, funcionaba estupendamente, se podía contar con ella. Y cuando no se le estaban aporreando las teclas, guardaba silencio. Lo mejor de todo era que parecía indestructible. Salvo cambiar la cinta y limpiar la tinta que se iba acumulando en los tipos, estaba exento de toda labor de mantenimiento. Desde 1974 he cambiado el rodillo dos veces, quizás tres. No la he llevado al taller para que la limpiaran más veces de las que he votado en elecciones presidenciales. Nunca he tenido que ponerle piezas nuevas. El único accidente serio que ha sufrido ocurrió en 1979, cuando mi hijo, que tenía dos años, arrancó la palanca de retroceso del carro. Pero no fué culpa de la máquina. Estuve todo el día disgustado, pero a la mañana siguiente la llevé a un taller de Court Street donde le soldaron de nuevo la palanca. Ahora tiene una pequeña cicatriz en ese sitio, pero la operación fué un éxito, y la palanca no se le ha vuelto a soltar desde entonces. No vale la pena hablar de computadoras y procesadoras de texto. Al principio estuve tentado de comprarme una de esas maravillas, pero muchos amigos míos empezaron a contarme historias terroríficas de que daban a la tecla que no era y perdían el trabajo de todo el día -o de todo el mes-, y me hicieron múltiples advertencias sobre cortes de luz capaces de borrar todo un manuscrito entero en menos de un segundo. Nunca se me han dado bien los aparatos, y sabía que si existía una tecla que no debía pulsarse, yo terminaría pulsándola. De manera que seguí trabajando con mi vieja máquina de escribir, y el decenio de 1980 dio paso al de 1990. Uno a uno, todos mis amigos se fueron pasando a las Mac y las IBM. Yo empecé a parecer un enemigo del progreso, y el último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos digitales. Mis amigos se burlaban de mí por resistirme a la nueva manera de hacer las cosas. Cuando no me llamaban pedazo de carcamal, decían que era un reaccionario y un cascarrabias. Me daba igual. Lo que a ellos les venía bien, no tenía necesariamente que convenirme a mi, decía yo. ¿Por qué debía cambiar, si me sentía enteramente satisfecho tal como estaba? Hasta entonces, no había tenido especial apego a mi máquina de escribir. No era más que una herramienta que me permitía hacer mi trabajo, pero ahora que se había convertido en una especie de peligro de extinción, uno de los últimos artefactos que aún quedaban del homo scriptorus del siglo XX, empecé a sentir cierto afecto por ella. Me di cuenta de que, me gustara o no, teníamos el mismo pasado. Y, con el paso del tiempo, llegué a comprender que teníamos el mismo futuro. Hace dos o tres años, presintiendo que se acercaba el final, fui a Leon, mi papelería del distrito de Brooklyn, y encargué cincuenta cintas para la máquina. El dueño se pasó varios días llamando a todas partes para que le sirvieran un pedido de tamaña envergadura. Según me contó más tarde, algunas cintas vinieron de sitios tan lejanos como Kansas City. Utilizo esas cintas con la mayor prudencia posible, escribiendo con ellas hasta que la tinta apenas resulta visible en el papel. No albergo muchas esperanzas de encontrar alguna por ahí, cuando se me acabe la remesa. Nunca he tenido intención de convertir mi máquina de escribir en un personaje heroico. Eso es obra de Sam Messer, un individuo que se presentó un día en mi casa y se enamoró de ella. Las pasiones de los artistas son inescrutables. La relación dura ya desde hace varios años, y, desde el principio mismo, sospecho que los sentimientos han sido recíprocos. Messer rara vez sale a ninguna parte sin un cuaderno de bocetos. Dibuja constantemente, asaetando la página con trazos rápidos y furiosos, levantando la vista del cuaderno a cada momento para mirar con ojos entrecerrados a la persona o el objeto que tiene delante, y cuando uno se sienta a comer con él, entiende que también va a posar para que le haga un retrato. En los siete u ocho últimos años hemos pasado tantas veces por ese ritual que ya ni siquiera lo pienso. Recuerdo que le mostré la máquina de escribir la primera vez que vino, pero no me acuerdo de lo que dijo. Un par de días después, volvió por casa. Yo no estaba aquella tarde, pero preguntó a mi mujer si podía bajar a mi cuarto de trabajo para echar una mirada a la máquina de escribir. Dios sabe lo que hizo allá abajo, pero nunca me ha cabido la menor duda de que la máquina le habló. Creo que, en su momento, incluso llegó a convencerla para que le abriera su corazón. Desde entonces ha vuelto en diversas ocasiones, y cada visita ha producido una nueva oleada de cuadros, dibujos y fotografías. Sam ha tomado posesión de mi máquina de escribir, y poco a poco ha ido transformando un objeto inanimado en un ser con personalidad y presencia en el mundo. La máquina tiene ahora deseos y estados de ánimo, expresa cólera ciega y alegría exhuberante y, encerrado en el interior de su metálico cuerpo gris, casi podría jurarse que se escucha el latido de un corazón. Tengo que admitir que todo esto me produce un cierto desasosiego. Los cuadros están ejecutados con brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse constituído en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno proceso de adaptación, pero, ahora, que contemplo siempre esos cuadros (tengo dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como en un ‘eso’. Sin prisa pero sin pausa, ‘eso’ se ha convertido en ‘ella’. Ya llevamos juntos más de un cuarto siglo. Dondequiera que haya ido, la máquina de escribir ha venido conmigo. Hemos vivido en Manhattan, al norte del Estado de Nueva York y en Brooklyn. Hemos viajado juntos a Carolina y Maine, a Minnesota y Massachusetts, a Vermont y Francia. En ese tiempo, he escrito con centenares de lápices y bolígrafos, he tenido diversos coches, he cambiado varias veces de refrigerador y he vivido en distintas casas y apartamentos. He gastado decenas de pares de zapatos, he dejado de llevar muchísimos sacos y pulóveres, he perdido o me he dejado en algún sitio relojes, despertadores y paraguas. Todo se rompe, todo se gasta,al final todo pierde su sentido, pero la máquina de escribir sigue conmigo. Es el único objeto que me dura desde hace veintiséis años. Dentro de unos meses, me habrá acompañado exactamente la mitad de mi vida. Anticuada y llena de abolladuras, reliquia de una época que rápidamente está desapareciendo de la memoria, la jodida máquina nunca me ha dejado en la estancada. Incluso en este preciso momento, cuando rememoro los nueve mil cuatrocientos días que hemos pasado juntos, la tengo justo delante de mí, desgranando con aire entrecortado su música antigua y familiar. Estamos en Connecticut, pasando el fin de semana. Es verano, y al otro lado de la ventana la mañana es cálida, verde y preciosa. La máquina de escribir está sobre la mesa de la cocina, y mis manos están sobre el teclado. Letra a letra, he ido viendo cómo escribía estas palabras…” (2 de Julio de 2000) -Paul Auster

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