.elogio a la embriaguez

BrassaiBrassai.

“Suelo ser excesivo. Confieso que he nacido para lo demasiado. No en todo, claro está, sólo en ciertos vicios y para ciertas aficiones. De las virtudes no hablaré, pero en alguna también me paso un poco, aunque Aristóteles me regañaría por creer que, si me paso, puedo seguir llamándola “virtud”. Leo demasiado, escribo demasiado, viajo demasiado, me encolerizo demasiado, quiero hacer el amor con demasiadas personas y cosas, me enamoro demasiado de quien no me quiere, hablo demasiado, tengo demasiadas opiniones y no me las callo, gesticulo demasiado, grito demasiado, pretendo saber de demasiadas cosas, me río demasiado, lloro demasiado, cultivo y provoco demasiadas animadversiones. Me deprimo más de lo debido y me divierto como un niño bobo, sin medida. Soy un pasota, pero no porque pase de todo -como se dice en España para indicar indiferencia-, sino porque me paso en todo.

Como es lógico, siento simpatía por la mayoría de los disparates y sobre todo por los extremos. En cuanto algo se estima tanto que comienza a delirar -una manía, una opinión, un defecto, una afición, un tic-, me resulta morbosamente interesante. Padezco vergonzante complicidad con los poseídos y los fanáticos, con los arrebatados y los convulsionarios. Cuanto más exagerado es alguien, más irrefutable me parece. No me enorgullezco de esta debilidad -en sí misma excesiva también- pero tampoco quisiera curarme del todo de ella. Ya que no podemos ser infinitos, al menos seamos extremistas, que es como la versión “pueril” del infinito.

Me dicen que todo está bien, pero con mesura. Yo sospecho íntimamente que todo está mal, salvo cuando es desmesurado. Nada resulta a la larga tan triste como la verosimilitud. Lean a cualquier filósofo anglosajón y comprenderán lo que quiero decir. ¡Menos mal que Swift y Poe, Melville y Aleister Crowley fueron también anglosajones! El oráculo recomendaba: “De nada demasiado”. Es evidente que de todo no puede tenerse demasiado, pues en tal caso seríamos dioses. Pero busquemos al menos lo demasiado en algo. Porque el consejo del oráculo también puede leerse de otro modo: tenemos, queramos o no, demasiada nada por delante.

Lo divertido de la libertad, no nos engañemos, es el libertinaje. Lo mejor del erotismo es, por supuesto, la pornografía. Y en el terreno de la bebida, el ideal no es tomarse un par de copas para animarse un poco, sino emborracharse como un cosaco en Nochevieja. Me parecen repulsivamente hipócritas los usos “medicinales” del alcohol: “Tómese una copita para entonarse”. ¡Para eso, tanto daría propinarse una buena friega de ginebra o vodka! El único que entendió bien las virtudes médicas del alcohol fue aquel pariente de Mark Twain: “Mi tío tomaba de vez en cuando una copa para estabilizarse. A veces se estabilizaba tanto que no podía moverse”. Considerar la embriaguez como algo pecaminosamente malo en sí mismo es cosa propia de comunidades frígidas y civilizaciones sin gracia. Otros pueblos, sin embargo, ni siquiera han sospechado que los excesos de la bebida pudiesen despertar virtuosos escándalos. Stevenson, por ejemplo, comenta que nunca le oyó proferir a su abuela escocesa nada más duro contra el alcohol que esta sabia prevención: “¡Cuidado con la bebida, hijos míos, porque puede llevar al vicio!”. Por supuesto que en todo caso la embriaguez, aun aceptada como algo perfectamente natural y lícito, suele resultar ocasionalmente torpe, inconveniente, sucia, fastidiosa, poco oportuna, ridícula, monótona, etc. ¿Pero no ocurre lo mismo con el amor? ¿O con la sabiduría? ¿O incluso con la justicia? ¿Y no es también cierto que amor, sabiduría o justicia pueden degenerar en vicio, con repercusiones quizás aun más indeseables que las de la bebida?

No soy partidario de buscar coartadas a los excesos y reducirlos así a meros instrumentos, pero en defensa del alcohol es patente que sobran los testimonios favorables. En una entrevista, Marguerite Duras hacía un bello y conmovedor panegírico a la embriaguez etílica: “Nada como el alcohol -dijo-. El alcohol es perfecto, aunque es la muerte”. Señalo que su testimonio es conmovedor porque ella tuvo que renunciar a la bebida por razones clínicas: pero, en lugar de aprovechar este forzoso ascetismo para iniciar una rencorosa cruzada contra su antiguo amante, lo recuerda con nostalgia y lo defiende. Por supuesto, decir de algo que es la muerte no es avanzar un argumento definitivo en contra. También la vida es la muerte, y aquí estamos.

Bebamos, pues. Como decía un amigo: “Total, para cuatro días que va a beber uno”. ¡Ah, mañanas de chinchón seco, mediodías de Campari, aperitivos de manzanilla y oloroso, comidas regadas con buen vino, grappa enérgica de los postres, tarde de mezcal, vodkas estimulantes, bourbon en donde suena la sirena de un coche de la patrulla nocturna y ron en el que se ahogan piratas fantasmales! El día de mi cicuta, no ofreceré un gallo a Esculapio. Por si no están ustedes mañana allí, les prevengo de mis últimas palabras: “Hijos míos, borgoña en las comidas y whisky escocés a cualquier hora”. Y luego, dándome la vuelta para organizar dignamente cara a la pared: “Nada grande se ha hecho sin pasión”…”

-Fernando Savater

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