.el rostro de la belleza

soft(delicate) (tomado de la web)

“En un estudio en que se pidió a varios hombres que observaran fotografías de mujeres bellas, se descubrió que las preferencias
se inclinaban notablemente por las que tenían las pupilas dilatadas.
Esas fotos hacían que las pupilas de los hombres se dilataran hasta un treinta por ciento.
Por supuesto, eso ya lo sabían las mujeres del Renacimiento italiano y las inglesas victorianas, que se ponían una gota de belladona (una planta venenosa de la misma familia que la dulcamara, y cuyo nombre significa «mujer hermosa») en los ojos para agrandarse las pupilas antes de encontrarse con un caballero.
Nuestras pupilas se expanden involuntariamente cuando estamos excitados; por eso, al ver una mujer con las pupilas dilatadas, los hombres piensan que ella los ha encontrado atractivos, y eso hace que sus propias pupilas respondan.
Hace poco, durante un viaje en barco entre los feroces vientos y olas del Pasaje de Drake y las aguas, con frecuencia bravías, cerca de la península Antártica, las Orcadas del Sur, y las Malvinas, observé que muchos pasajeros llevaban un parche de escopolamina detrás de una oreja para combatir el mareo.
A los pocos días, empezaron a aparecer pupilas muy dilatadas, un efecto secundario de la droga; todos tenían grandes ojos acogedores, que seguramente alentaron los sentimientos de amistad y camaradería instantáneas.
Algunos llegaron a parecer zombis bebiendo la luz a grandes bocanadas, pero la mayoría producía un sentimiento de calidez y acogimiento.
Si se hubieran examinado, las mujeres habrían descubierto que su cérvix también estaba dilatado.
En profesiones en las que la emoción o los verdaderos intereses deben ser ocultados, por ejemplo el juego o el contrabando de jade, suelen utilizarse gafas oscuras para esconder las intenciones, visibles en las pupilas delatoras.
¡Qué cóctel tan perfecto para un crucero: grandes pupilas que marcan un constante interés por todo lo que ven, y una urgencia por derribar las inhibiciones y abrirse a la persuasión!
Podemos pretender que la belleza no va más allá de la piel, pero Aristóteles tenía razón al observar que ‘la belleza es una recomendación mucho mejor que cualquier carta de presentación’.
La triste verdad es que a la gente atractiva le va mejor en los estudios, donde recibe más ayuda, mejores notas y menos castigos;en el trabajo, donde es recompensada con mejores sueldos, empleos más prestigiosos y ascensos más rápidos; en la vida de pareja, donde tiende a tener el control de la relación y toma la mayoría de las decisiones, y entre completos extraños, quienes
suponen que es interesante, honesta, virtuosa y exitosa.
Después de todo, en los cuentos de hadas (las primeras historias que oímos casi todos), los héroes son apuestos, las heroínas son hermosas, y los malos son feos.
Los niños aprenden implícitamente que la gente buena es hermosa y la gente mala es fea, y la sociedad les confirma ese mensaje de muchos modos sutiles cuando crecen.
De modo que no puede sorprender que, en West Point, los cadetes más apuestos terminen sus estudios con grados más altos, o que un juez sea propenso a imponer una condena menor a un criminal apuesto.
En un estudio hecho en 1968 por el sistema penitenciario de la ciudad de Nueva York, se dividió en tres grupos a hombres con cicatrices, deformidades y otros defectos físicos.
El primer grupo fue sometido a cirugía estética, el segundo fue tratado con psicoterapia intensiva, y el tercero no recibió ningún tratamiento.
Un año después, cuando los investigadores fueron a ver cómo les iba a sus sujetos, descubrieron que los que habían pasado por una operación de cirugía estética se habían adaptado mejor que los otros y tenían menos probabilidades de volver a la cárcel.
En experimentos llevados a cabo en empresas, cuando se pegaban fotos diferentes en los mismos currículums, las personas elegidas para el empleo eran las más atractivas.
Los bebés más guapos son tratados mejor que los feos, no sólo por parte de extraños sino también por sus propios padres.
Las madres hablan y juegan más con su bebé si es bonito, y también lo miman y lo besan más, y los padres de bebés guapos también se ocupan más de ellos.
Los niños más atractivos reciben puntuaciones más altas en sus tests de inteligencia, probablemente porque su belleza les ha valido elogios, atención y aliento por parte de los adultos.
En un estudio hecho en 1975, se pidió a varios maestros que evaluaran el historial escolar de un niño de ocho años que tenía un bajo cociente intelectual y malas notas.
Todos los maestros vieron el mismo historial, pero en algunos se pegó la foto de un niño guapo y en otros la de uno feo.
Los maestros tendieron mayoritariamente a recomendar que el niño feo fuera pasado a una clase para niños con retrasos.
La belleza de otra persona puede ser un accesorio valioso.
Un estudio particularmente interesante consistió en hacer que diversas personas miraran la foto de un hombre y una mujer, y dieran su opinión sólo sobre el hombre.
Según resultó, si la mujer tomada del brazo del hombre era bonita, el hombre era considerado más inteligente y apuesto que si la mujer no era atractiva.
Por chocantes que puedan parecer los resultados de estos y similares experimentos, confirman lo que hemos sabido desde siempre: nos guste o no, el rostro de una mujer siempre ha sido en cierta medida un bien contable.
Una mujer hermosa con frecuencia puede salir de la pobreza y ascender socialmente mediante el matrimonio.
Recordamos a bellezas legendarias como Cleopatra y Helena de Troya como símbolos del poder de la belleza que basta para provocar la caída de jefes de Estado y cambiar el curso de la historia.
Las mujeres norteamericanas gastan anualmente millones en maquillaje; además de en peluqueros, clases de gimnasia, dietas y ropa.
A los hombres apuestos también les va bien, pero para un hombre la verdadera ventaja es la altura.
Un estudio siguió la carrera profesional de diecisiete mil hombres.
A los que medían de un metro ochenta en adelante, les fue mucho mejor: ganaron más dinero, ascendieron antes, alcanzaron posiciones más prestigiosas.
Quizá los hombres altos evocan reminisciencias infantiles de mirar hacia arriba a la autoridad; sólo nuestros padres y los demás adultos eran altos, y tenían el poder de castigar o proteger, de dar amor absoluto, poner nuestros deseos en movimiento, o bloquear nuestras esperanzas.
El ideal humano de un rostro bonito varía de una cultura, y por supuesto varía con el tiempo, como ya observó Abraham Cowley en el siglo XVII: ¡Belleza, mono fantástico y salvaje que en cada país cambias de forma!
Pero, en general, lo que probablemente buscamos es una combinación de aspecto maduro e inmaduro: los ojos grandes de un niño, que nos hagan sentir protectores, los pómulos altos y otros rasgos de una mujer o un hombre plenamente desarrollados, que nos hagan sentir sexuados.
En la batalla por seducir, nos agujereamos la nariz, nos alargamos el cuello o los lóbulos de las orejas, nos tatuamos la piel, nos vendamos los pies, nos encorsetamos las costillas, nos teñimos el pelo, nos hacemos liposuccionar la grasa de las nalgas, y alteramos nuestro cuerpo de otras incontables maneras.
A lo largo de gran parte de la historia occidental, se esperó que las mujeres fueran curvadas, suaves y voluptuosas, verdaderas madres-Tierra radiantes de sensual fertilidad.
Era una preferencia con una fuerte base evolutiva: una mujer rolliza tenía mayor provisión de grasa corporal y los nutrientes necesarios para el embarazo, tenía más probabilidades de sobrevivir durante épocas de hambruna, y podía proteger a su feto y alimentarlo cuando naciera.
En muchas áreas de África y la India, la gordura no sólo es considerada belleza sino también signo de prestigio para hombres y mujeres. En los Estados Unidos, en la década de los veinte y también en los setenta y ochenta, cuando lo ultradelgado estaba de moda, los hombres querían que las mujeres tuvieran figuras de chicos adolescentes, y podría elaborarse mucho discurso psicológico sobre el modo como esto reflejaba el cambio de papel de la mujer en la sociedad y en los puestos de trabajo.
Hoy día, la mayoría de los hombres que conozco prefieren que las mujeres tengan un cuerpo curvado y razonablemente relleno, aunque la mayoría de las mujeres que conozco siguen prefiriendo ser «demasiado» delgadas.
Pero es el rostro el que siempre ha atraído las primeras miradas de un admirador, especialmente los ojos, que pueden ser tan ardientes y elocuentes.
A lo largo de la historia, la gente ha destacado sus rasgos faciales con maquillaje.
Los arqueólogos han encontrado pruebas de que las perfumerías y salones de belleza egipcios datan del 4000 a. C., y hay elementos de maquillaje del 6000 a. C. Las antiguas egipcias preferían sombra de ojos verde con un brillo hecho de caparazones machacados de ciertos escarabajos iridiscentes; delineador de kohl y rímel; lápiz de labios azul negro y rojo; dedos y pies teñidos con henna.
Se afeitaban las cejas y se dibujaban otras falsas.
Una egipcia elegante de aquellos días se reseguía las venas de los pechos en azul y se espolvoreaba los pezones con oro.
El barniz de uñas señalaba el status social: el rojo indicaba el más alto.
Los hombres también se permitían complicados embellecimientos, y no sólo para una salida nocturna: en la tumba de Tutankammon se encontraron frascos de maquillaje y cremas de belleza para su uso en el más allá.
Los romanos adoraban los cosméticos, y los comandantes de tropas en campaña se hacían peinar, perfumar y pintar las uñas antes de entrar en combate.
Los cosméticos atraían más todavía a las mujeres romanas, a una de las cuales le escribió Marcial en el primer siglo de nuestra era: «Cuando estás en casa, Galla, tu cabello está en casa del peluquero; te sacas los dientes por la noche y duermes entre cientos de cajas de cosméticos; ni siquiera tus ojos duermen contigo.
Le haces un gesto a un hombre con la ceja que has sacado del cajón esta mañana.»
Un médico romano del siglo 11 inventó la crema hidratante, cuya fórmula ha cambiado poco desde entonces.
Del Antiguo Testamento podemos recordar que la reina Jezabel se pintaba la cara antes de dedicarse en sus maldades, moda, la del maquillaje, que había aprendido de las fenicias de alto rango hacia el año 850 a. C.
En el siglo XVI las mujeres tomaban de buena gana los Sellos de Arsénico para la Piel, que las volvían más blancas; el producto actuaba envenenando la hemoglobina de la sangre, de modo que sus usuarias podían lucir una frágil blancura lunar.
Los lápices de labios solían contener metales tan peligrosos como plomo y mercurio, y cuando se los aplicaban, los metales transportados en ellos iban directamente al flujo sanguíneo.
Las mujeres y los hombres europeos del siglo XVII solían llevar lunares falsos en forma de corazón, luna, sol y estrellas, aplicados sobre pechos y cara, para desviar la vista de un admirador de cualquier imperfección, lo que, en aquel entonces, solía incluir las marcas de viruela.
En estudios realizados recientemente en la Universidad de Louisville, se interrogó a universitarios varones sobre cuáles consideraban los componentes ideales en el rostro de una mujer, y se introdujeron los resultados en un ordenador.
Se descubrió que la mujer ideal de esos hombres tenía pómulos anchos, ojos altos y separados, nariz pequeña, mentón pequeño y bien dibujado, y una sonrisa que pudiera llenar la mitad del rostro.
En las caras consideradas «bonitas» cada ojo ocupaba un catorceavo de la parte superior del rostro, y tres décimas de su ancho; la nariz no ocupaba más que un cinco por ciento de la cara; la distancia entre el labio inferior y el mentón era un quinto de la parte superior de la cara, y la distancia del centro del ojo a la ceja era una décima de la parte superior de la cara.
Si se sobreimprimieran los rostros de muchas mujeres hermosas en estas proporciones informatizadas, ninguna coincidiría.
Lo que surge de esa geometría es el retrato de una madre ideal, una madre joven y saludable.
Una madre debía ser fértil, sana y vigorosa para proteger a sus crías y seguir teniendo muchos hijos, ya que una alta proporción de ellos morían en la infancia.
Los hombres a los que les gustaba ese tipo de mujer tenían una posibilidad mayor de que sus genes sobrevivieran.
Haciendo negocio con la permanencia del atractivo, los cirujanos plásticos suelen hacerse publicidad con extraordinaria tosquedad.
Un médico californiano, el doctor Vincent Forshan, publicó una vez un anuncio de un octavo de página en colores en la revista Los Angeles, que mostraba una espléndida mujer joven de grandes pechos altos, estómago liso, nalgas altas y tensas y largas piernas delgadas; la joven posaba junto a un Ferrari rojo, y el texto decía: «Automóvil, por Ferrari… cuerpo por Forshan. »
Pregunta: ¿qué hacemos las que no somos adolescentes altas y de figura intachable?
Respuesta: consolarnos pensando en lo relativa que puede ser la belleza.
Aunque obtiene nuestro elogio espontáneo y no podemos evitar prestarle toda nuestra atención, la belleza se difumina ante nuestros ojos en cuestión de segundos.
Recuerdo haber visto a Omar Shariff en El doctor Zhivago y en Lawrence de Arabia y haberlo encontrado asombrosamente apuesto. Cuando lo vi en una entrevista por televisión unos meses después, y le oí declarar que su único interés en la vida era jugar al bridge, a lo que dedicaba la mayor parte de su tiempo libre, para mi gran sorpresa se transformó ante mis ojos en un hombre sin atractivo.
De pronto, sus ojos me parecieron llorosos y el mentón demasiado sobresaliente, y ninguna de las piezas de su anatomía encajaba en la proporción justa.
He visto actuar también al revés esta misma alquimia, cuando un extraño no especialmente atractivo abría la boca para hablar y se volvía fascinante.
Doy gracias al cielo por las excitantes cualidades de la inteligencia, el ingenio, la curiosidad, la dulzura, la pasión, el talento y la gracia.
Gracias al cielo porque, si bien la belleza puede atraer la atención, el sentido genuino de la belleza de alguien se revela en etapas. Gracias al cielo porque, como dijo Shakespeare en Sueño de una noche de verano, «el amor no mira con los ojos sino con la mente».
Por supuesto no sólo amamos la belleza de hombres y mujeres, sino también la de la naturaleza.
Nuestra pasión por las flores hermosas se la debemos enteramente a insectos, murciélagos y pájaros, ya que estos polinizadores y las flores evolucionaron juntos; las flores se valen del color para atraer pájaros e insectos que las polinizarán.
Podemos cultivar flores y, mediante injertos, lograr el color y el aroma que queremos, y al hacerlo habremos cambiado mucho el rostro de la naturaleza, pero hay una especie de placer peculiar que encontramos sólo en la naturaleza en su aspecto más salvaje y menos domesticado.
En nuestra «dulce espontánea tierra», como la llama e. e. cummings, hallamos bellezas capaces de llevarnos al éxtasis.
Quizá como él notamos la anaranjada y convulsa pizca de luna colgándose de este minuto plateado de la noche y nuestro pulso se acelera como una carga de caballería, o nuestros ojos se cierran de placer, y en un desvanecimiento suspiramos antes de saber qué está pasando.
La escena es tan bella que nos desarma.
La luna puede asegurarnos que habrá luz suficiente para encontrar nuestro camino por las llanuras sombrías, o escapar de la bestia nocturna.
El esplendor de la puesta de sol nos recuerda el calor en el que prosperamos.
Los colores de las flores indican la primavera y el verano, cuando la comida abunda y toda la vida se muestra en su radiante fertilidad. Los pájaros de colores brillantes nos alegran, por simpatía, con sus despliegues sexuales, porque en el fondo somos atávicos y toda pantomima sexual nos recuerda las nuestras.
Aun así, la esencia de la belleza natural es la novedad y la sorpresa.
En el poema de cummings, es una inesperada «anaranjada y convulsa pizca de luna» la que nos llama la atención.
Cuando esto sucede, nuestro sentido de comunidad se amplía: pertenecemos no sólo uno al otro sino a otra especie, a otra forma de materia.
«Que un cristal o una amapola nos resulten hermosos significa que estamos menos solos», escribe John Berger en The Sense of Sight, «que estamos insertados más profundamente en la existencia de lo que nos haría creer el curso de una única vida.»
Los naturalistas suelen decir que nunca se cansan de ver el mismo sector de jungla, o de caminar por los mismos senderos en la sabana. Pero si uno los sigue interrogando, inevitablemente agregan que siempre hay algo nuevo que ver, que siempre es diferente.
Como dice Berger: «La belleza siempre es una excepción, siempre sucede a pesar de. Por eso nos conmueve.»
Y sin embargo también respondemos apasionadamente a esa forma muy organizada de observar la vida que llamamos «arte».
En cierta medida, el arte es como encerrar a la naturaleza en un pisapapeles.
De pronto, una situación o una emoción abstracta es sacada del flujo temporal y se la puede contemplar a gusto, se la puede hacer girar y considerar desde distintos puntos de vista, y se vuelve tan fija y, en esa medida, tan sagrada como el paisaje.
(…) La emoción intensa crea tensión, y queremos que el artista la sienta por nosotros, que sufra, goce y describa las cimas de su respuesta apasionada a la vida de modo que podamos apreciarla a distancia segura y podamos saber mejor cuáles son las dimensiones del espectro completo de la experiencia humana.
Podemos preferir no vivir los extremos de conciencia que encontramos en Jean Genet o en Edward Munch, pero es maravilloso poder admirarlos.
Queremos que los artistas detengan el tiempo por nosotros, que corten el ciclo de nacimiento y muerte y pongan por un momento fin a los procesos de la vida.
Es demasiado para que una persona lo afronte sin riesgo de sobrecarga emocional.
Los artistas cortejan esa intensidad.
Les pedimos a los artistas que llenen nuestra vida con visiones y reflexiones nuevas, que cumplan el papel que tenía la vida cuando éramos niños y todo era nuevo.
Con el tiempo, gran parte del espectáculo de la vida se vuelve borroso, porque si nos detuviéramos a considerar cada flor que sale a nuestro paso, nunca teminaríamos de hacer la compra o archivar las cartas.
A menudo también deleitan nuestra vista cosas que no son hermosas.
Gárgolas, tajadas intensas de color, trucos organizados de la luz.
Chispas y fuegos artificiales son casi dolorosos de mirar, pero los llamamos hermosos.
Un diamante de siete quilates y sin fallas es puro brillo, pero también lo llamamos hermoso.
A lo largo de la historia, los hombres han transformado las más rudas piedras de la naturaleza en exquisitas joyas, obsesionados por el modo como la luz penetra en un cristal.
Podemos encontrar visualmente magníficos los diamantes y otras gemas, pero verlos como lo hacemos nosotros es una innovación reciente.
Hasta el siglo XVIII el arte de cortar gemas no produjo las piedras llenas de fuego y brillo que tanto admiramos.
Antes de eso, incluso las joyas de las coronas parecían opacas y deslustradas.
Pero los cortes facetados de ese siglo se pusieron de moda, junto con los grandes escotes.
De hecho, las mujeres solían usar joyas en el borde del escote de sus vestidos, para que una cosa atrajera la atención sobre la otra.
¿Por qué habría de parecernos hermosa una piedra preciosa?
Un diamante actúa como un prisma.
La luz que entra en un diamante rebota y da la vuelta por dentro de él, se refleja en la parte trasera y desprende sus colores con más fervor del que podría tener un cristal común.
Un diamantista hábil permite que la luz corra por dentro de las muchas facetas de la piedra, y salga por los ángulos.
Haga girar un diamante en la mano y verá un color puro seguido por otro.
La variedad es la promesa que la materia hace a los seres vivos.
En el pequeño espacio inerte de un diamante, encontramos la energía, el movimiento y los colores cambiantes de la vida; un momento lo vemos brillar como neón, y al siguiente escupe espadas de luz.
Nuestro asombro se inflama, las cosas no están en el sitio que les corresponde, se ha encendido una hoguera mágica, lo inerte toma vida en un relámpago inesperado y comienza una breve danza entre las llamas.
Cuando miramos rostros o fuegos artificiales o el lanzamiento de una nave espacial, la danza es más lenta, pero los colores y las luces crecen hasta una intensidad dolorosa a medida que nos rodean, en una fantasía de puro éxtasis visual.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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