.conyugicidio

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“De noche, cuando se acostaban, el cansancio que sentían, abrazados, era un premio. Él soñaba mucho, ella no soñaba nunca. Él, al despertar a la hora del desayuno, le contaba sus sueños; eran sueños interminables y accidentados, llenos de alegría o de zozobras. Le gustaba contar los sueños, porque casi todos tenían (como las novelas policiales) suspenso: aprovechaba el momento en que iba a tomar un trago caliente de té o en que se metía un trozo grande de pan con manteca y miel en la boca, para interrumpir la parte sensacional del sueño y hacer esperar debidamente el desenlace.
-Quisiera ser vós -decía ella, con admiración.
-Yo también -decía él-, ser vós, pero no que vós fueras yo.
-Es lo mismo -decía ella.
-Es muy distinto -respondía él-, Lo primero sería agradable; lo segundo, angustioso.
-¡Por qué nunca puedo estar en tus sueños, si en la vigilia te acompaño! -ella exclamaba-. Oírtelos contar no es lo mismo. Me faltan el aire, la luz que los rodea.
-No creas que son tan divertidos (tengo más talento de narrador que de soñador), son mejores cuando los cuento -dijo él.
-Los inventarás, entonces.
-No tengo tanta imaginación.
-De todos modos, quisiera entrar en tus sueños, quisiera entrar en tus experiencias.
-Espero que nunca suceda -decía él.
(…) Fué durante una siesta de verano. Él soñó que andaba caminando con ella por una ciudad desconocida, con desfiles de soldados. En una puerta verde, debajo de un puente, Artemidoro el Daldiano, vestido de blanco, con sombrero y capa, lo llamó.
-¿Quién es Artemidoro? -preguntó ella.
-Un griego. Escribió la Crítica de los Sueños.
-¿Cómo sabés que era él?
-Lo conozco. Estudiamos juntos -contestó él.
Artemidoro le tendió la mano como si le apuntara con un revólver, pero lo que tenía en la mano era un filtro misterioso, aquél que bebieron Tristán e Isolda. “Cuando quieras llevar a tu amada como a tu corazón dentro de tí”, le dijo, “no tienes más que beber este filtro”.
Cuando él despertó a la hora del desayuno, ella le dijo: “Aquí está el filtro”, y le mostró una botellita diminuta. No necesitaba que le contara el sueño.
Él le arrebató el frasco de la mano, lo miró atónito, cerró los ojos y bebió. Cuando abrió los ojos quiso mirarla de nuevo. Ella no estaba. Él la llamó, la buscó. Oyó una voz dentro de él, la voz de ella, que le contestaba:
-Soy vos, soy vos, soy vos. Al fin soy vos.
-Es horrible -dijo él.
-A mí me gusta -dijo ella.
-Es un conyugicidio.
-Conyugicidio… ¿Y qué quiere decir? -ella interrogó.
-Muerte causada por uno de los cónyugues, al otro -respondió. Bruscamente despertaron.
Él volvió a soñar a lo largo de la vida y ella a sacar objetos de sus sueños. Pero la mayor parte de las veces no le sirvieron de nada pues son todos objetos de poca importancia; a veces ni siquiera los mira. Los atesora en su mesa de luz. Rara vez, por suerte, le sirven para sufrir transformaciones, como sucedió con el filtro: el término sufrir está bien elegido pues en toda transformación hay sufrimiento. A veces tienen miedo de no volver a su estado anterior -al hogar, a la vida habitual- y volatilizarse.
¿Pero acaso la vida no es esencialmente peligrosa para los que se aman?…”

-Silvina Ocampo (1903-1993) (De “Amada en el amado”)

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