.las cartas más apasionadas del mundo-De Despedida III

.las cartas más apasionadas del mundo-De Despedida III

 

Sir Walter Raleigh, quién cayó en desgracia durante el reinado de Jacobo I, escribió a su esposa una valiente y enternecedora carta de despedida escrita cuando estaba condenado a muerte. En esta carta hay frases muy dramáticas, como cuando Sir Raleigh afirma: “En cuanto a mi, ya no te pertenezco, ni tú a mí. La muerte se ha interpuesto entre nosotros, y Dios me ha separado del mundo y de tí”. Es una carta larga en la que un hombre se sincera y pone en orden todos sus asuntos y sus ideas.

Sir Walter Raleigh a su esposa
“Recibe en esta carta, querida esposa, mis últimas palabras. En ellas te envío mi amor para que lo conserves después de mi muerte, y mi consejo, para que lo recuerdes, cuando yo ya no exista. Por nada del mundo hubiera querido causarte disgustos, querida Bess. Deja que mis sufrimientos descendan conmigo a la tumba y sean conmigo sepultados en el polvo. Y pues, ya ves que la voluntad de Dios es que no volvamos a reunirnos en esta vida, llévalo con paciencia y con entereza digna de tí.
Primero quiero enviarte toda la gratitud que mi corazón es capaz de sentir y que pueden expresar mis palabras por lo que has trabajado y te has ganado por salvarme. El que tus esfuerzos no hayan surtido efecto, no disminuye mi deuda hacia ti, pero no podré pagártela en esta vida.
En segundo lugar, te suplico por el amor que me has tenido en vida, que no te recluyas durante mucho tiempo después de mi muerte, sino que más bien hagas un esfuerzo por aliviar tu suerte desdichada y defender los derechos de tu pobre hijo. Tu luto no podrá aprovecharme, pues ya no seré más que un poco de polvo.
En tercer lugar, debes saber que he transferido mis tierras Bona Fide a mi hijo. A mediados de verano hará doce meses que fueron extendidas las escrituras. Mi buen primo Brett puede dar fé de ello, y Dalberrie probablemente lo recordará también. Confío en que mi muerte saciará la sed de sangre de quienes tan cruelmente me asesinan, y que no intentarán condenarte a tí y a tu hijo a morir en la miseria.
No sé a qué amigo encomendarte, pues todos me han abandonado cuando ha llegado el momento de la verdadera prueba; y ahora veo claramente que mi suerte estaba decidida desde el primer día.
Dios sabe lo que me apena dejarte en tan mala situación, por haberme sorprendido la muerte tan inesperadamente. Pongo a Dios como testigo de que mi intención era legarte mi negocio de vinos o toda la cantidad obtenida por su traspaso, la mitad de mis bienes muebles y todas mis alhajas, excepto unas pocas que hubiera reservado para el niño. Pero Dios, ese Dios Omnipotente que dispone todas las cosas de este mundo, no ha permito que realice mis intenciones. Más si logras vivir, aunque sea modestamente, no te preocupes, pues el resto sólo es vanidad.
Ama a Dios y acostúmbrate a descansar en Él todos tus pesares, pues sólo allí hallarás infinito consuelo y te serán concedidas riquezas verdaderas y perdurables. De lo contrario, sólo conseguirás atormentarte y dar vueltas a los mismos pensamientos mundanos, para sentirte al final aún más entristecida.
Enseña a tu hijo, ahora que es pequeño, a amar y a temer al Señor, para que al hacerse mayor se vaya haciendo más temeroso de Dios, de este mismo Dios que ha de ser un esposo para tí y un padre para él, un esposo y un padre que nadie os podrá arrebatar.
Cuando yo haya muerto no me cabe duda de que serás pretendida por muchos, pues el mundo pensará que he dejado una gran fortuna. Pero desconfía de las protestas de cariño, pues éste sólo es duradero en hombres honrados y dignos; y la mayor desgracia que te puede suceder en esta vida, es que consientas en ser presa de alguno que te desprecie más tarde. Dios sabe que, al darte estos consejos, no intento disuadirte de un nuevo matrimonio, pues esto sería lo mejor para ti, tanto a los ojos de Dios, como a los del mundo.
En cuanto a mi, ya no te pertenezco, ni tú a mí. La muerte se ha interpuesto entre nosotros, y Dios me ha separado del mundo y de tí.
Piensa en tu pobre hijo, por amor de su padre, que te eligió por esposa, y, queriéndote, vivió los años más felices de su vida.
Recupera (si es posible) las cartas que escribí a los Lores suplicándoles me concedieran la vida. Dios es testigo que sólo la deseaba por tí y el niño, no obstante, me desprecio a mí mismo por haberlo solicitado pues has de saber, querida esposa, que tu hijo es el hijo de un hombre digno que, por lo que a él se refiere, desprecia la muerte y todos los horrores que la acompañan, aunque se presente en sus formas más atroces.
No puedo seguir escribiendo. Dios sabe lo que me ha costado disponer de estos minutos de tranquilidad mientras los otros duermen. Además, ya me ha llegado el momento en que debo dejar de pensar en las cosas de este mundo.
Piden que te entreguen mi cuerpo después de muerto, ya que te lo han negado en vida. Entiérrame en Shirboure (si es que lo conservas) o en la Iglesia de Exeter, junto a mi padre y mi madre.
No puedo decir más; el tiempo y la muerte me impiden proseguir.
Que el Dios eterno, Infinito y Omnipotente, ese Dios Todopoderoso que es la bondad misma, la luz y la vida verdaderas, os guarde a tí y al niño, que tenga misericordia de mí y me enseñe a perdonar a quienes me persiguen y acusan; y que haga que volvamos a reunirnos en Su reino glorioso.
Adiós, querida esposa mía. Bendice a mi pobre hijo. Reza por mí y que mi Dios, que es infinitamente bueno, os tenga a ambos de su mano.
Escrito en el postrer momento, por el que fué tuyo…”

-Selección de Alicia Misrahi

 

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