.las cartas más apasionadas del mundo-De Despedida VI

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“Eres indigno de mis sentimientos
y conozco toda la ruindad
de tu alma. Es necesario que
te deje, y que aparte de ti para
siempre el pensamiento.”
-Mariana Alcoforado
Mariana Alcoforado, religiosa portuguesa, se enamoró apasionadamente del
marqués de Chamilly, Noel Bouton. Vistos sus continuos desaires, se puso
rabiosa y se dispuso a romper, lo que vemos en frases tan contundentes como
ésta: “Si acaso por debilidad me hicieses saber que has experimentado algún
pesar al leer esta carta, es posible que te creyera, y es posible también
que tu confusión y tu pesar me produjeran despecho e indignación”. Al fin y
al cabo, como ella misma reconoce: “Comprobé que te amaba menos que a mi
pasión, y me costó un esfuerzo extraordinario vencerla, después que tus
injuriosos procedimientos hicieronme odiosa tu persona”.

 

Mariana Alcoforaro al marqués de Chamilly
“Ésta es la última carta que te escribo, y por la diferencia de términos y
del estilo espero que te des cuenta de que al fin me he persuadido de que no
me amabas y que, por lo tanto, debo cesar de amarte.
Aprovecharé, pues, la primera ocasión que se presente para enviarte lo que
me resta de tí…
No temas que te escriba, porque ésta será la última vez que ponga tu nombre
en el sobrescrito.
De todo encargará a Doña Brites, a quien tenía acostumbrada a confidencias
muy distintas a ésta.
Sus cuidados me serán menos sospechosos que los míos propios. Ella ha de
emplear cuanta cautela sea precisa hasta poder darme seguridad de que
recibiste el retrato y las pulseras que me diste.
Quiero que sepas, además, que desde hace unos días me siento en estado de
poder romper y quemar las prendas de tu amor que tanto amaba; pero demostré
tal flaqueza contigo, que estoy segura de que jamás hubieras creído que yo
llegase a semejante extremos. Quiero así complacerme en el dolor que
experimenté al separarme de ellas, y hacerte sentir, por lo menos, algo de
mi despecho.
Confieso, para verguenza mía y tuya, que me hallé más apegada a estas
fruslerías de lo que hubiera querido, para decirtelo, y que sentí que
necesitaría de nuevo todas mis reflexiones para desembarazarme de cada una
de ellas en particular, cuando ya me lisonjeaba de haber dejado de amarte.
Más todo se consigue cuando la voluntad de asiste de poderosas razones. Las
entregué a Doña Brites… ¡Cuántas lágrimas me costó esta resolución!
Después de mil vacilaciones e incertidumbres, que tú ignoras y de las que no
he de darte cuenta, le supliqué con insistencia que no me hablara más de
ellas, que no me las devolviera, aunque se las pidiese sólo para verlas por
última vez y que, por fin, te las enviara sin darme aviso.
Sólo tuve conciencia del exceso de mi amor después de apelar a todos mis
esfuerzos para curarme de él, y creo que no hubiera osado intentarlo si
hubiese previsto tantas dificultades y tantas violencias.
Estoy persuadida de que amándote, así ingrato como eres, experimentaría
emociones menos penosas de las que siento al despedirme de tí para siempre.
Comprobé que te amaba menos que a mi pasión, y me costó un esfuerzo
extraordinario vencerla, después que tus injustos procedimientos hiciéronme
odiosa tu persona.
La altivez propia de mi sexo no me ayudó a tomar contra tí estas
resoluciones.
¡Ay de mi! Hubiera sufrido tus desprecios, soportado tu odio, y hasta tus
negros celos que me hubieran devorado sabiendo que amabas a otra; porque al
menos así habría tenido una pasión contra la cual luchar. Pero es tu
indiferencia la que me resulta insoportable.
Tus impertinentes protestas de amistad y los ridículos cumplimientos de tu
última carta, me demuestran que has recibido todas las que te envié, sin que
haya conmovido tu corazón. ¡Y las leíste!
¡Ingrato! Tal es todavía mi ceguera, que me desespero al no poder
regocijarme de que ellas no llegaran hasta tí, o de que no te las hubieran
entregado.
Detesto tu franqueza… Por ventura, ¿te pedí que me dijeras la verdad?
¿Por qué no me dejaste las ilusiones de mi pasión?…
Bastaba con que no me escribieras: yo no pretendía ser enterada ni
desengañada.
¿No es suficiente desdicha la mía cuando veo que no puedo obligarte siquiera
a emplear alguna precaución para continuar teniéndome en dulce engaño, y
que, de esta manera, no sé más cómo disculparme?…
Sabes, pues, que al fin he terminado por comprender que eres indigno de mis
sentimientos, y que conozco ahora toda la ruindad de tu alma.
Más, si todo cuanto hice por amor a ti merece que prestes alguna atención,
aunque ínfima, al favor te imploro, conjúrote a que no me escribas más y a
que me ayudes a borrarte para siempre de mi memoria…
Si acaso por debilidad me hicieses saber que has experimentado algún pesar
al leer esta carta, es posible que te creyera, y es posible también que tu
confusión y tu pesar me produjeran despecho e indignación, y todo ello
podría revivir en mí la llama…
No te preocupes, pues, por mi conducta. Darías en tierra con todos mis
proyectos de cualquier modo que quisieras intervenir en ellos.
No quiero saber el resultado de esta carta; por tanto no vengas a perturbar
mi alma en la resolución que ha tomado.
Me parece que puedes estar satisfecho de los males que me has causado, si
fué tu verdadera intención el hacerme desgraciada. Pero no me saques de esta
incertidumbre. Por medio de ella, con el tiempo, espero lograr alguna
tranquilidad.
Prometo no aborrecerte. Desconfío demasiado de los sentimientos violentos,
como para intentarlo siquiera.
Sé muy bien que encontraría en este país un amante más fiel que tú…. Más,
ay, ¿quién podría darme amor? La pasión de otro hombre, ¿podría acaso
compartirla?… ¿Qué poder tuvo la mía sobre ti?
¿No me dice la experiencia que un corazón enamorado no olvida jamás a quien
le hizo descubrir transportes que ignoraba y de los cuales era capaz?, ¿que
todos sus afectos e impulsos se encuentran profundamente ligados al ídolo
que erigió para su adoración?, ¿que sus primeras heridas no pueden ser
cicatrizadas ni olvidadas? (…)
Más no pretendo probarte con buenas razones que debieras amarme. Estos
recursos son detestables, y otros muchos mejores he empleado yo, sin que me
aprovecharan.
Conozco demasiadamente la fuerza irrevocable de mi destino, para intentar
modificarlo.
¡He de ser desdichada toda mi vida!
¿No lo era, acaso, cuando te veía, a diario?
Moría de miedo temiendo que me fueras infiel.
Quería verte a cada instante, cuando no era posible.
Me sobresaltaba el riesgo que corrías al entrar al este convento. (…)
No vivía cuando estabas en el ejército.
Desesperábame al no saberme lo bastante hermosa como para ser digna de ti.
Me quejaba de la mediocridad de mi condición.
Imaginaba muchas veces que el amor, que parecías tener por mí, podría perjudicarte en algún modo.
Juzgaba, según mi modo de ver, que no te amaba lo suficiente. Atemorizábame la cólera de mis parientes contra tí.
Estaba, en fin, en un estado tan lastimero como en el que ahora me hallo.
Si después que te fuiste de Portugal hubiese yo tenido algunas pruebas de tu amor, me habría aventurado a salir de aquí disfrazada, para ir a reunirme contigo…
¡Ay! ¿Qué habría sido de mi, si, luego de llegar a Francia, tú me hubieras desdeñado?
¡Qué imprudencia! ¡Qué destino! ¡Qué cúmulo de verguenza para mi familia, que tan querida me es desde que no te amo!
(…) No te remuerden la conciencia las obligaciones que tenías conmigo, antes que cualquier otra persona del mundo, y que no has cumplido.
¡Te amé locamente!
¡Cómo despreciaba todas las cosas!
Soy una insensata al repetirte tantas veces las mismas cosas…
Es necesario que te deje, y que aparte de ti para siempre el pensamiento.
Creo igualmente que no volveré a escribirte…
¿Acaso tengo obligación de darte cuenta exacta de todos los actos de mi corazón?…”
-Mariana Alcoforaro
[.la identidad de una monja apasionada
Las cartas de amor de la monja portuguesa dirigidas a un oficial francés se publicaron por primera vez en Francia en 1669. En ella no había nombre del autor ni nombre del destinatario ni traductor. En una edición de 1690 aparecieron los nombres del destinatario, Noel Bouton, marqués de Chamilly y del traductor, conde Labergue de Guilleragues, pero el nombre de la monja portuguesa no fué conocido hasta fines del siglo XIX. Las investigaciones realizadas permitieron establecer que la autora de las célebres cartas era Mariana Alcoforaro, monja del convento de la Concepción de Beja].

 

 

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