.las cartas más apasionadas del mundo-Enfurecidas I

.las cartas más apasionadas del mundo-Enfurecidas I

“Tú eres mi único recurso (…),
mi corazón no puede vivir sin
desahogarse contigo. Si tú me
fallas, soy hombre muerto.”

-Jean-Jacques Rousseau
Rosseau llamaba a Teresa Levasseaur, con quién compartió su vida, “Señora Rousseau” a pesar de que no estaban casados. En esta carta, tan triste como enfadada, le recrimina su desapego, pero tiene momentos de gran ternura. “Ahora mismo, lacerado de angustia y aflicción, no tengo deseo más ardiente y verdadero que acabar nuestros días en la unión más perfecta, y no tener más que un lecho cuando ya sólo tengamos un alma.”

Jean-Jacques Rousseau a Teresa Levasseaur
Monquin, hoy sábado 12 de agosto de 1769
“Querida amiga:
Desde que empezó nuestra unión, hace veintiséis años sólo he buscado mi felicidad en la tuya, sólo he tratado de que fueras dichosa; y puedes ver por lo que hice en última instancia, sin haberme nunca comprometido a ello, que tu honra y tu felicidad me son igualmente queridas. Pero advierto con dolor que el éxito no corona mis afanes: a ti te es menos dulce recibirlos que a mí dedicártelos. No ignoro que los sentimientos de rectitud y de honor, con los cuales naciste, nunca se alterarán en tí, pero siento que los de ternura y apego, que antaño fueron recíprocos entre nosotros, ya sólo existen en mi parte. Querida amiga, has dejado de complacerte en mi compañía; más aún: para continuar en ella algunos momentos, por pura complacencia, necesitas de un gran esfuerzo. Con todos te sientes cómoda menos conmigo; todos los que te rodean están en tus secretos, excepto yo, y tu único amigo verdadero es el único excluído de tus confidencias. No he de hablarte de muchas otras cosas. Necesitamos tomar a las personas que amamos con sus defectos, y yo debo tolerar los tuyos, así como tú los míos. Si fueras dichosa, estaría contento; pero veo claramente que no lo eres, y esto me desgarra. Si en algo más podría contribuir a tu felicidad, lo haría y santas paces; pero no es posible. Nada he omitido de lo que pensé que pudiera hacerte dichosa y nada más puedo hacer por muy ardientemente que lo desee. Al unirnos, fijé mis condiciones; accediste a ellas, yo las cumplí. Sólo un tierno apego de tu parte podía comprometerme a cumplirlas y a escuchar únicamente la voz de nuestro amor con peligro de mi vida y mi salud. Convendrás, querida amiga, que alejarte de mi lado no es el mejor medio para aproximarte a ti. Sin embargo, tal era mi intención, lo juro; pero tu frialdad me ha retenido de hacerlo, y los melindres no bastan para atraerme cuando el corazón me rechaza. Ahora mismo, lacerado de angustia y aflicción, no tengo deseo más ardiente y verdadero que acabar nuestros días en la unión más perfecta, y no tener más que un lecho cuando ya sólo tengamos un alma.
Nada aprobamos, cuando nos place en un ser que no queremos. Por eso, en lo que a tí respecta, todos mis cuidados, todos mis afanes son insuficientes. No se ordena al corazón, amiga mía, y éste mal es sin remedio. Sin embargo, por grandes que sean mis deseos de verte feliz a cualquier precio, nunca habría pensado en alejarme de tí si no habrías sido la primera en proponérmelo. Bien sé que nodebemos asignar demasiada importancia a lo que decimos en el calor de una reyerta, pero tú volviste demasiado a menudo sobre esta idea para que no hubiese causado en tu ánimo alguna impresión. Conoces mi desventura no me atrevo a describirla por temor a que no la crean. Sólo tenía, querida amiga, un consuelo, aunque muy dulce: volcar mi corazón en el tuyo. Me consolaba de mis penas hablando de ellas contigo, y cuando tú me habías compadecido, ya no me sentía digno de piedad. No habiendo encontrado sino corazones egoístas o falsos, deposité en el tuyo toda mi confianza. Tú eres mi único recurso, eso es indudable. Pero la muerte me sería mil veces más cruel si viviéramos juntos y desavenidos y entre nosotros se extinguieran la confianza y la amistad. ¡Ah, hija mía, Dios no quiera que llegue a ese colmo del infortunio! Es mil veces preferible cesar de vernos, continuar amándonos y echarnos de menos algunas veces. Cualquier sacrificio de mi parte con tal de hacerte felíz, al precio que fuere, y estoy contento…”

Pero a Rosseau no le faltan las soluciones y en el siguiente pasaje de la carta suena hasta cínico y despiadado:

“Te conjuro, pues, querida esposa, a recogerte en tí misma, sondear tu corazón y examinar atentamente si no convendría que realizaras tu antiguo proyecto: tomar pensión en un convento para ahorrarte los desagrados de mi mal carácter y ahorrarte lo de tu frialdad; porque, tal como se presentan las cosas, no podemos ser felices juntos: yo no puedo cambiar; tu tampoco, mucho lo temo. Te dejo en perfecta libertad de escoger tu asilo y mudarte a él cuando quieras. Nada habrá de faltarte, me ocuparé de tí más que de mí mismo, y en cuanto a nuestros corazones nos hagan comprender mejor hasta qué punto habíamos nacido el uno para el otro, y sentir verdadera necesidad de reunirnos, así lo haremos para vivir en paz y ser felices hasta la tumba.”

De pronto, parece ablandarse y entrar en razón:
“No soportaría la idea de una separación eterna; quiero una separación que nos sirva de lección a ambos; ni siquiera la exijo, en modo alguno la impongo; temo, eso sí, que sea necesaria. Juzga tú, y yo me atengo a lo que resuelvas. Únicamente exijo, si llegamos a esto, y cualquiera sea tu decisión, que la tomemos de mutuo acuerdo: te prometo aceptar en todo tu voluntad, mientras sea razonable y justa, y someterme a ella sin rencor y sin ánimo de pleito. Pero en cuanto al partido que quisiste tomar en medio de tu cólera -abandonarme y eclipsarte sin que yo interviniese para nada en tu decisión, y hasta dejándome en la ignorancia de tu paradero-, eso no lo consentiré mientras viva, porque sería vergonzoso y deshonroso para ambos y contrario a todos nuestros compromisos.”

Y al final le pide que reflexione con tranquilidad e incluso acorde a que viva sola, siempre y cuando no se deje llevar por las malas influencias y no confíe en nadie antes de conocerlo bien. Rosseau se muestra tremendamente desconfiado con la humanidad:
“No confíes en ningún amigo; tú no los tienes, y yo tampoco, puedes estar segura de ello. Pero confía en las personas decentes y ten por cierto que la bondad de corazón y la equidad de un hombre decente son mil veces preferibles a la amistad de un pícaro.”

-Selección de Alicia Misrahi

4 pensamientos en “.las cartas más apasionadas del mundo-Enfurecidas I

  1. Me han encantado las imágenes del campo de lavanda. Me parece una planta maravillosa, no sólo porque estéticamente es deliciosa su contemplación, si no porque además siempre la he utilizado mucho en preparación de tisanas (incluso creé una receta de hierbas para dormir cuyo uno de sus ingredientes es la lavanda) además de hacer saquitos de espliego para colocar en la almohada y dormir mejor. Me has traido muchos recuerdos querida Gabi.
    Te deseo un día precioso repleto de Paz, Alegría y Amor.

    • Asi sea!
      La lavanda es justamente lo que coloco, en mi almohada. No tengo esos saquitos de espliego. Sólo un agua de lavanda, que es una delicia.
      Teniamos una planta enorme de lavanda en el jardin. Ni bien se secó en una helada muy grande que hubo acá, enseguida fui corriendo al vivero a comprar otra plantita en su reemplazo. Parece que le gustó el lugar, a la nueva. Espero ansiosa, que crezca.. Me encanta armar ramitos y regarlarlos. o simplemente verlos mecer con el viento.

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