.las cartas escogidas de los grandes compositores-La música y la palabra

.las cartas escogidas de los grandes compositores-La música y la palabra

“No sé escribir poéticamente; no soy poeta.


No sé distribuir las expresiones de forma tan artística
que arrojen luces y sombras; no soy pintor:
Ni si quiera puedo manifestar mis sentimientos
mediante gestos y mediante pantomima; no soy bailarín.
Pero sí puedo hacerlo con notas; soy músico.”

-W.A. MOZART
(Mannheim, 8 de noviembre de 1777)

“Escribiría antes 10.000 notas que una sola letra del alfabeto”.
-L.V.BEETHOVEN
(Viena, 28 de noviembre de 1820)

Y sin embargo, la magia de la palabra surge cuando menos se espera. Junto a una frase trivial o balbuciente, hay momentos de alto vuelo poético que nacen precisamente de la desorientación en medio del laberinto verbal…

“No me olvidéis, tengo derecho a esperar que me recordéis por haberos querido hacer felices.
Sedlo.”
-L.V.BEETHOVEN
(Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802)

“Prestad atención a este muchacho, algún día el mundo hablará de él…”
-W.A.MOZART

Acertó. Era Ludwig van Beethoven, quién, con diecisiete años, había acudido a Viena procedente de Bonn para estudiar con él. Al poco tiempo, sin embargo, tuvo que regresar con urgencia a su ciudad. La muerte de su madre y la dramática decadencia del padre le obligarían a permanecer allí y hacerse cargo de sus dos hermanos menores, de los que siempre se sintió responsable y con los que mantuvo una tensa relación a lo largo de toda su vida. Cuando al fin pudo volver a Viena, quien tendría que haber sido su maestro ya no estaba. También había muerto. Aquella primavera de 1787 dos vidas compartieron un instante. Sigamos su estela.
En algún momento entre el 16 y el 17 de diciembre de 1770, María Magdalena Keverich daba a luz a su segundo hijo. Era la esposa del tenor Johann van Beethoven, cuyo padre había llegado a Bonn desde Mechelen, en Bélgica. De ahí el van del apellido. El sonoro recién llegado se llamaría Ludwig, como el abuelo. También como el primogénito, que venido al mundo el año anterior no había llegado a vivir ni una semana. No sólo hay dudas históricas sobre el día exacto, sino que durante mucho tiempo el compositor ignoró incluso el año de su nacimiento. En parte por la existencia de este otro niño con el mismo nombre, pero también por las artimañas de Johann Beethoven para presentarlo como más pequeño de lo que era y así emular a un chiquillo que en aquellos momentos fascinaba a Europa entera: Wolfang Amadeus Mozart.

“Debes tener en cuenta que tuve un hermano al que bautizaron con mi mismo nombre. (…) Desgraciadamente, he vivido mucho tiempo sin saber mi propia edad. Tenía un libro de familia pero lo he perdido, sabe Dios cómo…”
-L.V.BEETHOVEN
(Viena, 2 de mayo de 1810)

Aquel tal Mozart a quien le querían equiparar tenía ya 14 años y se encontraba en Milán dando los últimos toques a su Ópera Mitritade. Y no era la primera que escribía. Nueve meses antes, tal vez cuando se iniciaba la vida de Beethoven, el Papa Clemente XIV le había concedido una distinción de nombre rimbombante, la “Espuela de Oro”, por algo que le podría haber salido un poco más caro: transcribir sin error el Miserere de Gregorio Allegri. La obra pertenecía al llamado “repertorio secreto” de la Capilla Sixtina y sustraer la partitura estaba castigado con la excomunión. Pero no fué un robo, la había memorizado de arriba a abajoen una sola audición, confirmando así involntariamente una genialidad que ya era leyenda.
Con semejante precedente, a la vista de sus extraordinarias dotes musicales, Johann Beethoven también quiso llevar a su hijo de gira y le organizó algunos conciertos en Rotterdam. Hasta allí llegó navegando por el Rin y desde allí regresó jurando que jamás regresaría a Holanda. Otra leyenda, la de un atronador mal genio, empezaría a fraguarse. Frau Breauning, la madre de uno de sus amigos, definiría estos arrebatos como “raptos”.
Para entender la hosquedad de su carácter, no podemos dejar de referirnos tanto a la salud como a la infancia de Beethoven. Citadas en todas las biografías, las palizas del padre alcohólico eran, por desgracia, algo normal, y muy fuerte tenía que ser la vocación musical de la criatura para que no acabaran con ella. La desorbitada presión que recibió, como ocurrió con otros niños de su tiempo, fué resultado de lo que podríamos llamar efecto-Mozart que llenó de diminutos músicos las cortes y las salas de concierto europeas. Incluso hay quien dice que también para Mozart tuvo que ser un suplicio el ser exhibido como prodigio, aunque a la vista de sus cartas esto es poco creíble. Si bien es cierto que fué un chiquillo enfermizo y en sus giras pasó por momentos de salud tan delicados que estuvieron a punto de costarle la vida, quedándose en su casa tampoco estaba exento de riesgos. Sea como fuere, en ambos casos las enfermedades se cebaron en sus cuerpos desde muy pequeños y les acompañaron hasta la tumba.
Con la llegada a Bonn del organista y compositor Christian Gottlob Neefe, algo cambiaría para Ludwig. También vió a un “segundo Mozart” en aquel niño que no había cumplido aún los 10 años y cuya educación musical asumió, pero supo sacar de él lo mejor. Le dió a conocer la música de Bach -padre e hijos- y, signo inequívoco de dotes pedagógicas, no pretendió retenerlo como alumno. Más tarde publicó un artículo e insistió ante la corte para que se facilitara a aquel joven organista capacitado, de conducta discreta, y pobre, el viaje a Viena que relatábamos al empezar. Tras la interrupción de la primera estancia, no pudo regresar a la capital austríaca hasta los 22 años, donde recibió algunas clases de Haydn, Salieri y Albrechtsberger. Fueron pocas e inconexas, probablemente ya no le hacían mucha falta. Razón de más para expresar su agradecimiento a Neefe, como hizo cuando empezó a triunfar. Sus primeros amigos le apodaban el español por su pelo moreno y por su complexión recia y pequeña. Tal vez también por los “raptos” de su carácter.
Wolfgang Amadeus Mozart se había establecido en Viena en 1780 como resultado de la ruptura con su hasta entonces patrón, el arzobispo Hieronymus Colloredo de Salzburgo, la ciudad que le vió nacer un 27 de enero de 1756. Su intención de adquirir un trabajo estable en la capital fué harto infructuosa y sólo hasta el final de su vida se le concedió el modesto puesto -de sueldo aún más modesto- de Kammermusicus o compositor de danzas para la corte. El período que vivió allí coincide casi exactamente con el que el emperador José II gobierna en solitario. En pleno “despotismo ilustrado”, este monarca más ilustrado que déspota, amante y protector de las artes y en especial de la música, reconoció derechos que hoy nos parecen elementales pero que en aquél momento supusieron un auténtico adelanto social. Mozart compartió muchos de sus ideales y encontró en él algo más que un mecenas. Allí crearía la impresionante obra de la madurez que culmina en el inconcluso Réquiem de 1791. Como todo el mundo sabe, fué enterrado en una fosa común. Nadie se peleó por su herencia.
A aquella ciudad recién huérfana es a la que regresó el muchacho de Bonn. Después de la Revolución Francesa, corrían otros tiempos para las libertades de Europa. Napoleón y su resaca marcaron el tiempo de Beethoven. Los años que vivió en Viena se podrían resumir con dos palabras: creación y lucha. Contra la enfermedad y consigo mismo. Su obra fué su victoria y otro regalo para la humanidad. En marzo de 1827, el más solitario de los hombres fué acompañado hasta la tumba por una multitud, al contrario que Mozart, supuestamente mucho más sociable. Paralelismos y contrastes entre dos seres que se vieron una sola vez…

-Selección y texto de Rafael Esteve

6 pensamientos en “.las cartas escogidas de los grandes compositores-La música y la palabra

  1. La soberbia quinta sinfonía…
    Sabes el famoso Ta-ta-ta-chan del comienzo lo que significa?…
    Ludwig dijo que así es como el “destino llama a la puerta”… (en su caso se refería a la sordera, que en aquellos tiempos no era total)
    Supongo que todos recibimos alguna vez una llamada similar en nuestras vidas…
    Aunque desde hace un tiempo para mí esa llamada la percibo de manera especialmente dulce…
    Frau Dakoff, de los muchos regalos que hasta aquí traes, para mí los de Beethoven son especialmente hermosos.
    Feliz primavera porteña que por fin llegó, para vos, para tod@s.

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