.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad I

.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad I

“El arte,
sólo el arte me ha retenido”.

-L.V. Beethoven

.la sordera

Podemos afirmar que hubo un antes y un después del día en que Beethoven fué consciente de que perdía el oído. Las primeras noticias que da a sus amigos datan de alrededor de cambio de siglo, aunque lo más probable es que ya lo percibiera con bastante anterioridad. La manera cómo lo asumió y realizó su obra es una lección para todos. En pocas palabras habla de ello. De las dos que veremos, sólo envió la primera. La segunda, llamada Testamento de Heiligenstadt, fué hallada junto a la Carta de la Amada Inmortal y se la conoce así por la localidad austríaca donde fué escrita. Si la Carta encarnaba un misterio de una intimidad que se ríe del paso del tiempo y la curiosidad ajena, el Testamento, a pesar de estar dirigido a sus hermanos, posee el eco de un mensaje a toda la humanidad.

A Franz Wegeler:
Viena, 29 de junio de 1800
“Mi querido y buen Wegeler,
(…) Quienes noticias sobre mi estado actual, pues de momento no es tan malo; desde hace un año, Lichnowsky, quien, por increible que parezca, sigue siendo uno de mis amigos más incondicionales(…), me ha asignado la suma de 600 florines con los que puedo contar hasta que me encuentre algún buen puesto fijo. Mis composiciones también me proporcionan una buena suma y por cada obra que escribo, tengo a seis o siete editores que se la disputan. Y si los buscara, aún tendría más. ¡Y no me regatean!, me pagan lo que les pido. Ya ves. Si tengo un amigo en apuros y no le puedo ayudar de inmediato, me siento a escribir un rato y en poco tiempo todo se arregla…
Sólo que un demonio celoso, mi salud, me ha puesto un palo en las ruedas. Desde hace tres años, mi oído se debilita, y la causa inicial de esta enfermedad debe proceder de mis entrañas, que siempre -tú lo sabes bien- han sido delicadas, pero ahora han empeorado mucho pues padezco de una diarrea constante que me provoca una extrema debilidad. Frank quería fortalecerme con medicinas vigorizantes y mejorar mi oído con aceite de almendras, pero, ¡prosit! (1), de poco sirvió. Mi oído seguía debilitándose y mi abdomen lo mismo. Así estuve hasta el otoño pasado y llegué a desesperarme. Un asno de médico me aconsejó baños fríos; otro, algo más hábil, los acostumbrados baños tibios del Danubio; eso obró maravillas; mi vientre mejoró; pero mi oído sigue estacionario e incluso peor. (…) Después fuí a ver a Vering: no me ha recetado ningún fármaco, excepto, hace cuatro días, unas píldoras para el estómago y una infusión para los oídos. Desde entonces me siento más fuerte y mejor, pero los oídos me siguen zumbando noche y día.
He de decir, pues, que llevo una vida desdichada: desde hace casi dos años, evito todas las reuniones, porque me es imposible decir a la gente: “Soy sordo”. Si tuviese otra profesión, no sería tan grave, pero en la mía en terrible; mis enemigos, cuyo número no es pequeño, ¿qué dirían? Para darte una idea de esta extraña sordera, te diré que en el teatro tengo que inclinarme sobre la orquesta para comprender lo que dicen en el escenario. Si estoy un poco lejos, no oigo los instrumentos ni las voces. Y en las conversaciones, cosa asombrosa, algunas personas no se dan cuenta. Como suelo ser muy distraído, creen que se trata de eso. A veces, si me hablan bajo, apenas oigo; y sólo los sonidos, no las palabras. Sin embargo, si alguien grita, no puedo soportarlo. ¿Cómo acabará todo? Sólo el cielo lo sabe. Vering dice que irá mejor, aunque no me curaré del todo.
En algunos momentos maldigo mi existencia y al Creador; gracias a Plutarco, he alcanzado la resignación. Quiero, si es posible, desafiar a mi destino, aunque habrá momentos en mi vida en que seré la criatura de Dios más desgraciada. Te ruego que no digas a nadie de mi estado, ni siquiera a Lorchen (2); es un secreto que te confío y me gustaría que te cartearas con Vering sobre el tema. Si sigo en este estado, iré a verte la próxima primavera. Me alquilarás una casa en algún lugar hermoso, en pleno campo, y durante seis meses me convertiré en un campesino. Tal vez así todo cambie. ¡Resignación! ¡Qué miserable recurso, el único que me queda…! (…) Sólo la música me hace vivir, y apenas empiezo una obra, ya se me ocurre otra. Tal como trabajo ahora, a veces escribo tres o cuatro piezas al mismo tiempo.
Escríbeme a menudo, así recordaré que yo también debo escribirte. Recuerdos a todos, también a la buena mujer del consejero, y dile que todavía me da algún que otro “rapto”. (…) Adiós, buen y fiel Wegeler. Cuenta con el amor y la amistad de tu
BEETHOVEN.”

[.sobre las causas de la sordera de Beethoven se han levantado muchas teorías. Entre todas, cubren un espectro que va de lo absurdo (resultado de una caída imitando cómo se tiraba al suelo un cantante de ópera, un resfriado mal curado contraído en el trayecto de Bonn a Viena, sífilis) a la verosímil otosclerosis (3), o una masiva y continuada intoxicación por plomo detectada a partir de un reciente análisis afectuado a sus cabellos (4). ]

.testamento de Heiligenstadt
Para mis hermanos Karl y [Johann] Beethoven:
“Vosotros que me consideráis testarudo y misántropo, o me hacéis pasar por tal, ¡qué injustos sois! Ignoráis la causa secreta de esta apariencia. Siempre me he sentido inclinado a la bondad y a la ternura, y siempre había estado dispuesto a realizar grandes obras. Pero hace casi seis años me atacó un mal pernicioso que se ha visto agravado por la ineptitud de algunos médicos. Desengañado un año tras otro en mi esperanza de mejora, obligado finalmente a enfrentarme a la posibilidad de que se tratase de una larga enfermedad cuya cura, de ser posible, exigiría años, y nacido con un carácter ardiente, activo y sociable, he tenido que aislarme para vivir en soledad apartado del mundo. Ha sido muy duro y a veces he querido superarlo, pero no podía decir a los demás: “¡Hablad más fuerte, gritad, que soy sordo!” ¿Cómo podía asumir la deficiencia de un sentido que en mí tendría que ser impecable? Un sentido que en otros tiempos gozaba de más perfección que en cualquier otro músico preferido.
Perdonadme, pues, si me mantengo apartado, cuando mi deseo sería estar con vosotros. Mi desgracia me resulta doblemente penosa, porque hace que se me juzgue erróneamente. Para mí ya no tienen ningún atractivo las conversaciones agradables destinadas al intercambio inteligente de ideas; absolutamente solo, o casi, sólo me reicorporo a la sociedad en aquello que es absolutamente indispensable, y siempre con una angustia indescriptible por si se descubre mi estado. El médico me aconsejó pasar medio año en el campo cuidando de mi oído, y no os podéis imaginar la humillación que sentía cuando alguien que estaba a mi lado escuchaba el canto de un pájaro o la flauta de un pastor y yo no oía nada. Todo esto me ponía al borde de la desesperación y poco faltó para que pusiese fin a mis días.
El arte, sólo el arte me ha retenido. Me parece imposible abandonar el mundo antes de haber manifestado todo lo que germina dentro de mí, y así prolongo esta vida miserable, con un cuerpo tan sensible que cualquier cambio brusco me pone enfermo. Debo tomar a la paciencia como guía y mantenerme en la resolución de esperar hasta que los Parcas implacables corten el hilo de mi vida. Tal vez mejore, tale vez no; me he resignado. Pero no es fácil verse convertido en filósofo a los 28 años, y para un artista menos que para cualquier otra persona.
Divinidad, tú puedes ver desde arriba lo más profundo de mi alma; Tú sabes que estoy lleno de amor y deseos de hacer el bien. ¡Hombres!, si algún dia leéis esto pensad que no habéis sido justos conmigo, y que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, amo la humanidad y he hecho lo posible para llegar a la altura de los artistas y las personas dignas. Y vosotros, hermanos Karl y [Johann], si el profesor Schmidt sigue vivo cuando ya haya muerto, pedidle que describa mi enfermedad y añadid estas páginas a su estudio para que el mundo se pueda reconciliar conmigo. Os reconozco a los dos como herederos de mi pequeña fortuna, si se le puede llamar así. Repartíosla honestamente, poneos de acuerdo y ayudaos el uno al otro. (…) Os deseo que vuestra vida sea mejor que la mía. Aconsejad la virtud a vuestros hijos, pues es ésta y no el dinero lo que les dará felicidad. Y lo digo por experiencia, ya que es ella quien me ha sostenido en la miseria y a quien debo, junto a mi arte, el no haberme suicidado. (…)
Ya está dicho: ahora espero la muerte con alegría. Si viene antes de que tenga la oportunidad de desarrollar todas mis posibilidades artísticas, entonces habrá llegado demasiado pronto, y a pesar de la dureza de mi destino, quisiera que se retrasase… No me olvidéis, tengo derecho a esperar que me recordéis por haberos querido hacer felices.
Sedlo.”
-Ludwig Van Beethoven
Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802

[.el tono conciliador del lenguaje con que se dirige a sus hermanos contrasta con la extraña ausencia del nombre de Johann en el documento original, lo cual también ha dado pie -y con razón- a numerosas especulaciones. La “pequeña fortuna” a que se refiere, incluye cuatro instrumentos de gran valor: dos violines, una viola y un violoncelo de los artesanos florentinos Guarneri y Amati, contemporáneos de los tal vez hoy más conocidos Stradivarius. Fueron un regalo del príncipe Karl Lichnowsky]

(1) ¡Salud!
(2) Hermana de Wegeler
(3) Calcificación de los tejidos óseos del oído medio
(4) Véase Russel Martin: El Cabello de Beethoven

-Selección y texto de Rafael Esteve

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