.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad II

.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad II

.la locura

Tras la frustración de una brillante carrera pianística por algo tan absurdo como un accidente causado por un artilugio diseñado para fortalecer los dedos, Robert Schumann parecía haber encontrado el éxito como compositor y, al fin, aquella felicidad por la que tanto había luchado junto a Clara. Después de algunas alarmantes señales de esquizofrenia (1), acentuadas por antecedentes familiares, en 1854 realizó un intento de suicidio arrojándose al Rin. A raíz de este hecho fué ingresado en el sanatorio psiquiátrico de Endenich, cerca de Bonn, donde pasó los dos últimos años de su vida. Sólo reconocía a su mujer a intervalos, pero sus visitas le causaban tal alteración que los médicos acabaron por restringirlas. Únicamente Brahms y algún otro amigo pudieron seguir viéndole con cierta regularidad. Clara, embarazada de su octavo hijo cuando se produjo la crisis, se vipo obligada a incrementar hasta el agotamiento el número de giras y conciertos. Cuando pocos días antes del fin se le permitió visitarle, Robert, en su último lapso de conciencia, supo quién era, y, sin poder hablar, le dió un abrazo que ella -palabras de Clara- “no cambiaría ni por todo el oro del mundo…”

De Albert Dietrich (2) a Joseph Joachim
Düsseldorf, 28 de febrero de 1854
“Apreciado amigo.
Tengo noticias terriblemente tristes para ti y Johhannes; permíteme que deje de lado por ahora los detalles, todavía no tengo la tranquilidad suficiente para escribirlos. En una carta reciente de Brahms le insinué que los nervios de Schumann estaban en bastante mal estado. Esto ha ido empeorando día tras día: escuchaba música continuamente, a veces de la más bella factura, pero a menudo espantosa. Posteriormente se añadieron voces de fantasmas que, según él pensaba, le gritaban cosas terribles y maravillosas al oído. El sabado pasado fue presa por primera vez de un violento arrebato de desesperación. Desde ese momento, la mente de Schumann se vió obviamente afectada; los fantasmas no le dejaron ni un momento en paz. Iba a verle tres veces al día. Por lo general, se mostraba tranquilo, pero a veces hacía alusión a algo pavoroso que los espíritus le forzaban a hacer y a lo que él se prestaba. El pasado lunes hacia el mediodía se las arregló para escaparse de casa. Hasenclever (3), yo, y muchos otros le buscamos en vano hasta después de la una. Sobre esta hora fue devuelto a casa por cuatro barqueros. Lo habían rescatado del Rin; se había tirado al río desde la mitad del puente. Ahora, como antes, está aparentemente cuerdo, y sin embargo, su mente está tan afectada que los médicos no albergan esperanzas de que pueda recuperarse en breve. Como puedes imaginar, su esposa vive sumida en el dolor y la desesperación, aunque ellos han tratado de que no sepa la peor parte de la historia. Ella parece sospecharlo de algún modo, sin embargo -puesto que no debe saberlo- no le han permitido reunise con él desde entonces, y se halla en casa de Fräulein Leser con una agónica nostalgia. Ni yo ni nadie más, excepto los médicos y asistentes, podemos acercarnos a él. Es probable que pronto se lo lleven a una clínica. (…)
Tu fiel amigo.”
-Albert Dietrich

Un año antes de la crisis, el 30 de septiembre de 1853, un joven de veinte años con un aspecto imberbe que los años harían irreconocible, se presentaba tímidamente en la casa de los Schumann. Era Johannes Brahms y no sabía que aquel encuentro determinaría su futuro. Creyendo que iba a recibir a un admirador más, Robert se quedó estupefacto ante su música y, en su último año de lucidez, dió un empuje decisivo a la carrera del nuevo compositor. Aquella visita supuso también el inicio de una profunda amistad con la pareja, que se consolidaría durante los penosos años del internamiento de Schumann.
Entre Johannes y Clara esta relación perduró hasta la vejez, poniendo en entredicho las fronteras entre el amor y la amistad. Gran parte de la correspondencia que intercambiaron fué destruída por ellos mismos.

De Johannes Brahms a Clara Schumann
Düsseldorf, 23 y 24 de febrero de 1855
“Mi más estimada amiga:
Tengo tantas maravillas que contarle, que no sé por dónde empezar.
He estado con su querido marido desde las 2 hasta las 6; si pudiera usted ver la felicidad de mi rostro, sabría ya más cosas que las que mi carta pudiera decirle.
Me recibió tan cálida y alegremente como la primera vez, pero sin la agitación que le siguió entonces. En seguida me mostró su última carta y me dijo cuán agradablemente lo había sorprendido. Hablamos durante mucho rato sobre sus viajes. Le expliqué que la había visto en Hamburgo, Hannover, Lübeck e incluso en Rotterdam, y me preguntó si en Holanda se había alojado en la misma habitación que el invierno pasado. Yo le dije por qué usted lo había intentado evitar, cosa que encontró natural. Le encantó la combinación Bach-Beethoven-Schumann de los programas.
Entonces le mostré su retrato. Si usted hubiera visto su profunda emoción, cómo sus ojos casi se llenaron de lágrimas y cómo lo apretó contra su pecho hasta que por fin dijo: “¡Cuánto tiempo lo he deseado!”. Cuando lo dejó, le temblaban muchísimo las manos. Pero lo seguía mirando y se levantó muchas veces para verlo de cerca.
Entonces me propuso salir al jardín. ¡Ni me acuerdo de todo lo que hablamos! También le pregunté, muy sereno, si estaba componiendo algo. Así supe que había escrito algunas fugas, pero no las pude escuchar porque no estaban a punto.
Hablaba mucho de usted. De lo “maravilloso y espléndidamente” que toca, por ejemplo, los cánones, etc. Después preguntó por los niños y sonrió de todo corazón cuando supo del primer diente de Félix. (…) Luego miramos juntos mi Sonata en Do Mayor y destacó algunos pasajes.
Le permití que me permitiera llevarme por escrito unas palabras de saludo para usted, y le pregunté si no la escribiría más a menudo? “Oh si, me encantaría. Lo haría cada día, constantemente, si tuviera algo de papel”. Y realmente no tenía, porque no le gusta pedir nada a los doctores, y ellos, por supuesto no le darán nada a menos que lo haga.
Como yo sí llevaba, se lo dí, pero primero se sintió muy incómodo porque era demasiado grande, y después no le gustó cómo lo corté para hacerlo más pequeño. Se sentó varias veces con una expresión muy dulce e intentó escribir pero dijo que estaba demasiado exaltado y que la escribiría mañana. Sólo espero que este “mañana” no vuelva a aplazarse como es usual. (…)
Cuando me despedí, él insistió en acompañarme a la estación. Con la excusa de que tenía que ir a recoger el abrigo, le pregunté al doctor si había algún inconveniente. Me dijo que ninguno, lo cual me hizo sumamente felíz (aparte de esto, no pude hablar más con el doctor, ni tan sólo al llegar). El enfermero nos seguía a todo rato a unos pasos.
Me encantó ver cómo aquella pesada verja, siempre cerrada con llave, se abría para dejarnos salir. Imagine la dicha que siento ahora, después de haber podido pasear alegremente tanto rato junto a este hombre tan querido. Yo no miraba el reloj y, cuando me lo preguntó, le aseguré que me quedaba tiempo suficiente para acercarnos a la catedral y al monumento a Beethoven. Después lo acompañé de vuelta a la carretera.
A menudo usaba mis gafas, porque se había olvidado sus impertinentes (4). Por lo demás, Herr Schumann sí puede seguir el famoso “paso brahmsiano” que usted casi no tolera: ¡camina muy rápido! También me preguntó si su Clara daba un paseo cada día. Yo le dije (¡aunque no sea del todo cierto!) que cuando estamos juntos en Düsseldorf o en alguna otra parte, yo la llevo a dar una vuelta todos los días, porque a usted no le gusta caminar sola. “Bien lo puedo creer, nosotros siempre íbamos a pasear juntos, antes”, dijo su Robert, con tristeza.
También hablamos un buen rato sobre sus libros y partituras, y se puso más contento que unas pascuas al ver que yo sabía el lugar que ocupaba cada uno. Y nos reíamos mucho el uno del otro cuando uno de los dos no podia acordarse a la primera de dónde estaba algún libro.
Lo dejé en el camino de Endenich, me abrazó y me besó tiernamente. Al separarnos me dió recuerdos sólo para usted. Antes ya me los había dado muchas veces para todos.
En el camino de vuelta me sentía casi embriagado, de tan contento; ya se puede imaginar lo mucho que le hubiera deseado que estuviera usted en Düsseldorf (5). Recibir su carta me llenó de alegría, sentía como si le pudiera sostener la mano.
No tengo nada triste que escribirle. Sólo de vez en cuando expresaba un urgente deseo de marcharse. Entonces hablaba más bajo y con menor claridad, por los médicos. Aún así, en ningún momento dijo nada absurdo o confuso.
Comentó que en marzo haría un año desde que llegó a Endenich, y que le parecía que el campo ya empezaba a estar verde, que había tenido un tiempo maravilloso y el mejor cielo azul.
Sólo puedo contarle simple y secamente lo que hablamos. Lo demás, los detalles más sutiles, no los puedo describir, sus maravillosos ojos tranquilos, su calidez al hablar de usted, su deleite por el retrato. Imaginelo todo de la manera más hermosa que pueda.
Después de semejante informe completo, no creo que tenga ninguna pregunta que hacerme. Ojalá le hubiera sabido redactar una carta más breve, pero más bella. Pero la he querido escribir enseguida y contárselo todo.
Reciba los saludos cordiales de su Robert y míos. Tendrá que contentarse con mis buenas intenciones. Ya sabe cuánto quisiera poder hacerla más felíz.
Con sincero amor y devoción,
Su Joahannes.”

De Robert a Clara Schumann
Endenich, 14 de septiembre de 1854
!Qué alegria me dió poder ver tu letra, amada Clara! Gracias por escribirme en este “dia de días” (6), por tu cariñoso recuerdo y el de nuestros queridos hijos. Dales todo mi amor y mis besos. ¡Si sólo pudiera veros un momento, compartir una palabra con vosotros! Pero la distancia es demasiado grande, Me conformaría por saber por tu boca, cómo vives, y dónde; si tocas gloriosamente como siempre; si Marie y Elise siguen progresando, y si todavía cantan. ¿Tienes aún el mismo piano Klemin? ¿Dónde está mi colección de partituras y manuscritos (el Requiem y las Sängers Fluch, por ejemplo)? ¿Y nuestro album con los autógrafos de Goethe, Jean Paul, Mozart, Beethoven y Weber, y las cartas que hemos ido recibiendo? (…) ¿Guardas todavía las cartas y los poemas de amor que te escribía desde Viena cuando estabas en París? ¿Podrías enviarme algo para leer? (…) También necesitaría papel pautado, porque a veces me siento inclinado a escribir un poco de música.
Mi vida aquí es muy simple. Lo que más me gusta es la vista sobre Bonn., y cuando estoy aqui, la de Siebengebirge y Godesberg. ¿Recuerdas cuando, bajo la intensa luz del sol, trabajabas arrebatada? (…) Explícame más cosas sobre los niños. ¿Siguen tocando piezas de Beethoven, Mozart y de mi Álbum de Juventud? ¿Toca Julie aún tan bien? ¿Cómo crecen Ludwig, Ferdinand y la dulce Eugenie?
¡Cómo desearía poder volver a escuchar tus bellas interpretaciones! ¿Fué un sueño nuestra gira por Holanda, el invierno pasado? ¿El modo cómo te recibían en todas partes, sobre todo en Rotterdam, y las antorchas que llevaron en nuestro honor?
Tocaste el Concierto en Bi Bemol (7) y las Sonatas en Do mayor y fa menor de Beethoven, los Estudios de Chopin, las Canciones sin palabras de Mendelssohn y mi último Konzertstück en Re de una manera gloriosa. ¿Recuerdas cuando oí por una noche un tema en Mi bemol sobre el que compuse variaciones? ¿Me los enviarás, y quizá algunas de tus propias obras, con todo lo demás?
No dejaría de hacerte preguntas y pedirte cosas. ¡Si sólo pudiera venir a decírtelo en persona! Si prefieres correr un velo por encima de alguno de los temas que he mencionado, por favor, hazlo.
Y ahora adiós, querida Clara y amados niños.
Escríbeme pronto.
Tu fiel,
ROBERT.”

De Joseph Joachim a Gisela von Arnim (8)
Bonn, miércoles, 30 de julio de 1856
“Anteayer recibí un telegrama de Brahms en el que comunicaba que Schumann estaba gravemente enfermo, razón por la que llegué ayer. Su esposa estaba aquí; cuando llegamos a Endenich hasta las 4.30 de la tarde acababa de fallecer. El último día, al parecer, se fué sumiendo grave y gradualmente en el sueño. Su rostro era amable y reposado; mi última impresión de nuestro amado maestro es solemne pero tranquila; su vida fué pura como la de muy pocos. (…)
Su madre quedará muy afectada cuando sepa la noticia; usted sabrá cómo decírselo,
Su amigo,
J.J.”

(1) Éste es el diagnóstico actualmente más aceptado de su enfermedad
(2) Aunque no llegaría a alcanzar fama como compositor, albert Dietrich (1829-1908) fue uno de los alumnos predilectos de Robert Schumann
(3) El médico de Schumann
(4) Anteojos con varilla
(5) Clara se encontraba actuando en Berlin
(6) El cumpleaños de Clara
(7) Se refiere al Concierto para piano y orquesta núm. 5 de Beethoven, en Mi bemol Mayor, conocido como “Emperador”
(8) Gisela von Arnim era hija de la entonces ya anciana Bettina Brentano, una de las tantas posibles “Amada Inmortal” de Beethoven

-Selección y texto de Rafael Esteve

2 pensamientos en “.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad II

    • La historia de Robert Schumann es conmovedora.
      Yo me quedo con una frase, de la carta que Robert, le escribió a Clara: ” ¿Recuerdas cuando, bajo la intensa luz del sol, trabajabas arrebatada?…”
      …y ese último Abrazo que Robert le dió y según palabras de Clara- “no cambiaría ni por todo el oro del mundo…”

      Un abrazo!

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