.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad V

.las cartas escogidas de los grandes compositores- ante la adversidad V

.Réquiem

“No puedo apartar de mis ojos la imagen de aquel desconocido.
Constantemente me viene a ver para pedirme, impaciente, que le entregue el trabajo. Yo sigo, porque componer me cansa menos que reposar, y porque ya no tengo nada que temer. Noto que esto se acaba, que me muero antes de haber podido disfrutar de mi talento. No se puede cambiar el propio destino, ni nadie puede decidir la medida de sus días Me tengo que resignar a lo que quiera la Providencia. Ahora ya sólo me queda acabar: éste es mi canto fúnebre y no debo dejarlo imperfecto.”

-W.A. MOZART
Viena, 7 de septiembre de 1791

Escrita en italiano y dirigida a Lorenzo Da Ponte, libretista de Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni y Cosi fan tutte, la autenticidad de esta carta queda en entredicho por el hecho de no haberse hallado el original. Aún así, es probable que sea la versión más o menos arreglada de otra ya existente, o bien la transcripción de alguna conversación. Sea como sea, refleja una situación desconcertante: el encargo de un Réquiem por parte de un tenebroso hombre embozado. Con una buena compensación económica como incentivo, éste presionó en diversas ocasiones al compositor para que lo entregara lo más rápido posible. Al parecer, Mozart se obsesionaría tanto con el peso simbólico de la obra y el apremio al que se le sometía, que llegó a creer que el mensajero era algo así como un enviado del más allá. En algún momento, además, comentó a Constanze que temía que lo estuvieran envenenando (es curioso comprobar, que Beethoven, en sus cuadernos, también manifiesta la misma sospecha), conectando esta conjetura con las extrañas circunstancias de la petición.
De ahí nacen la mayoría de las leyendas acerca de la muerte, la última de las cuales, tomada al pie de la letra por mucha gente a partir de la película Amadeus, atribuye a Antonio Salieri la realización de la mascarada. Por numerosas que sean estas quimeras, avivadas por el mismo Salieri al autoinculparse del “crimen” desde el manicomio, pocas logran superar lo que con el tiempo se ha ido descubriendo sobre el origen del encargo:
Prisionero de un mundo de fantasía, el conde Franz Walsegg von Stuppach, aficionado a la música y él mismo intérprete de flauta, considera normal encargar obras a distintos compositores para hacerlas tocar como suyas. Sus músicos, que lo sabían, le seguían la corriente y todo quedaba en un juego.
Tenía sólo 28 años cuando, en febrero de 1791, falleció su esposa Anna, de 20. No es difícil imaginar su dolor. Pero su peculiar manera de manifestarlo conseguiría demostrar una vez más que tragedia y comedia suelen pasear de la mano por la vida. Así, no se le ocurrió otra cosa que encargar un Réquiem al mismísimo Mozart para que fuera ejecutado, también como propio, en el primer aniversario. Para ello encomendó a un intermediario la gestión condifencial del trato y el pago de generosos emolumentos. Al parecer, el lúgubre aspecto del comisionado era más que suficiente para asustar a cualquiera, y a la vista de la reacción que provocó, se debió tomar muy en serio su cometido. Para añadir más leña al fuego, el hecho de que Michael Puchberg conociera a Walsegg nos permite intuir que la idea de proponer a Mozart como lo que hoy en el mundo editorial se denomina “negro” fue suya. Y posiblemente con la mejor intención, como es lógico conocía mejor que nadie la desesperada situación financiera del compositor.

[.Aunque no fueran un hecho cotidiano, este tipo de pedidos tampoco constituían algo excepcional. Aquel mismo año, en Bonn, Beethoven compuso un ballet para uno de sus mecenas, el cual no tuvo ningún reparo en hacerlo interpretar como suyo.]

La confusa situación que se originó al dejar Mozart el Réquiem inconcluso, fué lo que aclaró su autoría. Constanze pretendió aparentar que lo había terminado, por lo que lo cedió en primer lugar a Joseph Eybler, colega y amigo de su marido. Éste, a la vista de la magnificencia del material, no quiso continuar más allá de alguna pequeña aportación y así llegó a manos de Franz Xaber Süssmayr. Mucho más familiarizado con el estilo del compositor, pues ya había colaborado con él en otras ocasiones, lo completó siguiendo los esbozos e indicaciones verbales del propio Mozart realizadas en el transcurso de los ensayos que se improvisaron en su habitación. Una vez entregado el manuscrito, el Réquiem se estrenó a iniciativa de van Swieten en la sala Jahn de Viena el 2 de enero de 1793. Posteriormente, Walsegg dirigió la obra en Wiener Neustadt, a 50 km. de la capital, y aún la hizo ejecutar de nuevo para después adaptarla a quinteto de cuerda y probablemente no acordarse más de ella. Murió en 1827, el mismo año que Beethoven. En 1838 se halló el manuscrito que halló de Constanze y hasta 1964 han seguido apareciendo documentos que han contribuído a esclarecer el asunto.
El origen de la obra es, pues, más mundano que de ultratumba. Lo único que permanece inexplicable es su grandeza, y aún más en tanto que intervinieron terceras personas en su compleción. En ninguno de sus compases se intuye el Miserere que de niño retuvo en Italia.

[.Joseph Leopold Eybler sucedió en 1824 a Antonio Salieri como maestro de capilla de la corte vienesa. Murió a los 61 años como consecuencia de un derrame cerebral que le sobrevino dirigiendo el mismo Réquiem que había declinado continuar.]
-Selección y texto de Rafael Esteve

 

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