.carta de Jerusha Abbott al señor “Papaíto-Piernas-Largas Smith”, 8

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papa 8

“Hacia el final de las vacaciones de Navidad.
Fecha exacta desconocida.
Querido Papaíto-Piernas-Largas:
¿Está nevando allí donde está usted? Todo hasta donde puedo divisar desde mi torre se halla envuelto en un manto blanco y los copos siguen cayendo grandes como granos de maíz soplado. Es la hora del atardecer y el sol se pone (de un amarillo frío) tras unas colinas de color violeta más frías todavía, y yo, trepada en mi asiento junto a la ventana, aprovecho la última luz del día para escribirle.
¡Qué sorpresa me dieron sus cinco monedas de oro! No estoy habituada a recibir regalos de Navidad y usted ya me ha regalado tantas cosas (todo lo que tengo, en realidad), que no creo merecer ninguna extra. Pero igual me gustan. ¿Quiere saber qué me compré con el dinero?
1. Un reloj de plata para llegar a tiempo a las clases.
2. Los poemas de Matthew Arnold.
3. Una bolsa de agua caliente.
4. Una manta (hace frío en mi torre).
5. Quinientas hojas de papel amarillo para manuscritos (muy pronto empezaré a ser escritora).
6. Un diccionario de sinónimos (para aumentar el vocabulario de la escritora).
7. (No me gusta mucho confesar esta última adquisición, pero lo haré.) Un par de medias de seda.
Ahora, Papaíto, ¡no podrá decir que no le cuento todo!
Por si le interesa, fue un motivo muy ruin el que me impulsó a comprar las medias de seda. Julia Pendleton viene a mi cuarto a estudiar geometría y se cruza de piernas todas las noches en el diván, luciendo sus medias de seda. ¡Pero ya va a ver! En cuanto regrese de las vacaciones, seré yo la que se siente en su diván con mis medias de seda. Ya ve usted, Papaíto, la criatura miserable que soy. Pero por lo menos soy sincera y ya sabía usted, por mi expediente del asilo, que no era perfecta, ¿verdad?
Recapitulando (así empieza la profesora de inglés una de cada dos frases), le estoy muy agradecida por mis siete regalos. Me gusta hacerme la ilusión de que vinieron en un cajón enviado por mi familia desde California. El reloj es el regalo de papá, la manta de mamá, la bolsa de agua de mi abuela, que siempre se preocupa de que no me enfríe con este clima, y el papel amarillo de mi hermanito Harry. Mi hermana Isabel me mandó las medias y mi tía Susana, los poemas de Matthew Arnold. Tío Harry (a mi hermano le pusieron Harry por él), me envió el diccionario. Él quería mandarme bombones, pero yo insistí en los sinónimos.
Espero que no tenga usted inconveniente en hacer el complicado papel de una familia completa.
Y ahora, ¿quiere saber cómo paso mis vacaciones o sólo se interesa usted en mi educación como tal? Espero que valore el delicado matiz de “como tal”. Es la última adquisición de mi vocabulario.
La chica de Texas se llama Leonora Fenton (casi tan ridículo como Jerusha, ¿no?). Ella me gusta mucho, pero no tanto como Sallie McBride. Creo que nadie nunca me va a gustar tanto como Sallie, con excepción de usted.
Usted deberá gustarme siempre por encima de todos los demás, puesto que representa a toda mi familia en su sola persona. Leonora, yo y dos alumnas que pasaron a segundo año hemos atravesado a pie toda la región durante los días buenos y exploramos la
vecindad vestidas con polleras cortas y chaquetas y gorros de punto. Siempre llevábamos bastones para abrirnos camino y un día anduvimos ocho kilómetros hasta la ciudad y paramos en un restaurante donde las chicas del colegio suelen ir a comer. Langosta a la parrilla (35 centavos) y de postre panqueques con almíbar (15 centavos). Alimenticio y barato.
¡Fue tan divertido! Sobre todo para mí, puesto que era todo tan distinto del asilo. Cada vez que salgo de la universidad me siento como un prisionero en fuga. Sin darme cuenta, casi se me escapa la verdad de la experiencia que estaba viviendo. Pero me detuve a tiempo. Me resulta muy difícil no contar todo lo que pienso. Soy por naturaleza muy poco reservada y me gusta hacer confidencias. Si no lo tuviera a usted para contarle mis cosas, creo que estallaría.
El viernes por la noche la directora de Fergussen ofreció una fiesta culinaria (hicimos caramelos de miel) para todas las chicas de los otros pabellones. Éramos veintidós entre todas. Las freshmen, las sophomores (segundo año), las juniors (tercer año) y las seniors, todas unidas en amistoso acuerdo. La cocina es descomunal, con enormes cacerolas de cobre colgadas de las paredes en hileras. En Fergussen viven cuatrocientas chicas. El chef, de gorro y delantal blancos, sacó otros veintidós gorros y delantales —no se
me ocurre dónde pudo haber guardado tantos — y todas nos disfrazamos de cocineras. Nos divertimos mucho, aunque he comido caramelos mejores que los que hicimos. Cuando terminamos y todo estuvo bien pegajoso, desde nuestras personitas hasta los picaportes, organizamos una procesión y, siempre de gorro y delantal y llevando cada una un gran tenedor, cuchara o sartén, marchamos por los corredores desiertos
hasta la sala de profesores, donde una media docena de instructores pasaban una tranquila velada. Les dimos una serenata con canciones del colegio y les ofrecimos golosinas. Ellos aceptaron cortésmente, aunque no muy convencidos, y allí los dejamos chupando miel, sin darles tiempo a decir una palabra.
Como ve, Papaíto, mi educación progresa.
papaito 2
¿No cree usted que debería ser pintora más bien que escritora?
Las vacaciones terminan de aquí a dos días y me alegraré mucho de ver nuevamente a las chicas. Mi torre está un poco solitaria; cuando nueve personas ocupan una casa construida para cuatrocientas, las nueve se encuentran por fuerza algo perdidas.
¡Cinco páginas! ¡Y yo que quería escribirle sólo una pequeña nota de agradecimiento! Parece que, cuando empiezo, mi pluma no se detiene fácilmente.
Adiós, Papaíto, y mil gracias por pensar en mí. Sería totalmente feliz si no fuera por una nubecita amenazadora en el horizonte: los exámenes son en febrero.
Suya, afectuosamente, Judy”
-J e a n W e b s t e r, “P a p a í t o p i e r n a s l a r g a s”

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