.cartas desesperadas de María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno

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María Guadalupe, retratada en el camafeo que iniciaría la historia de amor con Mariano.

En la primera carta del 14 de marzo de 1811, diez días después del fallecimiento del prócer, Guadalupe le escribía:

 

“Mi querido y estimado dueño de mi corazón, me alegrare que lo pases bien y que al recibo de esta estés ya en tu gran casa con comodidad y que Dios te dé acierto en tus empresas; tu hijo y toda tu familia quedan buenos, pero yo con muchas fluctuaciones y el dolor en las costillas que no se me quita y cada vez va a más; estoy en cura, me asiste Argerich, se me aumentan mis males al verme sin vos y de pensar morirme sin verte y sin tu amable compañía, todo me fastidia, todo me entristece, las bromas de Micaela me enternecen porque tengo el corazón más pa llorar que pa reír, y así mi querido Moreno, si no te perjudicas procura venirte lo más pronto que puedas o si no haceme llevar porque sin vos no puedo vivir, la casa me parece sin gente, no tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen y participen de tus disgustos; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? no hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acordate que tenes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios……“.

 

En la segunda carta, del 20 de abril de 2011, la esposa de Moreno escribía:

 

“Mi amado Moreno de mi corazón: me alegraré que lo pases bien en compañía de Manuel (hermano de Moreno), nosotras quedamos buenas y nuestro Marianito un poco mejorado, gracias a Dios… ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta el vivir sin vos, todo lo que hago me parece mal hecho, hasta ahora mis pocas salidas se reducen a lo de tu madre… todo me parece triste, … van a hacer tres meses que te fuiste pero ya me parecen tres años;… veo que cada día se asegura más Saavedra en el mando… Solo Dios sabe la impresión y pesadumbre tan grande que me ha causado tu separación porque aun cuando me prevenías que pudiera ofrecérsete algún viaje, me parecía que nunca había de llegar este caso; al principio me pareció sueño y ahora me parece la misma muerte y la hubiera sufrido gustosa con tal de que no te vayas… En la plaza principal están levantando una Pirámide (en referencia a la Piramide de Mayo que se construyó como festejo del primer año de la revolución de mayo)… el cuarto lo he alquilado en doce pesos porque han bajado los alquileres y no hay quien dé más. … Del pobre Castelli hablan incendios, que ha robado, que es borracho, que hace injusticias…”.

 

Sin respuesta alguna, la pobre viuda seguía escribiéndole a Moreno en su cuarta carta del 9 de mayo de 1811:

 

“Mi amado Moreno de mi corazón, me alegraré que estés bueno, toda la familia queda buena, pero yo penando siempre con los dientes, y el dolor en las costillas, que unos días más, otros menos, me mortifica mucho, y algunas veces me hace desconfiar de volverte a ver; esta memoria me deja sin sentidos, de pensar morirme, desamparada de mi Moreno, del único consuelo que tengo, del único padre, y del marido más querido de su mujer… yo no aspiro más que a estar a tu lado, servirte, cuidarte, y quererte cada día más de lo mucho que te quiero, toda mi felicidad se funda en que vivas; y yo a tu lado, y así, día y noche, te encomiendo a Dios, para que te dé muchos años de vida, y nos veamos pronto; no me consuela otra cosa más que cuando me acuerdo las promesas que me hiciste los últimos días antes de tu salida, de no olvidarte de mí, de tratar de volver pronto, de quererme siempre, de serme fiel, porque a la hora que empieces a querer a alguna inglesa adiós Mariquita, ya no será ella la que ocupe ni un instante tu corazón, y yo estaré llorando como estoy, y sufriendo tu separación que me parece la muerte, expuesta a la cólera de nuestros enemigos, y vos divertido, y encantado, con tu inglesa; … ya hace tres meses 17 días que te fuistes, por Dios Moreno escribime a menudo y date un lugarcito para leer mis cartas, aunque disparatadas, y no las tires sin leerlas, acordate de tu Mariquita que te quiere más que a sí misma y sobre todo lo que hay en el mundo; nuestro Marianito está muy mejor del empeine que tenía en la cabeza … los médicos Argerich y Capdevila decían que tenía lombrices … tu madre, aunque viene todas las noches, no le gusta que pasen días sin ir Mariano a su casa … cuando estaré a tu lado, ay mi Moreno de mi corazón, no tengo vida sin vos, se fue mi alma y este cuerpo sin alma no puede vivir y si quieres que viva venite pronto, o mandame llevar. El cuarto lo alquilé a un inglés para almacén y había sido ladrón, lo prendieron a los ocho días, y me han venido a tomar declaración….”.

El 9 de junio de 1811, en una nueva misiva, escribía Guadalupe Cuenca:

 

“…se cumplen cuatro meses, dieciocho días, de tu salida, y todavía no tengo el consuelo de recibir carta tuya; unos ratos le pido a Dios paciencia para esperar tus cartas y tu vuelta, otros ya me parece que me has olvidado…desahogo mi corazón con llorar; no tengo más desquite que mis lágrimas, pero después de atormentarme con estos pensamientos, te pido perdón, y me acuerdo lo que siempre me decías que siendo yo buena con vos lo habías de ser conmigo: sí, mi amado Moreno, sí lo soy y lo seré hasta mi muerte, pero mi querido Moreno si ves que tu comisión es para largo tiempo mándame llevar … nuestro Mariano sigue en la escuela, sabe de memoria poco menos de la mitad del catecismo, anoche se echó a llorar, le pregunté de qué lloraba, y me dice, ay, mi madre, dónde estará mi padre… El Paraguay ya se ha unido con nosotros, lo han tomado preso a Velasco y otros, y piden a Belgrano porque es precisa su persona para dirigirlos en el Paraguay…“.

 

El 21 de junio la viuda de Moreno volvía a dirigirse a su amado por medio de una nueva carta, de la cual también transcribo parte de su contenido:

 

“Mi querido Moreno de mi corazón: … ya te puedes hacer cargo cómo estaré sin saber de vos en tantos meses que cada uno me parece un año, cada día te extraño más, todas las noches sueño con vos, ah, mi querido Moreno, cuántas veces sueño que te tengo abrazado pero luego me despierto y me hallo sola en mi triste cama, la riego con mis lágrimas, de verme sola, y que no solo no te tengo a mi lado sino que no sé si te volveré a ver, y quién sabe si mientras esta ausencia no nos moriremos alguno de los dos, pero en caso de que llegue la hora sea a mí Dios mío, y no a mi Moreno, pero Dios no lo permita que muramos sin volvernos a ver… “.

 

El “vía crucis” de Guadalupe se reflejó también en esta última carta del 29 de julio de 1811

 

“Mi amado Moreno, dueño de mi corazón: me alegraré que estés bueno, gordo, buen mozo, y divertido, pero no con ninguna mujer … no dejes de escribirme todo lo que te pasa, ábreme tu corazón como a tu mujer e interesada en todas tus cosas; basta de guardar secretos a mí, cumple con tus obligaciones de cristiano, no te olvides de mí, ve modo de que nos veamos pronto allá o aquí, porque sin vos no puedo vivir; … en vos solo, después de Dios, está todo mi pensamiento, … y si no te parece mal que te diga, que me es más sensible a mi que a vos, porque siempre he conocido que yo te amo más, que vos a mi, perdóname, mi querido Moreno, si te ofendo con esta palabra, no tengo más que decirte, recibe memoria de todas, y dáselas a Manuel; tu hijo está estudiando a ayudar misa, procura que nos veamos pero me parece que aquí no puede ser, porque cada día va peor, hazme llevar; adiós, mi Moreno, no te olvides de mi, tu mujer María Guadalupe Moreno… Dios me dé paciencia”.

-María Guadalupe Cuenca

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Enamorarse de un retrato

La historia de amor entre María Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno está impregnada de un halo shakesperiano y bien podría competir con la mejor de las tramas que han surgido de la imaginación de este autor.

Para reconstruirla, es necesario retroceder al convulso siglo XIX, volver al tiempo de las insurrecciones libertarias latinoamericanas.

Mariano Moreno tenía 21 años cuando llegó a Chuquisaca desde su natal Buenos Aires. Corrían los primeros días de 1800 y la ciudad altoperuana se ufanaba de contar en sus entrañas con una de las mejores universidades de la Colonia: la Mayor, Real y Pontificia San Fransisco Xavier, donde Mariano inició sus estudios sacerdotales. Sí, Mariano quería ser cura. En cambio encontraría el amor. En cambio hallaría todo un movimiento de pensamiento revolucionario impulsado por las teorías sociales de Rousseau y Montesquieu.

Su vida dio el giro definitivo en 1803 cuando sus ojos se posaron accidentalemnte sobre el retrato de una adolescente que adornaba uno de los camafeos que colgaba en la vidriera de una tienda de platería. ¿Acaso no tiene algo espectral el amor?

El flechazo con aquellos ojos bañados en acuarela fue tan contundente que el joven porteño se impuso la tarea de hallar y conquistar a esa muchacha chuquisaqueña.

Su obsesión le llevaría luego a descubrir que la imagen correspondía a María Guadalupe Cuenca, que tenía 14 años, que su padre había muerto hace años y que su madre, Manuela, acosada por la situación económica, había previsto para su hija un destino de castidad y de monasterio. El amor, en cambio, señalaría un nuevo rumbo: El 20 de mayo de 1804, Mariano Moreno y María Guadalupe sellarían su amor en matrimonio.

El tiempo de las tempestades

Mariano Moreno decidió dedicarse a las leyes, mientras culminaba sus estudios en en la Academia Carolina. Insuflado por las revolucionarias ideas que conoció en las aulas de la Universidad San Francisco Xavier, pronto comenzaría sus prácticas jurídicas defendiendo a indios que eran explotados por sus patrones.

Sus ataques a autoridades políticas del Alto Perú (como el intendente de Cochabamba y el Alcalde de Chayanta), sumado a sus ideas revolucionarias (era partidario de la abolición de la mita y defendía las posturas que buscaban declarar como hombres libres a los indios), hicieron insostenible su permanencia en Chuquisaca. Es así que en 1805 no tuvo más alternativa que trasladarse hasta Buenos Aires junto a María Guadalupe y Mariano, su recién nacido hijo.

Si bien Moreno no dejaría de intentar volver a tierras altoperuanas (solicitó un puesto en Cochabamba), para que María Guadalupe no estuviera tan alejada de su madre, pronto su actividad pública le acercaría a los movimientos revolucionarios que se gestaban en el Río de la Plata. Fue así que terminó como uno de los protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810, asumiendo luego una de las secretarías de la Primera Junta de Gobierno instituida por los insurrectos.

 

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Moreno se convirtió en uno de los principales pensadores del nuevo gobierno, lo cual provocó, sin embargo, divisiones internas debido a los radicales cambios estructurales que éste quería incorporar. No tardaría mucho en generarse rencillas internas. Moreno fue alejado del gobierno y la Junta de Gobierno decidió encomendarle una misión diplomática a Inglaterra para así alejarlo un tiempo del país.

Vencido, Mariano Moreno partiría rumbo a Europa el 22 de enero de 1811. María Guadalupe se quedaría en Buenos Aires junto a su hijo.

 

“Se me aumentan mis males al verme sin vos y de pensar morirme sin verte y sin tu amable compañía, todo me fastidia, todo me entristece, las bromas de Micaela me enternecen por qe tengo el corazón más pa llorar qe pa reír, y así mi querido Moreno, si no te perjudicas procura benirte lo más pronto qe puedas ó si no aseme llevar pr qe sin vos no puedo vivir.”

El silencio que duele

Mariquita, solía decirle Mariano a María Guadalupe. Y ¡cómo extrañaba ella aquella voz que la había conquistado en Chuquisaca! Su situación no era de las mejores. Alejada por miles de kilómetros de su madre y, ahora, de su esposo, vivía junto a su hijo en la casa de los padres de Mariano, en Buenos Aires. Dependía casi totalmente de la familia de éste.

Pero lo que más carcomía a María Guadalupe era el silencio de Mariano. Habían pasado ya más de dos meses desde su partida y no tenía noticias suyas. En marzo de 1811, agobiada, comenzaría a escribir una serie de cartas destinadas a Mariano, en las cuales dejaría plasmadas su pasión y sus temores ante la distancia que los separaba.

 

“Sin embargo de aberte escrito hace ocho días te buelbo a escribir pues no me queda otro consuelo. No tengo día más bien empleado que el día que paso escribiéndote y quisiera tener talento y expresiones para poderte decir cuánto siente mi corazón”.

 

Cómo podría María Guadalupe saber que a los pocos días de haber partido rumbo a Europa Mariano había caído enfermo, que había empeorado tras ingerir una supuesta medicina que el capitán de la nave inglesa “La Fama” le había suministrado, que al amanecer del 4 de marzo su corazón había dejado de latir y que su cuerpo había terminado en el mar, envuelto en una bandera inglesa.

Lo único que María Guadalupe podía sopesar entonces era el desasosiego que la invadía por dentro. Ese silencio del amante que acuchilla. Sólo sabía que amaba y que deseaba ser correspondida.

 

“Por Dios Moreno escríbeme y date un lugarcito para leer mis cartas, aunque disparatadas, y no las tires sin leerlas, acordate de tu Mariquita que te quiere más que a sí misma y sobre todo lo que hay en el mundo…”. 

 

Manuel, el hermano que había embarcado con Mariano Moreno, llegó a Inglaterra a comienzos de mayo de 1811. El día 11 escribió la carta en la que comunicaba la fatal noticia. Dos días antes de ello, María Guadalupe había cerrado el sobre con la última correspondencia para su Moreno.

María Guadalupe no regresaría a Chuquisaca. Su madre había perdido su única propiedad y culpaba por ello a Mariano. Furiosa, le había iniciado un juicio a su yerno muerto, acusándolo de haber conspirado para despojarla de sus bienes cuando éste vivía en Chuquisaca.

Viuda y a cargo de un hijo, Cuenca sobrevivió durante años con una magra pensión concedida por quienes se habían encargado de enviar a su marido hacia la muerte.

Mariquita moriría a los 43 años, en Buenos Aires. Luego de su fallecimiento, las cartas fueron encontradas, selladas, tal cual habían sido enviadas.

 

Badanowski (Via: Social Shorthand) y Web

 

 

 

 

 

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