Photo: Colleen Pinski, Your Shot, National Geographic

«Hace mucho tiempo, cuando decidí que quería ver un eclipse solar total,también me planteé que debía hacerlo en romántica soledad.

Tenía veintipocos años, me creía el centro del universo e imaginaba que el eclipse sería un acontecimiento en el que el sol, la luna y también yo nos alinearíamos y se produciría una especie de revelación profunda y definitiva.
Pensé que la presencia de otras personas podría restarle sentido a todo aquello, convencida de que la mejor manera de experimentar el mundo natural era haciéndolo en íntima comunión.
Ahora me da vergüenza recordarlo, porque cuando por fin vi mi primer eclipse comprendí que lo último que necesitaba era estar sola mientras sucedía.Ser testigo de un eclipse total causa estragos en la noción de identidad, en la individualidad racional.
Los científicos del siglo XIX que participaban en expediciones para observar eclipses las consideraban una prueba de
autocontrol.
Temían que les abrumase la emoción cuando el eclipse alcanzase su punto máximo y ello les impidiese mantener la necesaria
objetividad.
El historiador Alex Soojung-Kim Pang describió que, en uno de esos eclipses totales, a los presentes les temblaban tanto las manos que muchos apenas pudieron registrar los datos observados y que, durante el eclipse de 1871 en la India, uno de los científicos se sintió tan intimidado que tuvo que retirarse a su habitación y sumergir la cabeza en agua.
Charles Piazzi Smyth, astrónomo real de Escocia (que era originalmente el título del director del Real Conservatorio de Edimburgo), escribió sorprendido que, durante el eclipse de 1851, no solo el «voluble francés» se «dejó llevar por los impulsos del momento», sino también lo hicieron el «flemático inglés» y el «imperturbable alemán».
Dejando de lado los estereotipos nacionales, sus reflexiones señalan la insólita contradicción que se evidencia durante los
eclipses solares.
Pues, a pesar de que las trayectorias y horarios de dichos fenómenos se pueden predecir con una exactitud matemática asombrosa, el efecto que provocan suele ser lo contrario a una descripción empírica y a la objetividad científica, ya que desatan reacciones de estupor casi primigenio.Antes de mi primer eclipse siempre me habían puesto nerviosa las multitudes.
No solo porque soy introvertida.
Crecer viendo la televisión en Gran Bretaña durante las décadas de 1970 y 1980 era estar sobre aviso de los peligros de la época.
Las manifestaciones políticas, los festivales de rock, los disturbios, todo ello era motivo de temor por la misma razón por la
que los científicos del siglo XIX temían los eclipses: porque hacían que te olvidases de ti mismo.
Las masas anulaban el raciocinio y la sensatez individual.
Esta visión de las multitudes como entes irracionales y de una violencia contagiosa fue el legado de teóricos europeos como Gustave Le Bon, cuyas opiniones fueron moldeadas por la agitación política de la Francia de finales del siglo XIX.
Para él las muchedumbres eran lo mismo que los bárbaros, unos agentes de destrucción.
Toda esa historia social no hizo más que alimentar el nerviosismo que yo ya sentía al estar en un grupo grande de gente.
Solía pasar mucho tiempo a solas en bosques y prados, sobre todo porque me gustaba ver los animales y estos son difíciles de observar si formas parte de una multitud.
Pero detrás de mi deseo de soledad había razones más preocupantes. Es reconfortante contemplar el mundo sin ninguna compañía.
Puedes mirar un paisaje y verlo poblado de cosas (árboles, nubes, colinas y valles) que no tienen más voz que la que tú les das en tu imaginación; nada ni nadie puede cuestionar quién eres.
Con frecuencia se considera que la contemplación en soledad es la mejor forma de relacionarse con la naturaleza.
Pero siempre es un gesto político, que nos libera de las presiones de otras mentes, de otras interpretaciones, de otras
conciencias que puedan competir con la nuestra.
Por supuesto que otra manera de evitar el conflicto social es formar parte de una multitud que vea el mundo del mismo modo que tú, que valore las mismas cosas que tú.En 1999 mi padre y yo fuimos a una playa atestada de gente en Cornualles para presenciar el primer eclipse solar que podía verse en el Reino Unido en más de setenta años.
De pronto nos encontramos apretujados entre guías turísticos, cazadores de eclipses, escolares, camarógrafos, grupos New Age, adolescentes que agitaban varillas luminosas de colores incandescentes y personas disfrazadas. Era el primer eclipse que veía en mi vida.
Estaba nerviosa por toda la gente que me rodeaba y porque todavía me aferraba a mi intuición veinteañera de que la revelación solo se produciría si allí no había nadie.
Lo más deprimente era que el cielo estaba cubierto de nubes y, a medida que pasaban las horas, se hacía más patente que nadie vería otra cosa que no fuese una completa oscuridad cuando llegase el momento del eclipse total.
Pero cuando empezó a disminuir la luz, el aire pareció electrificarse y la presencia de la multitud cobró una importancia abrumadora, una presencia que no podía quitarme de la mente.
A medida que el mundo rotaba y la luna también y la noche caía sobre nosotros, sentí una preocupación súbita y apremiante por la seguridad de todos los que me rodeaban.
La oscuridad era tal que no habría podido ver mi propia mano si la hubiera levantado delante de mi cara, pero a mucha distancia, sobre el mar, había unas nubes bajas que teñían el sobrecogedor atardecer con unas tonalidades que recordaban a las fotografías descoloridas de las pruebas atómicas de los años cincuenta.
Y, más allá de las nubes, el día seguía siendo azul claro.
Y entonces llegó la revelación.No era lo que yo esperaba.
No estaba arriba, en el cielo, sino abajo, con todos nosotros.
Llegó cuando la multitud apiñada a lo largo de la orilla del Atlántico levantó las cámaras de fotos para inmortalizar el eclipse total y la explosión de flashes fue como si una ola de cientos de partículas de luz rompiese sobre la oscura playa y se
extendiese hasta el otro lado de la bahía, convirtiendo toda la costa en un brillante campo de estrellas.
Cada punto de luz efímero correspondía a una persona diferente.
Me reí a carcajadas.
Yo había querido una revelación solitaria y, sin embargo, recibí algo muy distinto: un abrumador sentimiento de comunidad y de lo que la compone –una multitud de luces individuales que brillan brevemente frente a la oscuridad que se aproxima.La experiencia de ver un eclipse con el cielo nublado no se parece en nada a verlo con un cielo despejado.
Esto último es lo que presencié siete años después del eclipse de Cornualles y fue un espectáculo que todavía pervive en una parte de mí donde todo perdura en tiempo presente, como si siguiese ocurriendo, como si nunca fuera a dejar de ocurrir.Para poder verlo, viajo con unos amigos a una ciudad en ruinas que se llama Side, en la costa turca.
El día señalado encontramos un lugar donde instalarnos, entre dunas de arena y unos arbustos de magnolias virginianas en
flor. En las ramas de las magnolias revolotean decenas de currucas regordetas, ocupadas en cazar unos insectos alados y de patas largas que pueblan esas hojas y flores pegajosas.
Se oye el canto de los bulbules.
Hay vida en todas partes.
Y despacio, en el lapso de una hora, la luna se irá moviendo por delante de sol hasta taparlo.
Somos cuatro personas.
Tres hombres en zapatillas deportivas y camiseta, que son expertos en matemáticas y codificación, y una mujer con un
sombrero de paja y unos prismáticos que apenas es capaz de hacer una sencilla suma sin equivocarse.
Esa soy yo.
Mientras recorremos nuestropequeño desierto de matorrales y escombros, miro a la izquierda, donde las dunas han invadido la ciudad en ruinas y la arena se acumula sobre los muros semienterrados.
Más allá, el desierto abunda en lagartos lustrosos, en cogujadas, y una miríada de huellas de tortuga pintada atraviesa las blancas arenas.
Observo los pájaros distraídamente mientras esperamos.
Somos un pequeño grupo de personas encima de una duna.
Por todas partes hay grupos como el nuestro, alguna gente enfoca sus telescopios sobre un papel blanco para ajustarlo y poder registrar el primer contacto, el momento del mordisquito inicial, cuando la oscuridad clave sus dientes en el borde del
disco solar.
Pasa mucho tiempo entre el primer y segundo contacto, es decir, cuando el sol está completamente cubierto por la luna.
Entre esos dos momentos, la cantidad de luz que llega al mundo va disminuyendo despacio y de forma sostenida.
Durante un largo rato me engaña el cerebro.
Se afana en infundirme tranquilidad: Todo está bien, me dice.
Me comunica que debo ponerme gafas de sol reactivas a la luz y por eso estoy viendo cómo cambia el mundo a través de unos cristales fotocromáticos.
Por eso todo sigue en una penumbra agradable: la ancha maleza que, como las correas que sujetan el equipaje, cubre la duna bajo mis pies, los muros derruidos, los laureles, el mar frente a mí, las montañas a mis espaldas.
Entonces me doy cuenta de que no llevo puestas las gafas de sol y siento como una bofetada, una mano que aporrea las teclas de un piano con la furia de una pesadilla, el equivalente psicológico de ese estruendo disonante mientras mantengo una pequeña y angustiosa lucha con mi cerebro.
Entonces siento escalofríos.
¿Estoy segura de que ahí hacía un calor de locos hace una hora? Y me da por recordar una de esas historias desagradables que has oído toda tu vida sobre cómo hervir una rana hasta matarla.
Se mete una rana en una cacerola con agua fría, luego la pones al fuego y parece ser que el feliz anfibio no nota en ningún momento que la temperatura del agua va subiendo y acaba muriendo.
Hay algo que me hace asociar esa horrible historia con lo que me está pasando en ese lugar y me invade el pánico.
Siento una enorme necesidad de advertirle a la gente de que tenemos que saltar fuera de la cacerola.
Todo está cambiando, pero nuestros cerebros no están equipados para darse cuenta de lo que sucede a esa escala.
De forma automática, recorro el paisaje con la vista, ansiosa por encontrar algo que me sea familiar. Muchas cosas me resultan familiares.Los grupos de personas.
Los arbustos.
El mar.
Los muros.
Pero, aunque las formas me tranquilizan, ocurre todo lo contrario con el contenido.
Porque todo es de otro color, tiene un color equivocado.
¿Os acordáis de aquellos filtros para convertir el día en noche que se usaban en las antiguas películas del Oeste?
Cuando era niña y veía los westerns que pasaban por la tarde en la televisión, creía que las noches en Estados Unidos eran diferentes a las de Inglaterra.
Mucho más tarde me di cuenta de que siempre era de día y que lo único que hacían era filmar a través de un filtro azul.
Así que: imaginad que estáis viendo una escena nocturna en una película de vaqueros en tecnicolor. Quizás Gary Cooper esté escondido detrás de un peñasco con un rifle en la mano.
¿No tiene un aspecto raro esa noche?
Ahora imaginad la misma escena rodada con un filtro naranja en lugar de con uno azul.
Todo lo que me rodea está teñido de tonos densos, apagados y extraños.
La arena es naranja oscuro, como podría serlo al atardecer, solo que el sol está alto en el cielo. Todos miramos como hipnotizados el brillo reflejado en un punto del mar frente a nosotros.
No sé nada de física, pero el destello blanco que refulge sobre el oscuro Mediterráneo me parece demasiado intenso.
Y en el suelo, justo al lado de nuestros pies, suceden cosas aún más raras.
Allí donde espero ver las sombras de las ramas que el sol proyecta sobre la arena (con la misma seguridad que esperaría confirmar cualquier otra constante aceptada en nuestro mundo), lo que observo me desconcierta: en medio de la sombra hay
un ejército de medialunas diminutas, cientos de ellas, todas moviéndose sobre la arena mientras un viento surgido de la nada agita las ramas.
Las colas de las golondrinas que trazan sus sinuosos vuelos de caza sobre las ruinas ya no son de un azul iridiscente al sol, sino de un añil profundo.
Están emitiendo llamadas de alarma.
Un gavilán que nos sobrevuela empieza a descender, pierde altura, bloqueado en su búsqueda de corrientes térmicas para elevarse.
Las corrientes han desaparecido debido al rápido enfriamiento del aire. El halcón vira hacia el noroeste, mientras sigue bajando.
Vuelvo a observar el sol, ahora a través de las gafas que llevo para tal fin. Lo único que queda de él es un paréntesis de luz.
El mundo continúa obstinadamente extraño: sombras cortas, de mediodía, en un mundo alterado.
La tierra es naranja.
El mar es púrpura.
Venus ha aparecido muy alto en el cielo, a la derecha.
Y entonces, en medio de un coro de vítores, silbidos y aplausos, clavo la mirada en el cielo mientras el sol se desliza y desaparece, al igual que el día, e increíblemente, ¡increíblemente!, encima de nuestras cabezas se crea un retazo de cielo negro, de un negro tenue, con un agujero en medio.
Un agujero redondo, más oscuro que cualquier cosa que hayas visto jamás, rodeado de un anillo de fuego blanco, intenso y fluido.
Estallan los aplausos.
Resuenan a través de las dunas.
Se me hace un nudo en la garganta. Se me llenan los ojos de lágrimas.Adiós, comprensión intelectual.
Hola a algo totalmente distinto.
El momento en el que el eclipse solar alcanza su totalidad resulta tan incomprensible para nuestra maquinaria mental que nuestra respuesta física se torna aún más evidente.
Nuestro intelecto no puede entender nada de lo que sucede.
Lo que atrapa nuestras miradas en el cielo no es la oscuridad, ni las nubes crepusculares en el horizonte, ni las estrellas, sino esa extraordinaria incorrección que está ocurriendo en lo alto. La euforia no es más que un terror apenas contenido.
Me siento diminuta e inmensa a la vez, tan solitaria y única como nunca me he sentido, y tan integrada y parte de una multitud como es posible sentirse.
Es una experiencia compartida y de una enorme intensidad personal.
Pero no hay palabras capaces de expresar todo esto. ¿Con los opuestos?
¡Sí!
Imaginemos grandes opuestos binarios y grandes relatos, rompámoslo todo y enmendémoslo al mismo tiempo.
El sol y la luna.
La oscuridad y la luz.
El mar y la tierra, el aire y su ausencia, la vida y la muerte.
Un eclipse total convierte la historia en algo absurdo, te hace sentir valioso y también prescindible, hace que las intenciones del mundo sean incomprensibles, como si alguien invitara a una piedra a participar en un debate sobre el precio de una revista del corazón.
Estoy mareada.
Se me ha puesto la piel de gallina.
Todo se ha desvanecido.
Hay un agujero en el cielo donde debería estar el sol.
Me tumbo en el suelo y miro fijamente el agujero en el cielo y el paisaje que me rodea es una visión perfecta (con sus ruinas y columnas rotas) del inframundo que imaginaba de niña, directamente sacado de los Relatos de los héroes griegos, de Roger Lancelyn Green.
Y entonces sucede algo nuevo que hace que, incluso hoy en día al recordarlo, me dé un vuelco el corazón y se me empañen los ojos.
Porque resulta que existe algo aún más impactante que ver cómo el sol desaparece en un agujero.
Y es ver cómo emerge de él.
Ahí estoy, sentada en la playa del inframundo, con todos los muertos en pie.
Hace frío y un ligero viento sopla en la oscuridad.
Pero entonces, del borde inferior del disco negro y vacío del extinto sol, estalla un punto de fulgor perfecto.
Se inflama y arde.
Es de una intensidad increíble, de una luminosidad insoportable, tanto como (me sonrojo al decirlo, pero ahí va)
una palabra.
Y así comienza de nuevo el mundo. En un instante.
Alegría, alivio, gratitud; una avalancha de emociones.
¿Está todo en orden ahora?
¿Se ha recompuesto todo?
Desde un árbol de laurel, que ha vuelto a la vida haceapenas un momento, un bulbul saluda con su canto al nuevo amanecer…»

-Helen Macdonald (de «Vuelos vespertinos»)

Photo: ByNineJumbo1600

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