Collage de Diane Parr

Una bandada de seres humanos…
Bajo la intensa lluvia los lagos se han vuelto de un acero fosforescente.
Los cormoranes pigmeos se encorvan en los árboles muertos.


Doce de nosotros permanecemos de pie en la orilla. Algunos han instalado sobre lahierba telescopios terrestres con trípodes, otros llevan prismáticos.Aguardamos el atardecer húngaro en silencio.
El aire se hace más frío a medida que el sol se desliza dentro de la vasta extensión de agua.
Aguzamos el oído hasta que, ¡ahí está!, escuchamos un ruido débil, como el aullido de una jauría o la disonancia de unas cornetas estridentes, al principio apenas perceptible por el viento que agita las cañas, pero luego crece hasta convertirse en un clamor sobrenatural.
«¡Ahí vienen!», susurra alguien.
Por encima de nuestras cabezas, una larga y vibrante uve invertida de alas batientes entinta el oscurecido cielo.
Detrás surge otra bandada y detrás de ella, otra más, todas llegando en oleadas cada vez mayores mientras llenan
el aire con un aluvión de ruido y de belleza.
Las aves que nos sobrevuelan son elegantes grullas euroasiáticas de cuello largo. Todos los otoños más de cien mil de esas aves detienen su migración desde Rusia y el norte de Europa rumbo al sur para pasar unas semanas en la región de Hortobágy, en el noreste de Hungría, para alimentarse del maíz que queda en los campos tras la cosecha. Todas las noches llegan en masa para posarse y pernoctar en la seguridad que les ofrecen los lagos poco profundos de las piscifactorías, atrayendo un turismo ecológico que acude para presenciar el espectáculo de sus vuelos nocturnos.Hay otros lugares donde también se pueden ver concentraciones igual de impresionantes.En Nebraska más de medio millón de grullas canadienses se atiborran de comida en los campos de maíz antes de continuar su migración de primavera; en Quebec los observadores se sobresaltan ante las avalanchas de ánsares nivales, o gansos blancos, que oscurecen el cielo cuando levantan el vuelo desde el río Saint-François. En Gran Bretaña, las nubes de estorninos que llegan a sus dormideros invernales atraen a multitudes de todas las edades.Estar cerca de grandes concentraciones de aves afecta de forma diferente a las personas: algunos ríen, otros lloran, otros niegan con la cabeza o sueltan palabrotas.
El lenguaje nos falla ante tan inmensas bandadas de alas batientes.
Pero nuestros cerebros están hechos para extraer de la complejidad del mundo un sentido que nos resulte comprensible, y mientras observo los gansos blancos al atardecer los percibo, al principio, como si fuesen hileras de notas musicales, pero después los asocio con estructuras matemáticas.
Las líneas serpenteantes se sincronizan de forma que cada ave levante las alas una fracción de segundo antes de que lo haga la que está detrás, cada bandada en movimiento se convierte en una secuencia cinematográfica que se extiende en el tiempo. Es una ilusión óptica sorprendente que me deja boquiabierta.
Parte del encanto de las bandadas de pájaros es esa facilidad de crear unos deslumbrantes efectos ópticos.Recuerdo el asombro que me producía de niña ver a miles de aves zancudas, las correlimos, recortadas sobre un cielo frío y gris, que aparecían y desaparecían en un instante cada vez que cambiaban bruscamente la dirección del vuelo, y ver cómo la coloración disruptiva del plumaje, el blanquecino de sus pechos y vientres y sus oscuros dorsos, les procuraba la invisibilidad. Quizás el ejemplo más conocido son las bandadas de estorninos europeos que se congregan formando figuras en el cielo antes de pernoctar.
El famoso «baile de los estorninos», que en Inglaterra llamamos murmurations (murmuraciones), recibe un nombre más apropiado en danés, sort sol: sol negro.
Reflejo de su rareza casi celestial. Estando en la costa de Suffolk hace unos años, pude ver a la distancia una densa bruma de estorninos en vuelo que, en una fracción de segundo, se convertía en una inquietante esfera, como un planeta oscuro suspendido sobre los pantanos.Todos los que me rodeaban gritaron de sorpresa y de inmediato la esfera explotó en un torbellino de alas.
Aunque gran parte de la belleza de esas bandadas de pájaros radica en el vertiginoso dinamismo de su vuelo, lo que suelen mostrar las revistas y noticias televisivas son fotos fijas de las figuras que forman en el cielo y que parecen otras cosas: tiburones, hongos o dinosaurios.
No resulta difícil creer en señales y premoniciones cuando se produce un fenómeno tan extraño.
Las formas cambiantes que dibujan las bandadas de estorninos se deben a que cada pájaro copia los movimientos de los otros seis o siete que tiene a su alrededor con extrema rapidez; su tiempo de reacción es inferior a una décima de segundo. Los giros se propagan a través de una nube de pájaros a una velocidad de casi ciento cincuenta kilómetros por hora, lo cual, visto desde lejos, le da un aspecto de un solo organismo vivo y palpitante.
En 1799 Samuel Taylor Coleridge anotó en un cuaderno que una bandada de estorninos se transformó en diferentes figuras y que se movía «como un cuerpo desprovisto de toda fuerza de voluntad».
A veces dan la extraña impresión de ser una especie de entidad alienígena que avanza a tientas, nubes de arena o de humo que han cobrado vida y se mueven debido a una serie de cambios topológicos. El «baile de los estorninos» es fascinante, pero también puede llegar a provocar una sensación parecida al miedo.Y el miedo es en gran parte la razón por la que se congregan muchas de esas bandadas.
Las grullas, por ejemplo, duermen posadas en aguas poco profundas porque es más seguro que hacerlo en tierra seca; y la gran profusión de alas batientes dificulta a los depredadores concentrarse en un solo estornino dentro del grupo.
Ningún estornino quiere permanecer en el borde de la bandada ni ser uno de los primeros en posarse. Anne Goodenough, que dirige el programa internacional de estudio del estornino de la Real Sociedad de Biología y de la Universidad de Gloucestershire, sostiene que las figuras que forman en el cielo podrían funcionar como señales para invitar a otros de su especie a unirse a un dormidero determinado y aumentar así el tamaño del grupo (en clima frío los dormideros superpoblados ayudan a las aves a mantener el calor del cuerpo). Pero es el miedo lo que moldea a las bandadas en pleno vuelo, juntándolas y haciéndolas girar una y otra vez. Las ondas oscuras y temblorosas que dibuja una masa de estorninos suelen surgir como respuesta a un ave rapaz que se lanza en picado sobre la bandada en busca de comida.
Ya es casi de noche en los estanques de Hortobágy y me zumban los oídos por los graznidos disonantes de las grullas.
El lago es un hervidero de agitación, puesto que las bandadas llegan de todas direcciones para unirse a la multitud que ya está en el agua y que ahora se asemeja a una bruma moteada por partículas en suspensión. También los gansos están llegando a raudales, cayendo del cielo en picado o en deslizamientos laterales a través de oleadas de alas.
De repente, eso se vuelve casi imposible de soportar.
Me siento muy incómoda, desorientada.
Los grupos muy numerosos de aves pueden provocar algo así. Los ornitólogos han señalado que observar bandadas de grajos al anochecer resulta una experiencia tan confusa y ruidosa que produce en el espectador una especie de mareo.Para poder descansar la vista en algo fijo, miro a través del catalejo la orilla más alejada del lago. Dentro del círculo del visor, la confusión se transforma en unos pocos pájaros aislados.
Está tan oscuro que no distingo sus colores. Me concentro en observar cómo toman tierra unos majestuosos grupos de grullas con diferentes escalas de grises.
Luego beben, se sacuden las plumas sueltas, se saludan y se disponen a buscar un lugar donde dormir.El cambio en mi registro de observación es sorprendente: paso de ver veloces figuras en el cielo a percibir que están compuestas de miles de ojos, de corazones palpitantes y de frágiles estructuras de huesos y plumas.
Contemplo cómo las grullas se rascan el pico con las patas y pienso en las bandadas de estorninos, en su forma de precipitarse sobre los cañaverales como grano derramado de una gigantesca bolsa y cómo de pronto se convierten en pájaros posados sobre tallos cimbreantes, con los ojos brillantes y las plumas salpicadas de manchitas blancas que brillan como pequeñas estrellas.
Me maravilla comprobar cómo la confusión se disipa en cuanto nos centramos en los elementos que la componen.
La magia de las bandadas radica en ese simple desplazamiento de la geometría a la familia.Mientras observo las grullas me pongo a pensar en la naturaleza humana.
El pueblo donde nos habíamos quedado la noche anterior se parecía mucho al lugar donde yo vivo en los Fens.(1) Tenía el mismo aire húmedo de las tierras bajas, gallinas sueltas en los jardines traseros de las casas, álamos y
grandes pilas de leña para pasar el invierno. Antes de viajar a Hungría les pregunté cómo era a varios amigos británicos que habían vivido en el país y
más de uno me dijo que lo más extraño de Hungría era que no tenías la sensación de estar en el extranjero, que te sentías como en casa.
Es doloroso recordar eso ahora.
No he podido quitarme de la cabeza durante todo el tiempo que llevo aquí la cerca de alambre de púas que el gobierno ha levantado a más de ciento cincuenta kilómetros al sur de donde estoy para detener a los refugiados sirios que intentan cruzar la frontera con Serbia; la imagen de ese gentío moviéndose lentamente hacia el noreste mientras las grullas se dirigen al suroeste.
Observar aquellas bandadas de aves me ha hecho ver lo fácil que es reaccionar frente a la idea de una masa de
refugiados con la misma visceralidad con que lo hacemos frente a una nube de estorninos en vuelo o de gansos tomando tierra en picado, viéndola como una entidad única, extraña, incontrolable y caótica.
Pero la multitud que intenta cruzar la frontera no es más que gente como nosotros.
Quizás se parezcan demasiado a nosotros.
No queremos ni imaginar cómo sería ver nuestro entorno cotidiano reducido a cenizas. Cara a cara con el miedo, todos somos estorninos, un grupo, una bandada compuesta de millones de
almas que buscan un lugar seguro.
Me gustan las bandadas de pájaros, no solo por su exuberancia biológica, sino también porque me han hecho buscar similitudes dentro de su rareza, porque me han hecho reflexionar sobre su caos y transformarlo en individuos y en pequeños grupos familiares que desean las cosas más sencillas: vivir sin miedo, comer y encontrar un lugar donde poder dormir tranquilos…»


-Helen Macdonald (de «Vuelos vespertinos»)


(1) . The Fens (literalmente, zona pantanosa) o Fenland es un vasto territorio de marismas de unos
cuatro mil kilómetros cuadrados localizados en dos de las regiones orientales de Inglaterra: East
Midlands y East of England.

Esto es lo más hermoso que vas a ver hoy:

2 Replies to “.vuelos vespertinos”

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