.historia de dos estrellas

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Imagen tomada de Internet

El Emperador del Cielo, Tentei, tomó entre sus delicados dedos aquella fina evidencia: era un hilo. Apenas un hilo. Un hilo apenas visible. Apenas un hilo mal hilvanado… pero también un detalle que no escapó a la penetrante mirada de Tentei.

¿Cómo era posible que se le hubiera escapado a Orihime ese hilo de la fina costura? Tentei dejó su ropaje dorado sobre el lecho y se dirigió a la ventana. Allá estaba Orihime, como siempre, vestida de luna, sentada a orillas del río Amanogawa, cosiendo los vestidos de su divino padre, profundamente concentrada en su tarea… o por lo menos eso parecía. Había entrado la sospecha como serpiente en la mente de Tentei… ahora sólo faltaba que se deslizara como serpiente hacia su corazón. Pasó ese día cavilando acerca del tema. Poco antes de que la negra noche terminara, se dirigió Tentei nuevamente a la ventana, y allí estaba Orihime, como fiel servidora de su celestial padre y su imperio, esperando a que surcara el cielo negro, vacío y profundo, el primer rayo de luz del sol… Un rayo fino, finísimo…. dorado y más sutil que el hilo de una telaraña… más fino y delicado que el susurro de la brisa mañanera entre las hojas del bambú, cuando ésta deja de soplar… Ese primer rayo cruzaría el espacio de un momento a otro y Orihime lo enlazaría hábilmente con su blanca mano y comenzaría la apacible tarea de hilarlo para coser las telas doradas que vestirían a Tentei y a sus ministros, pajes y secretarios… Brillaba tenuemente Orihime en la penumbra que olía a lavanda, bajo la atenta mirada del Emperador del Cielo, cuando de repente, cruza el firmamento nocturno aquel primer rayo de luz solar. Orihime alza rápidamente su brazo y lo atrapa entre dedos marfilinos, comenzando el dorado ovillo… Ya de día, Orihime está sentada nuevamente junto al Amanogawa, como siempre: cosiendo y cosiendo. Con los días, Tentei olvidó el incidente de aquel hilo desprolijo y no pensó más en el tema. Pero una tarde, sumido estaba Tentei en profunda meditación -otras versiones dicen que dormía la siesta- cuando escuchó el débil quejido de Orihime. Tan profundo era el silencio reinante en el Imperio del Cielo cuando el Emperador meditaba, que el triste lamento perforó la concentración de Tentei: Orihime se había pinchado un dedo con la aguja de hielo que le regalara el Invierno… Tentei frunció el ceño: ¡Distraída! Milenios cosiendo para su divino Padre y jamás se había distraído hasta el punto de pincharse con la aguja de hielo. La diminuta gota de sangre no sólo había derretido la punta de la aguja sino que también había manchado la tela… el desastre era total. La sospecha, por fin, había alcanzado el temible corazón del Emperador del Cielo. Orihime se retiró a su cuarto y lloró. Tentei no hizo ni le dijo nada, pero enseguida llamó a una de sus momongas: a Okito. En aquellas lejanas épocas, las momongas -las pequeñas ardillas voladoras japonesas- eran abundantes y surcaban la vastedad del aire en total libertad, mezclándose entre las aves. Y en aquella época y lugar, las momongas -como las propias aves- hablaban… y Okito era su preferida, porque había sido criada de pequeña por el joven Tentei cuando aquella, siendo también pequeña, había chocado contra las faldas de la Niebla del Norte, lastimándose una pata. Esta momonga se convirtió, entonces, en su principal confidente. Y fue así que el Emperador del Cielo le ordenó a Okito que se convirtiera en astuta espía para vigilar los movimientos de su hija a toda hora… aunque a la momonga la orden no le gustaba mucho -Orihime siempre jugaba con ella en las largas tardes del cielo-, obedeció la orden. Esa misma noche, cuando todos dormían, la sutil luz que emanaba de la piel y los negros cabellos de la princesa, le indicó a la momonga, refugiada entre los amorosos brazos de un cerezo, que Orihime estaba abandonando el Palacio de Jade. Oculta en la profunda oscuridad del negro cielo, Okito vio que Orihime dirigía sus pasos hacia los límites del Jardín de Porcelana para cruzar el Amanogawa por la parte menos profunda. Sus vestidos de seda flotaban en las brillantes aguas del río ¿a dónde iría a esas horas? La respuesta le llegó rápidamente: guiada por el fulgor de los corrales reales, Orihime era recibida por un hombre… un ordinario campesino que no brillaba ni tenía antecedentes celestiales. La momonga, por supuesto, lo conocía: era Hikoboshi, el primero entre sus pares por el tesoro que custodiaba… y así, en el silencio de la negra noche, Orihime y Hikoboshi se unieron en un largo y trémulo abrazo, recortando sus siluetas contra el fulgor multicolor que escapaba de los corrales. Al amanecer siguiente, apenas despertó Tentei, vio a Okito, pequeñita, de pelusa gris y ojos saltones, sentada en los límites más distantes del lecho imperial… y le contó, un tanto nerviosa, acerca de lo que había visto. El Emperador del Cielo era un tifón de furia en la vastedad del Palacio de Jade. Los sirvientes y funcionarios se ocultaron, las momongas y golondrinas escapaban por los ventanales y hasta los respetuosos Monjes del Silencio Perpetuo, usualmente abstraídos de la realidad, desaparecieron de sus oscuros rincones… Pero Tentei pronto refrenó su ira: debería sorprenderlos, para que la vergüenza y la deshonra fueran lo más explícitas posible para ambos y todo su Imperio. Esa misma noche, a hora bien avanzada -pensó Tentei-, cruzaría en su barca las aguas del Amanogawa e iría hacia los luminosos corrales imperiales para desenmascarar el deshonroso romance. Le parecía que la tarde no pasaba más. Orihime seguía su tarea como si nada junto al Amanogawa y tampoco sabía nada nuevo acerca de aquel pastor Hikoboshi que custodiaba sus más preciados tesoros… Llegó la noche: abundante, oscura, negra. Noche dueña de todos los espectros, de los sueños más alegres y las pesadillas más horribles de los humanos del Abismo. Y en lo más profundo de esa noche infinita, Tentei vio el pálido brillo de Orihime deslizándose furtivamente por los caminos del Jardín de Porcelana. Y allí descendió el Emperador, a hurtadillas, por los oscuros pasadizos y escaleras del Palacio de Jade, alumbrándose apenas con su propia luz celestial. Cruzó el gran Amanogawa en su barca de luciérnagas y se dirigió al sitio indicado por la momonga. Allí estaban, tal como la ardilla le había contado: abrazados ¡Amantes! Pero Tentei se enterneció al ver la silueta de ambos recortándose frente al resplandor. La serpiente que mordía el corazón de Tentei había empezado a perder su poder y una lágrima del emperador del cielo -que hubiera bastado para producir el cataclismo más grande en la tierra del Abismo si hubiera caído- asomó en su alma… Pero, de pronto, la luz del establo aumentó en resplandor, tanto que ni siquiera la magnífica pupila del Emperador podía soportarla. Como un reguero de luz infinita, inabarcable, el cielo pareció estallar en millares de esferas luminosas, cada una tomando por su camino en el cielo que dejaba, de a poco, de ser totalmente oscuro. Esferas blancas, amarillas, rojas, verdes, azules, anaranjadas… una más ardiente que otra… Una más gigante que otra. ¡El establo se había abierto! Hikoboshi, para encontrarse cuanto antes con Orihime, había descuidado su trabajo y dejado los portones mal cerrados y el más preciado tesoro del Emperador del Cielo, se había dispersado por el Universo en forma irremediable. Tentei miraba azorado en todo sentido: su tesoro se dispersaba hasta convertirse en una multitud de puntos inalcanzables… ¡Si hasta el propio Amanogawa se había llenado con esas esferas incandescentes que el temperamental río difícilmente aceptara que le quitaran! La pareja también contemplaba el bello pero atemorizante espectáculo. Hasta que Tentei se acercó a la pareja. Hikoboshi lo vio llegar y tembló. Orihime también tembló. Inclinaron las cabezas con respeto, vergüenza y terror, pero la serpiente en el corazón de Tentei había apretado sus colmillos de nuevo: el feroz rencor hacia la hija y hacia el pastor se esparcía como cruel veneno por todas sus celestes venas.

Los resplandores de las esferas incandescentes iban mermando en intensidad y, poco a poco, la noche ganaba de nuevo en oscuridad, pero ya la negrura del cielo no era total: las esferas de Tentei, el grande y misterioso tesoro que guardaba el Emperador del Cielo en su establo, se había expuesto a toda la Humanidad que vivía en el abismo terrenal. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Tentei no abrió la boca. Miró con profundo desprecio a Hikoboshi y, simplemente, tomó del brazo a Orihime y se la llevó hasta donde estaba encallada la barca de luciérnagas. Cruzaron el Amanogawa en silencio. Los luminosos animalitos parecían desvanecerse ante la multitud de esferas brillantes que flotaban en el ahora caudaloso río. Tentei sabía que Orihime no podría cruzarlo más, una vez que llegara a la otra orilla. Cuando descendieron de la barca, Tentei, en silencio, dibujó un amplio arco en el cielo y la barca se disolvió… para siempre y las luciérnagas pronto ganaron la profundidad del Abismo.
Orihime ya no ocultaba su dolor: la bella princesa levantó su falda y se fue corriendo, envuelta en llanto, hacia el Palacio de Jade. Subió a su alcoba y se encerró a llípor miles de años. Tentei, el gran Emperador del Cielo y sus ministros no pudieron lucir más sus espléndidas vestiduras: el cielo estaría mejor vestido, ahora, que ellos. El cielo era ahora más que el propio Emperador del Cielo y su otrora imponente séquito.

Pasaron, como dijimos, algunos miles de años
De un lado del Amanogawa, vagando perdido por vastas praderas, Hikoboshi lloraba por su amada. En la habitación de Orihime, oscura y triste, sólo se oía una triste letanía de lágrimas… La serpiente en el corazón de Tentei ya se había hecho parte indisoluble de su alma, y el Templo de Jade se había oscurecido… especialmente de noche, cuando el tesoro inalcanzable del Emperador seguía disperso eternamente, formando caprichosos dibujos que los Hombres -los humildes Hombres de barro del Abismo- interpretaban ahora para tratar de entender qué pensaba el Emperador Celestial… aquel Grande entre Grandes, el coloso de las carnes hechas de Cielo. Tentei no quería recibir a sus ministros y secretarios. Permanecía solo. Triste… y siempre enojado. Opaco… Tras milenios de mutismo y desolación, tanto Orihime como Hikoboshi se fueron hermanando, a fuerza de dolor, con las esferas luminosas que brillaban en el cielo, hasta convertirse ellos mismos en parte del tesoro perdido de Tentei. Se veían brillantes, pero separados por el luminoso Amanogawa. Se veían cerca, pero inalcanzables. Bellos, pero imposibles. Un día -un día cualquiera-, una golondrina entró por un ventanal del espacioso y silencioso Palacio de Jade, sumido en tinieblas. Al pie de la escalera infinita, en el primer escalón, estaba sentado Tentei, medio dormido. El pequeño animalito se plantó sin miedo frente al Emperador del Cielo: -He deliberado largamente con mis hermanas y quiero hablar con Su Excelencia… -Tentei entreabrió los ojos adormilados e hizo un cansado gesto de desprecio, indicándole con la mano que se fuera. -¡Quiero hablar con Su Excelencia! -gritó la golondrina, firme en sus dos patas, que resbalaban en el piso pulido por el mismo impulso del grito. -¿Qué quieres? -preguntó Tentei a las cansadas. -Quiero hablarle de su hija Orihime… -¿Orihime? Ella está convertida en… en… ¿cómo les dicen ahora? -Estrellas… -Eso… está convertida en estrella… la veo todas las noches… y ya no puede volver a ser la bella mujercita que fue… -Lo sabemos, pero las golondrinas hemos formado un ejército y queremos hacer algo al respecto. -¿Qué quieren hacer? -El Amanogawa nos autorizó a que formemos sobre él un puente… -¿Y? -preguntó, ya más interesado, Tentei. -…que si logramos convencerlos, Orihime y Hikoboshi podrían verse sobre el puente… – ¿Con Hikoboshi? -Sí… una vez por año… Tentei meditó el asunto recorriendo con la mirada la vastedad de su ahora tenebroso palacio. Se puso de pie, tomándose la cintura que hacía tiempo le dolía: -¿Y dices que el Amanogawa lo permite? (Tentei sólo respetaba al portentoso río, ahora lleno de estrellas).

-Sería sólo una vez al año… Había anochecido. Ya en el abandonado Jardín de Porcelana, el Emperador de Jade alzó la vista al cielo estrellado. Su hija brillaba de este lado del gran Amanogawa. Hikoboshi, lo hacía del otro lado. Por primera vez en mucho tiempo, Tentei se puso la mano en el pecho y sintió el palpitar de su corazón: la serpiente había desaparecido y, seguramente, hacía mucho tiempo de eso. Las heridas de su mordida habían cicatrizado hacía siglos ¿Por qué no autorizar el encuentro de ambos? Su viejo cuerpo -eterno, por otra parte comenzaba a despedir luz de nuevo, bajo el fulgor de las estrellas… de sus estrellas… La pequeña golondrina, que caminaba junto a Tentei esperando la respuesta, lo miró con atención. El antaño temible Coloso del Cielo, era ahora un triste hombre, un tanto bajo de estatura, que sencillamente extrañaba a su hija… Con las manos a la espalda y aspirando el fresco aire nocturno, Tentei dio un gran suspiro de alivio y miró hacia abajo: -Autorizo la transacción… – dijo, al fin, con aparatosa afectación. Sin siquiera despedirse, la golondrina salió volando hacia lo profundo de la noche -guiándose por las estrellas-, hasta encontrarse con sus hermanas… A la noche siguiente -cuenta la leyenda-, las golondrinas entrelazaron sus alas y ajustaron sus picos a las plumas de sus compañeras y formaron un efímero pero vigoroso puente. Orihime, brillando como una blanca novia, comenzó a moverse tímidamente por el cielo y cruzó entre sus hermanas hacia el puente tendido sobre el celoso Amanogawa. Desde el Este, Hikoboshi había iniciado también su lento andar por entre las estrellas y, finalmente, se encontraron en la mitad del puente de golondrinas. Permanecieron así, juntos, toda la noche, hasta que el primer rayo de sol salió despedido del horizonte hacia el infinito. No habría ninguna delicada mano que lo detuviera en su vuelo, pero en el aire del amanecer, volvió el perfume a lavanda. El taciturno Palacio de Jade comenzó resplandecer de nuevo y como si de fantasmas se tratara, los pajes, secretarios y ministros comenzaron a desfilar por los pasillos y recámaras en sus tareas de todos los días como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera tiempo. Vestidos ahora con ropas humildes espantaban con sus manos a las momongas que los molestaban en su trajinar por el palacio y consultaban al Emperador del Cielo sobre los asuntos del Universo que esperaban sus decisiones… Esa noche, cuando el trajín del día cesó y los Monjes del Silencio Perpetuo retornaron a sus meditaciones suspendidas, hacía siglos, en sus rincones, Tentei salió al Jardín de Porcelana con Okito subida a su hombro y las manos a su espalda. Levantó la mirada hacia el cielo nocturno y vio a las dos estrellas de nuevo separadas por el gran Amanogawa… Una sonrisa y una lágrima asomaron en el imperial rostro. Okito pareció querer decirle algo al oído, pero finalmente no se atrevió… E hizo bien.

Hoy, esas dos estrellas son conocidas como Vega (Orihime), de la constelación de Lyra y Altair (Hikoboshi), de la constelación del Águila, al norte y al sur del Amanogawa (la Vía Láctea), respectivamente. La fiesta que recuerda el reencuentro en el puente de golondrinas de los amantes (de todos los años porque Tentei nunca faltó a su promesa), se llama “Tanabata” o “Fiesta de las Estrellas”…

-Horacio Ramirez

Making a Wish to Meet a Good Mate during the Tanabata Festival

2 Replies to “.historia de dos estrellas”

    1. Que bueno que te haya llegado, cuando más lo necesitabas!
      Voy a tratar de estar más pendiente de publicar Eddita.
      Creo que el Universo necesita más que nunca, vibrar alto, entre todos PODEMOS HACERLO.
      Te quiero muñequita!

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