Arte: Rebeca Peña

«Escóndeme que el mundo no me adivine.

Escóndeme como el tronco su resina, y
que yo te perfume en la sombra, como
la gota de goma, y que te suavice con
ella, y los demás no sepan de dónde
viene tu dulzura…
Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
de su sitio; como las raíces abandonadas
sobre el suelo.
¿Por qué no soy pequeña como la almendra
en el hueso cerrado?
¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y
subiré a tu mejilla, y estaré en ella
como la pinta vivísima en la hoja de la
vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
y bajaré de tu pecho, me enredaré
en tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este juego
toda la vida.»

-Gabriela Mistral


La poesía son palabras, y no lo es…
Y ante el acertijo insondable de esta poderosa mujer sólo podemos inclinarnos ante el texto, cerrar los ojos y leer…

Porque lo que de verdad nos dijo, lo que quiso revelar, eso, quizá debamos aceptar y resignarnos a que
nunca fue escrito, ni ya se escribirá.
Enigma de esta poeta de raíces rotas y desancladas, heroína errante, mujer de femineidad cubierta por cien matices, uno sobre otro, superpuesta una y otra vez sobre sí misma, timbrada con una voz sin dueña
declarada que reclamar pudiera su autoría.

Sólo ella misma, pero, ¿Quién era ella? ¿Quién fue Gabriela Mistral? ¿Quién puede reclamar esa autoría de haberle cincelado y haberle reordenado en su interior una vez tras otra? ¿Y desde cuándo? ¿Quizá a los sietes años?…

¿Qué ocurrió Lucila?… Perdón, Gabriela…

De azul doliente se tiñe su poesía, de dolor cadente, como su vida, esa que adornó de viajes donde la
extranjera que siempre fue nunca miraba a ese poniente donde todo un continente guardaba su secreto…

¿Qué secreto Lucila?… Disculpa, Gabriela…

Dolor del miedo al abandono, del padre ausente que dejó en aquella niña la simiente de lo que más tarde
sería una herida imposible de cerrar; dolor por un amor que también fue fugitivo, miedo a la carne abierta que aun sin sangrar… duele, duele hasta matar; dolor por un vientre marchito que quiso rellenar con su amor docente con los niños, y con aquel hijo adoptivo que también en más dolor hubo de tornar al morir tan repentinamente; dolor de inventar cada patria en el lugar en el que se pisa, sentir de tierra extraña sin el olor de las campiñas de su Chile, ese que quiso abandonar para buscarlo en cualquier otro lugar, allá donde quizá recordar no doliera tanto, exilio del recuerdo, del olvido, pero no del dolor ni del abismo de una boca sellada, de una mujer que buscó en la poesía el lenguaje de su cuerpo y también el de su alma.

Y la poesía se convirtió en ese idioma en el que pudo expresarse, aunque no del todo, pues quedaba el
“secreto”…

“Debo haber llevado el aire distraído de los que
guardan un secreto”
… Escribió.


En su poema “Una palabra” coquetea con ese “secreto”:

“Yo tengo una palabra en la garganta
y no la suelto y no me libro de ella,
aunque me empuje su empellón de sangre…”


La pequeña Lucila fue violada… ¿Era esto?
En su poema “Puertas” ella misma se coloca ante ese umbral:

“Entre los gestos del mundo
recibí el que dan las puertas.
En la luz yo las he visto
o selladas o entreabiertas
y volviendo sus espaldas
del color de la vulpeja.
¿Por qué fue que las hicimos
para ser sus prisioneras?…
…Y lo mismo que Casandra,
no salvan aunque bien sepan:
porque mi duro destino
él también pasó mi puerta…
…Cuando golpeo me turban
igual que la vez primera.
El seco dintel da luces
como la espada despierta
y los batientes se avivan
en escapadas gacelas.

Entro como quien levanta
paño de cara encubierta,
sin saber lo que me tiene
mi casa de angosta almendra
y pregunto si me aguarda
mi salvación o mi pérdida…
… Con el canto apasionado
haremos caer las puertas
y saldrán de ellas los hombres
como niños que despiertan
al oír que se descuajan
y que van cayendo muertas.”


Gabriela parece huir, de su país, de sus gentes, de sus recuerdos, de su propia femineidad, del contacto con los hombres, de lo que sintió aquella niña, quizá…
Sólo la poesía parece salvarla del silencio más profundo, ese “canto apasionado” del poema, aunque ni siquiera la escritura le aleja de sus espectros, como cuando declaró:

“Desde que soy criatura vagabunda, desterrada
voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un
vaho de fantasmas”.

De nuevo esa sensación errante que le atormentaba…

“La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se
me han vuelto un cortejo melancólico, pero muy fiel,
que más que envolverme me forra y me oprime”.

Gente suya, viva o muerta… Y en esa “huida” parece que la poeta relaciona su estirpe misma con dolor y angustia, con la ira hacia el padre que les abandonó, como rebela en su “Poema del hijo”:

…” Y el horror de que un día, con la boca quemante
de rencor, me dijera lo que dije a mi padre:
“¿Por qué ha sido fecunda tu carne sollozante
y se henchieron de néctar los pechos de mi madre”…”
…”¡Bendito pecho mío en que a mis gentes hundo
y bendito mi vientre en que mi raza muere!…
Qué duro.
Y sin embargo…

La Gabriela Mistral más luminosa puede encontrarse en algunos versos donde la esperanza del amor que vivía en ella y que nunca fue manchado, refulgía poderoso, como en su sublime poema “Dame la mano y danzaremos…”:

“Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y me amarás.
Como una sola flor seremos,
como una flor, y nada más. . .
El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos,
como una espiga, y nada más.
Te llamas Rosa y yo Esperanza,
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos una danza
en la colina y nada más…”

Cuánta belleza lírica en una mujer que sólo en poemas pudo vivir la gloria del amor.

Lástima Gabriela.

Especialmente conmovedor es su poema “Besos”, donde describe de manera sobrecogedoramente hermosa el anhelo de pasión que la poeta siempre quiso encontrar y no encontró:

“Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada,
hay besos que se dan con la memoria.
Hay besos silenciosos, besos nobles,
hay besos enigmáticos, sinceros,
hay besos que se dan sólo las almas,
hay besos por prohibidos, verdaderos…
… Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.
Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.
Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía…
… Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.
Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,

besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.
¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.
Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.”

Que Gabriela Mistral fuera reconocida con el premio de Literatura nacional de Chile y con el Nobel de Literatura no es lo importante; que su vida docente con los niños ocupara gran parte de su tiempo es un detalle, porque quizá lo absolutamente relevante es el caudal ingente de sensibilidad poética que nos dejó como regalo y el enigma inabordable que la mujer de gesto adusto colocó ante nuestros ojos para interrogarnos calladamente acerca de lo que está más allá de las palabras, de la poesía, más allá de la misma vida y de la misma muerte, más allá del más allá, en la orilla exacta de lo que como seres humanos tenemos en común, esa sed, esa necesidad imperiosa y absoluta de amar y ser amados.

Lucila, si pudiera escribirte… Si pudieras leerme…
Aun así te escribo y mirándote en silencio yo te digo…
¡Vuelve! ¡Vuelve de ese frío de la muerte y de ese abismo!

Vuelve a esos prados y a ese río donde los niños sólo entienden de alegría y de esperanza para después… Después simplemente amar y pisotear a la serpiente cuyos dientes aun te arañan y… sonríe, sonríe
Lucila que eres inocente, sonríe Gabriela Mistral…
¡Sonríe ya por siempre!

-Ricardo De Bastante

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