«Alta, delgada, se irguió, las manos en la nuca.
Cuando evoco esa belleza, se agita mi viejo corazón.

Había bailado algunos de los bailes de su tribu:
la danza del Sol, que es una danza vertiginosa;
la danza de la Luna, que es una danza mesurada;
y la danza de la Muerte, que es una danza inmóvil.
Pero aún no había bailado la danza del Amor…

El Sol, con su cortejo de alegrías;
la Luna, con su cortejo de melancolía,
y la Muerte, con su cortejo de dolor, habían bailado ante nosotros.
Pero el Amor esperaba que arrojáramos las rosas
sobre el tapiz de quien lo celebraba…

De pronto, dos niños la despejaron de sus velos,
y ella, despidió a los músicos con un gesto silencioso de sus dedos.

Bailó primero con los ojos y con sus párpados alados de pestañas.
¡Entre sus dos manos, su cabeza pesaba lo que pesaba el mundo!
Por último, su rostro se iluminó,
dio tres pasos, arqueó su cuerpo,
y sus manos extendió desesperadamente…
y de pronto se irguió y nos las regaló abiertas
después de aprisionar el perfume ondulado de las rosas…»

-Poema árabe de autor anónimo(Traducción de Carlos Morales, de la edición francesa de El jardín de las caricias, De Fanz Toussaintailarina»)

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