Apolo y Dafne-Gian Lorenzo Bernini-Galería Borghese Roma

Besar.

¿Será un acercamiento o será una guerra?

¿Las bocas buscan apropiarse o distinguirse?

¿Y por qué por la boca?

¿Por qué el fluir de la saliva, la sensación de avizorar el abismo de la interioridad?

¿Será placer o será sosiego?

¿Será el inicio o será el final del inicio?

Olores, lenguas, comisuras, ¿será la carne o será el espíritu que asoma?

La presencia espectral del beso de la muerte: ¿será la plenitud o será la conciencia de que la plenitud no existe?

El beso que, en su intento de invasión, sin embargo, comprende lo imposible del amor en esos labios que siempre dejan una fisura abierta.

Desnudar.

¿Es posible el desnudo?

¿Cuánto debo sacarme?

¿La ropa, el maquillaje, o también la piel, o también el alma?

¿Se puede aun desnudar un alma desnuda?

Encontrar al otro en su intimidad, pero ¿qué es la intimidad?

¿Y si detrás de todo no hay nada?

¿Y si siempre pudiéramos seguir desnudándonos?

¿Dónde aplaca el deseo?

¿Aplaca?

¿No será el deseo un intento de despojamiento absoluto?

¿Desarmarnos hasta el infinito para encontrar que en ese fondo sin fondo habita el otro?

En el desnudo, la entrega.

Detrás del placer, detrás de la belleza, detrás del detrás, todo se desarma.

Y fluye.

Rozar.

Entre el tocar y el no tocar, el roce.

No llegar nunca de modo definitivo sino bocetar.

Tal vez todo deseo sea algún tipo de boceto, un atisbo, una posibilidad entre miles.

Un encuentro a destiempo que, sin embargo, despierta.

Un prólogo que no quiere comenzar.

El amor como un eterno comienzo, o el amor como la distensión de múltiples comienzos posibles.

O tal vez solo haya el roce.

¿O no es todo tocar siempre un imposible?

¿Cómo tocar más allá de mi mano, de mi piel, de mi cuerpo?

O peor, tal vez solo haya el roce involuntario.

¿O no es todo encuentro real siempre un imposible?

¿Cómo encontrarte más allá del deseo de encontrarte?

Susurrar.

No hay grito ni diálogo ni clamor.

Ni siquiera hay palabra.

El susurro es siempre previo.

No busca comprender ni explicar ni afirmar.

No busca sino que se derrama.

Más cerca de lo primitivo de la voz, más simple que el concepto.

Una caricia del lenguaje.

No es poesía ni exclamación.

Es solo el sonido provocado en la garganta que se acerca.

Lento, despojado, amante.

Como si la palabra fuera un mimo que convocara a los fantasmas del deseo.

Mínimo, discontinuo, mojado.

Letal pero inaudito.

Casi al borde de la oreja.

Siempre al borde.

Chupar.

Hay un sabor que nos desborda.

Excede lo normal, la previsión, la lógica.

Los cuerpos saben, en ese doble sentido donde el saber y el sabor nos conectan con el otro.

¿Cómo acceder al gusto?

¿Y cómo ese acceso provoca en el otro el placer o, por lo menos, su propio movimiento?

La lengua lame, late, ladra, taladra.

La lengua avanza.

Con la boca se habla, se besa y se chupa.

Chupar, en ese lugar donde la palabra implota y se derrumba la frontera entre el asco y el goce.

Chupar es siempre de frontera.

Nos disloca.

Nos destierra.

Acariciar.

La caricia no invade, no se apropia, no violenta.

Se pliega a la forma del otro, descubre en su andar, los contornos de lo extraño.

La caricia mantiene la distancia justa entre el deseo de consagración y la prevalencia de la diferencia.

Va hacia el otro sin ir sino que se deja llevar y por ello se transforma.

La mano que esculpe la caricia se ve a su vez delineada y toma la forma de lo que toca.

La caricia toca.

Toca sin agarrar.

Solo reposa y por eso es lenta.

Rompe el tiempo del mundo.

Hace de cada parte del cuerpo un mundo nuevo.

Acabar.

El orgasmo es siempre del otro.

Nunca es propio porque nunca es apropiable.

Siempre se está yendo y por eso siempre queda abierto.

En términos absolutos, nunca termina, nunca se acaba.

No hay un final para el placer ni para el deseo.

No hay un final para lo que permanentemente está terminando.

La carne es siempre del otro.

No tiene límites porque no hay carne propia.

Repite su furor en cada orgasmo que nunca es propio.

Como si no tuviéramos orgasmos, sino que el orgasmo nos fuera teniendo en cada repliegue de la carne.

Nunca se acaba.

Tal vez lo humano sea solo ese resto inacabable que subsiste cada vez que se termina.

-Darío Sztanszrajber

Crédito de Imágenes: Mariana Roveda y Gisela Filc

Vía: Oh Lalá

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