Arte: Kathrin Honesta

«He visto oscurecerse repentinamente el alba.
Así, dentro de mi sangre me oscurezco,
me voy a pique.
Yo estoy en el lugar de la noche, al lugar donde llego.

Todo me desvanece,
todo rompe la película del aire, donde antes éramos,
donde el nosotros era un breve itinerario.

Ve. Estoy vencida.
Mañana, cuando mi ataúd sea doble cerradura,
podrás entonces comprender mis travesías.

Mi abuela tiene los ojos claros,
como los de mi padre, como los de mi madre.
No es la misma mujer
aquella que veo subir cuesta arriba hasta la plaza
donde el ingenio se deshace en vapores.

A mi abuela Clara la conocí
a través del presentimiento,
cuando hay un trompo
girando en el vuelo de la tarde
y las abejas tiñen de caprichos
su falda o su blusa.

Todo lo que sé de ella lo aprendí de mi padre.

Mi abuela Camila es alegre,
sabe de un cielo habitado por voces,
canciones como la mejor herencia.

Sé de largos pasillos
en aquella casa construida por mi abuelo
–ese muchacho de dieciséis
defensor y revolucionario–
donde emergimos a los primeros juegos,
al ir y venir tras las lagartijas, los pájaros
en la reverberación del viento.

Ambas, aunque los años nos separen y sea escarcha
la fronda de los días, rezan por mi destino.

Se van los días
en ataúd de gritos,
en ataúd de silencios.
Desde la resequedad del vacío
también nosotras nos vamos.
Nada nos detiene:
ni los vestidos imantados de la infancia,
ni el amor,
atravesándonos como un río.
En el ir y venir de los abismos
podríamos recomenzar.
Podríamos
sin más filos,
sin más pastillas.
Ve: la jaula se ha vuelto pájaro.
No tenemos miedo.

Años después, dejo de tomar en serio
los capítulos de mi vida.
Quiero vivir.
Vivir es el término que más se acerca
a mi propósito.

Para que entre la luz,
descorrer las cortinas de la sombra.
Cruzar murallas,
vencer desiertos.

Si tú me dices: haz la tarde,
hago la tarde con sus vuelos.
Estoy hecha del equilibrio de las cosas.
Decisión de mirar de frente
la irremediable saturación del engaño.

El que viene detrás
ahuyentará el tiempo.

Así dijeron:
el que viene detrás.

Y nos dio miedo,
y rezamos
pero el dolor,
aún con los rezos,
se extendió;
era la memoria
de nuestros hijos.

Desperté sin piel
ni siquiera para las caricias.

La luz es lo que se pliega,
se retira o se acerca.

Pudiera ser una línea
—dotada de sensibilidad—
para añadir otra naturaleza,
otro ánimo.

Mira, aún en el horror y sus máscaras,
las cosas carecen de impacto.

Hablamos de la memoria,
se extiende hacia el centro.

La luz se tensa, se abre.

En el impulso,
la respuesta es primeramente caos;
su resonancia,
el balanceo, la revelación.

Amor,
la casa es un huerto
y la quietud, el sol de la tarde.

La luz
sobre las cosas
y el confín del mundo;
la simulación.

Lo que vemos, lo que nos pertenece,
lo que llamamos silla, mesa,
cuchillo afilado.

Una posible estrategia
de la atmósfera,
una posible
estrategia del ojo
—el cerebro despierta
otra revelación—,
sus habitaciones intrincadas.

Bajo la luz, nada
permanece oculto.

En la religión, por ejemplo,
descubro libros vacíos,
pensamientos prófugos.

Dicen: «dios florece
en los escombros».
Pero no es dios
ni su oscuro
sacrificio devorándonos.

Dios comienza a entumecerse.

En el acto, es la luz:
una misma pulsión,
cuerpos hacia el mismo destino.

¿Quién entonces
camina sobre las aguas?

Dejémoslo así:
las cosas están en su sitio;
para unos
—y para otros—
el tiempo avanza o retrocede.

Amor, hablamos de cosas concretas.»

-Nadia Contreras

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