Arte: José de Almada Negreiros.

«El poeta es un fingidor.
Finge tan profundamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.»

-Fernando Pessoa

«Alberto Caeiro es una de las figuras creadas por Fernando Pessoa para dar vida al fenómeno literario de la heteronomía.
A diferencia de un seudónimo, que es el nombre ficticio tras el que alguien se esconde para dar a conocer sus ideas sin revelar su identidad, un heterónimo es una personalidad literaria.
Sin duda un personaje pero, primordialmente, una personalidad literaria, es decir, alguien que cuenta con una obra propia, cuyo estilo y contenido difieren del estilo y el contenido de los textos del escritor que creó al heterónimo y que él reconoce como propios.

En efecto, en la producción heterónima de un narrador, de un ensayista o de un poeta podemos encontrar todo lo que ese narrador, ese ensayista o ese poeta no estarán dispuestos a reconocer como «suyo» en un sentido estricto.

Digamos que el heterónimo es otro distinto de uno en uno o, si se prefiere, digamos que uno, en virtud de la heteronomía, es más bien dos o más de dos.

El heterónimo Alberto Caeiro fue concebido por Fernando Pessoa como su maestro.

Tras crearlo mediante la redacción de una serie de poemas en los que, desconociéndose como Pessoa, se reconoció como Caeiro, Fernando Pessoa extrajo de su imaginación las figuras de otros dos discípulos de Caeiro.

Ellos son Álvaro de Campos y Ricardo Reis, ambos poetas, como Pessoa y Caeiro e, igualmente, ambos autores de obras personalísimas, muy diferentes entre sí.

Sin embargo, la producción poética de los discípulos guarda ciertas coincidencias que, reconocidas, permiten entender por qué todos ellos consideran a Caeiro como su maestro.

De hecho, Campos, Reis y Pessoa son autores consumidos por un afán de conocimiento de la verdad que no logran satisfacer jamás.

Los desvela la inquietud ante el misterio de la vida, ante la temporalidad y la muerte, ante el cambio y la dificultad para lograr un saber seguro, en el orden que sea.

En cambio, Caeiro niega que haya misterio alguno.

Para él, la realidad es puramente exterior; lo que se ve, algo diáfano, discernible, inequívoco y simple.

Es, dice él, el pensamiento el que, en el intento de aprehender algo más allá de lo que nos enseñan los sentidos, trata de concebir lo inconcebible y busca la verdad donde no la hay.

Más allá del mundo exterior y los sentidos que nos revelan ese mundo, está la subjetividad, el mundo interior, que es para Caeiro, una selva enmarañada, confusa, fabuladora y patológica.

Así piensa Caeiro y así siente.

Su poesía lo dice una y otra vez y, con ella, Caeiro nos transmite una honda serenidad; la serenidad propia de quien nunca tuvo un deseo que no pudiese realizar porque nunca enceguecia.

Maestro, pues, del aplomo, de la prescindencia de los deseos desenfrenados, del acuerdo con la vida a través de lo que los sentidos, y solo los sentidos, nos enseñan de ella.

Por eso y por no poder ser como él es que tanto lo admiran sus tres discípulos: Reis, Campos y Pessoa.

En un orden biográfico hay que decir que, según Pessoa, Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915.

También dice Pessoa que Caeiro nació en Lisboa pero que vivió casi toda su vida en el campo.

Recibió una educación rudimentaria y escribía mal en portugués, con faltas de ortografía y errores sintácticos.

Murió, como puede verse, muy joven, minado seguramente por la tuberculosis.

Dejó compuesto un único libro, «El cuidador de rebaños», y una serie de poemas dispersos, agrupados bajo ese título.»

-Santiago Kovadloff

«Hoy leí casi dos páginas
Del libro de un poeta místico,
Y reí como quien ha llorado mucho.
Los poetas místicos son filósofos enfermos,
Y los filósofos son hombres locos.

Porque los poetas místicos dicen que las flores sienten
Y dicen que las piedras tienen alma
Y que los ríos entran en éxtasis bajo la luz de la luna.

Pero las flores, si sintiesen, no serían flores,
Serían gente.
Y si las piedras tuviesen alma, serían cosas vivas, no serían piedras;
Y si los ríos entraran en éxtasis bajo la luz de la luna,
Los ríos serían hombres enfermos.

Hace falta no saber qué son las flores, las piedras y los ríos
Para hablar de sus sentimientos.
Hablar del alma de las piedras, de las flores, de los ríos,
Es hablar de uno mismo y de sus falsos pensamientos.
Gracias a Dios las piedras no son sino piedras,
Y los ríos no son más que ríos
Y las flores, flores nada más.

En cuanto a mí, escribo la prosa de mis versos
Y me pongo contento,
Porque sé que comprendo la Naturaleza por fuera;
Y no la comprendo por dentro
Porque la Naturaleza no tiene dentro;
De lo contrario, no sería Naturaleza.»

-Alberto Caeiro

Fernando Pessoa era un hombre lleno de gente.

3 Replies to “.el maestro Alberto Caeiro”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: