
«Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses”.
Una clara invitación a despojarnos de los prejuicios para alcanzar la luz que esconde su peculiar oscuridad.
En otro momento advierte, como profeta de un tiempo que no fue el suyo pero que le tocó vivir, la fatalidad de su destino.
“Conozco mi suerte. Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis, como no haya habido otra igual de la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una decisión que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre, soy una carga de dinamita…”
Su carácter subversivo está ligado a una fuerza negadora, como la antítesis de un mundo viejo, plagado de mentiras milenarias. Un mundo cubierto por ilusiones que niegan la vida en boca de seudo profetas que alimentan los gusanos de la muerte. Lo sensato en este contexto es la expresión de aquel hombre que vocifera en nuestra cara: ¡Dios ha muerto! Y con él todos los adoradores de la muerte.
Nuestro filósofo golpea duro a los creadores de ilusiones que alejan a las personas de la alegría de vivir. A pesar que se le juzga como depresivo, radical y loco, sus ánimos nunca fueron los mismos.
“Mis amigos que saben más de mi vida, dicen que, si no soy el hombre más feliz, soy, al menos, el más animoso…”
Así es, hubo un tiempo en el que el pensador gozaba de buen ánimo, a pesar de que ya se conocía en él cierta tendencia al mal humor y la tristeza. Esto se pudo notar luego de haber escrito los primeros capítulos de Zaratustra en la que se alternaban periodos de exaltación y melancolía.
“Mi sentimiento tiene tan fuertes explosiones, que basta un momento para cambiarme totalmente en un enfermo”.
El creciente malestar, producto del mal que lo aquejaba, no le hacía perder el afán de compartir algún amorío. Sin embargo, su aparente misoginia hacía que algunas mujeres se apartaran de él.
“El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego, por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”.
Finalmente, en otro momento, hizo notar su inseguridad viril cuando recibió la invitación de una amiga, Rosalie Nielsen, a la habitación de un hotel, donde ella insinuósele sexualmente, ante lo cual, él tuvo que escapar saltando por una ventana.
Notamos pues que Nietzsche procuraba tener una vida como cualquier ser humano.
Él fue el gran poeta de la vitalidad, y con su mensaje quería romper con los moldes metafísicos que nos alejaban de la vida: amor fati (vive el presente con entrega), sin embargo, a pesar de su espíritu dionisiaco, voluntad de poder y moral aristocrática, la enfermedad lo apagó quitándole todo rastro de superioridad.
Un dia como ayer, 15 de octubre estaría cumpliendo 182 años.
Fue un hombre con un cuerpo mortal pero con ideas inmortales.
En el trasfondo de su mal podría leerse
“He aquí el hombre que para ser silenciado, Dios tuvo que crear la locura”.
-Carlos Esparza
