Iris – John Atkinson Grimshaw 1886

El anhelo de la primavera se trasluce ya en las festividades del solsticio de invierno, encarnadas en la Navidad del cristianismo, que bebe en parte de la creencia de los germanos en el Yule, y está asociada para los iraníes al nacimiento de Mitra, dios de la luz, el día del nacimiento del sol. 

El frío es aún intenso, pero el sol, al mostrarse más tiempo, reaviva la esperanza de volver a ver la primavera.

El dicho «hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo» expresa con precisión esa prisa que tenemos por que llegue el buen tiempo, cuando el cuerpo ansía quitarse capas de ropa y no hay nada que deseemos más que sentir la delicadeza del aire, cuando la estación todavía se resiste a asentarse. 

De la misma manera, después de un largo invierno nos cuesta creer que haya llegado la primavera y, como si nos reencontrásemos con un amigo del pasado, nos mostramos algo tímidos, vacilamos en dar los primeros pasos; hay que esperar hasta mediada la primavera para percatarnos de que estamos viviéndola de veras.

Con frecuencia, se nos advierte de los peligros de enfermar en el paso de una estación a otra. 

Esto sucede no sólo por la inestabilidad del clima, sino también porque al cuerpo le cuesta seguir el ritmo de nuestras emociones, soliviantadas por una naturaleza que fluctúa sin cesar, incapaces de asimilar de buenas a primeras todos los estratos micro estacionales que cohabitan entre ellas.

Nosotros también cambiamos con las diferentes épocas del año. 

Nuestro cuerpo invernal no es nuestro cuerpo estival. 

Cada año envejecemos; entretanto, tal vez hayamos estado enfermos. 

Nuestro cuerpo de hoy no será el mismo el año próximo. 

Por eso también el pescado o la verdura que comemos por primera vez en la estación se nos antojan tan diferentes: nuestro cuerpo ha olvidado la experiencia de ese producto, y hay que restablecer los lazos cada año. 

Por lo demás, nosotros mismos percibimos los sabores de manera distinta.

El chef Tokuyama me contó un día que, en otoño, los árboles, con sus hojas muertas, parecen menos presentes en la vida, pero que, bajo tierra, sus raíces acumulan energía. 

No se puede afirmar que las raíces no sean de temporada. 

Durante el período en que se nos niega su riqueza, el árbol sigue haciendo su vida; de esa forma podremos reencontrarnos con él una vez más en otro momento del año. 

Las estaciones son un sentimiento, una emoción.

Entablamos con cada una de ellas una relación íntima y personal. 

Puede que sentir ese vínculo, independientemente del momento de la estación que prefiramos, sea ese ser de estación, en el sentido que posee la expresión en francés être de saison.

Significa estar en el instante, en la vida.

Si el encuentro con un producto se asemeja al que tenemos con una persona, éste puede conocer momentos de pasión y de amor, pero también separaciones. 

En dichos encuentros, hay momentos en los que prestamos una atención especial al otro, del mismo modo en que puede conmocionarnos el resplandor casi fluorescente de unas flores a la luz de la luna, del mismo modo en que nos conmueve una hortensia al final de la estación por la vejez de sus flores, cuyos pétalos secos a sus pies han perdido el color, pero no su belleza frágil.

Tengo la impresión, por ejemplo, de que los franceses han cultivado una relación peculiar con el verano, como si éste fuera, más que una estación, una vida en toda regla. 

Seguramente sea un efecto de las vacaciones largas y de ese período que muchos asocian a una estancia en el campo, a un contacto más estrecho con la naturaleza.

Cuando disponemos de más tiempo, prestamos más atención a lo que nos rodea. 

Muchos franceses hablan con pasión de las tartas y las mermeladas que elaboran en esas fechas con la fruta del jardín, de los pescados asados a la brasa junto al mar, de los tomates para el pisto, de las hierbas que ponen a secar.

El nagori, «el deseo de permanecer en la estación», se manifiesta con especial intensidad entre los franceses durante el verano. 

Una amiga de Arlés me relataba con mucha nostalgia la última cosecha de tomates de su huerto, en septiembre, como si con esa hortaliza se marcharan los últimos rayos cálidos de sol. 

No es sólo que la naturaleza nos inspire tales emociones: lo que ocurre es que estamos más abiertos, más proclives a recibir la estación.

Los habitantes de Kioto, por el contrario, son famosos por valorar la estética de nagori. 

Hay que reconocer que los japoneses poseen una sensibilidad ultradesarrollada para todo lo que tenga que ver con los finales y para la nostalgia. 

No soy la única que opina que la estación que más los conmueve es el otoño, la estación del nagori por excelencia, que rezuma todos sus matices, y no solamente en lo relativo a los alimentos. 

No es casual que el arte del té considere el otoño como el final del año y desarrolle en torno a éste toda una estética de la nostalgia.

Asienta una forma de belleza serena.

Incluso en primavera, si nos gustan los cerezos no es sólo porque su suntuosa floración nos transmite la misma sensación que un sueño en vigilia: apreciamos también sus flores porque son efímeras, porque caen nada más abrirse.

A juzgar por los recuentos de la poesía clásica, hay prácticamente un número idéntico de poemas dedicados a la primavera y al otoño (en torno a sesenta mil), mientras que los que celebran el invierno y el verano rondan una cuarta parte de esa cifra (unos diecisiete mil para el verano; trece mil seiscientos para el invierno). 

Sin embargo, hay la misma cantidad de poemas de nagori para la primavera que para el otoño, a pesar de nuestra tendencia a asociar la primavera con la alegría de los inicios, con la nueva estación, como se suele decir.

El otoño, por su parte, se asocia de manera natural con la nostalgia porque todo en él remite al nagori: los paisajes, la berrea, el frescor del aire, la separación…

Nos sentimos llamados a la introspección. 

No obstante, precisamente porque la primavera es la estación en la que todo comienza, en la que todo cobra vida, si por contraste se da una separación, ésta se hace notar de un modo aún más intenso.

«¿Qué nagori nos afecta más,
la separación de las flores
o la separación de la primavera?»

-Fushimi’in


«Por el camino de regreso
sumido en una niebla de primavera
mis pensamientos viajan raudos al nagori, a la separación»

-Suketada Kadenoköji


«En la niebla primaveral
se me aparecía el nagori del humo del cuerpo
incinerado
pero en este último día de primavera
hasta ese cielo debo abandonarlo»

-Yoshitsune Fujiwara


La costumbre del omiokuri sorprende a menudo a los occidentales de visita en Japón. 

Consiste en acompañar a la persona que se marcha, una práctica presente en muchas otras culturas y que persistió durante mucho tiempo en estaciones y puertos. 

En Japón, sin embargo, no sólo atañe a las grandes despedidas. 

En este momento en que me encuentro en Japón, mi madre se planta en el umbral de la puerta todas las mañanas cuando salgo de la casa y me dice adiós con la mano hasta que doblo la esquina de la calle. 

En los restaurantes tradicionales kiotenses, el cocinero y la patrona salen cada vez que un cliente abandona el establecimiento y siguen despidiéndolo hasta que desaparece de su campo de visión. 

Omiokuri significa «acompañar (okuru) con la mirada (mi)».

Cada vez que iba a casa de mi abuelo, en el momento de decirnos adiós me hacía omiokuri hasta que yo terminaba de subir la cuesta y dejábamos de vernos. 

La mirada prolonga el vínculo entre dos personas, incluso después de la despedida.

¿Será porque los japoneses no tenemos otro gesto para marcar la separación, como el beso?

Sea como sea, la separación deja un rastro, igual que la estela de un cometa; no es como pasar la página con un gesto brusco.

Mi omiokuri más largo fue con una persona que vivía junto al cementerio de Montparnasse. 

Nos habíamos despedido después de dar un paseo por el barrio de Raspail.

La otra persona enfiló un camino entre las parcelas del cementerio, y su silueta se fue empequeñeciendo hasta desaparecer lentamente. 

Me hizo pensar en el sol poniente, o tal vez fue precisamente el sol poniente que contemplé un día en Roma, desde la terraza de Villa Medici, lo que me recordó todas esas experiencias de omiokuri que había conocido hasta entonces. 

El sol se pone hasta tornarse casi indistinguible, irremediablemente, igual que la estación.

Cuando desaparece del todo tras la línea del horizonte, su luz, aunque cada vez más débil, como una imagen persistente en la retina, permanece y nos alumbra aún por espacio de unos minutos.

No sólo las personas pueden acompañarnos: en ocasiones, un lugar también lo hace. 

Cuando cogemos el tren, el barco o el coche, y vemos alejarse el paisaje del lugar que dejamos atrás, ¿no sentimos a veces que esas montañas, ese puerto, nos acompañan todavía un rato?

Ninguna despedida, ninguna separación, tiene lugar en un único instante.

Aunque el momento de la partida dure apenas un segundo, permanecen aún las olas, la luz que ha dejado el tiempo compartido.

Al recordar su viaje a Japón en una entrevista concedida a France Culture en 1984, el pintor Pierre Soulages describía el espacio de un templo y el sonido que producía su presencia en él:

«Lo que me interesa de los sonidos es, por supuesto, el timbre, todo lo que es sonido, pero también el espacio imaginario que éste crea, la forma en que se desarrolla. Lo bonito de aquella campana de bronce perdida en el campo húmedo y en la noche era la manera que tenía de marcharse en el espacio, la manera que tenía el sonido de dejarnos.
Asistimos a los oficios. Varias campanas imprimían ritmo a las oraciones. Una de ellas parecía un cascabel inmenso; otra era como un florero, estaba colocada como un florero, con la abertura hacia arriba, y había otra más pequeña. La más grande de todas emitía un repiqueteo mucho más grave, y todas se tañían con un bastón envuelto en un trapo. Todos aquellos sonidos acompasaban la oración. Uno de ellos en concreto se aceleró en un momento dado. Además, durante el rezo, poco antes de que terminara, oí mi nombre en unas palabras que yo no comprendía. Era el monje, que me dirigía sus buenos augurios, creo. Entonces la plegaria terminó, las palabras se volvieron cada vez más lentas hasta apagarse del todo. Asocié todo esto al tañido de la campana en la noche que nos dejaba, que se marchaba y creaba una inmensidad. Al igual que aquel final de la oración, insinuaba una eternidad; también una relación del tiempo y el espacio.»

Lo que Soulages sintió a través de esos sonidos es precisamente lo que experimentamos cuando nos llevamos a la boca un trozo del último fruto de temporada. 

El sabor de nagori anuncia ya la partida inminente del fruto, hasta su regreso al año siguiente. 

Lo degustamos celosamente, como si quisiéramos prolongar el sabor en el paladar el mayor tiempo posible.

Luego, poco a poco, el sabor se disipa, como el repicar de la campana. 

Lo acompañamos en su partida, sentimos que el fruto, con su sabor, se ha dispersado dentro de nuestro cuerpo. 

Nos quedamos inmóviles un instante, como para comprobar que, al separarnos, también nos hemos unido.

Siempre he escrito sobre la muerte, para los muertos.

Por una vez, me apetecía escribir un libro sobre la vida. 

O sobre la muerte que es la continuidad de la vida. 

Sobre las muertes que cohabitan con la vida. 

En efecto, eso son las estaciones: muertes o desapariciones sucesivas que dan lugar a otras vidas, pero que un buen día regresan.

Oleremos y comeremos aquellos azahares, aquellos tomates y aquella salvia. 

Formarán parte de nosotros. 

O haremos conservas con ellos para preservar su esencia. 

Nos provocará nostalgia su partida con la estación, pero cada año nos reencontramos con ellos. 

Hasta que nos toque a nosotros abrir definitivamente la última puerta de la vida.

Tal vez por eso las estaciones son lo más hermoso que existe en este mundo.»2″


-Ryoko Sekiguchi («Nagori, la nostalgia por la estación que termina»)

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