
«En aquel primer fin de semana establecí el rito de la cena.
Cuando
me sentara a la mesa, tenía que haber flores; debía haber una
botella de vino y que la mesa estuviera puesta con esmero, como
por el mejor sirviente.
Un libro abierto para poder leer, el equivalente a la conversación civilizada para un solitario.
Todo estaba preparado
como para recibir a un invitado y el invitado de la casa iba a ser yo».
-May Sarton
