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pasión súbita en el cielo porteño-

 

“…Mientras la salvadoreña daba rienda suelta a su pasión con el falso militar, a un océano de distancia Saint Exúpery (23 años) caía en las encantadoras redes de la atractiva Louise “Lulú” de Vilmorín, de 21. Era muy alta, delgada, rubia (él las prefería rubias), distinguida en los modales y elegante en su forma de hablar. De pómulos salientes y ojos entre azules y grises, descendia de consagrados paisajistas que habían decorado los jardines de las Tullerías y Versalles para la reina María Antonieta. Caprichosa como él, Lulú era el tipo femenino que parece llevarse a todos por delante. Como medía 1,76 metros, intimidaba a los hombres. Y a la mujeres también. en cierta oportunidad su amiga Coco Chanel le pidió que modelara sus vestidos de novia, pero desistieron cuando Cocó advirtió que aterraría a las novias “porque eran más bajitas”. En esa categoría por supuesto entraba la menudo Consuelo Suncín, quién no vistió ningún diseño especial, sino un sobrio vestido, cuando contrajo matrimonio con Ricardo Cárdenas el 16 de mayo de 1922, en San Francisco.
Similar destino parecía tener la pareja de los grandotes Antoine y Lulú: se comprometieron a comienzos de 1923. Sin embargo, ni éstos ni aquellos lograron que sus relaciones alcanzaran la madurez necesaria. Consuelo entendió muy pronto que se había apresurado. Deseaba divorciarse de Cárdenas cuanto antes, aunque era consciente de que su padre jamás le perdonaría tal decisión. Hasta que una botella de pisco le resolvió el problema.
Don Félix Suncín era tan estricto en cuanto al seguimiento de las normas sociales como permeable al qué dirán. La Pulga se encontró en una disyuntiva. ¿Sostendría su matrimonio u ofendaría a su padre?
La solución llegó de manera través de manera trágica e inesperada. En una tarde de sol plomizo, en junio de 1923, el pobre Don Félix sufrió una embolia luego de tomarse algún pisco de más. El acta de defunción fué tajante. Motivo de la muerte: “Sucumbió de una insolación etílica”.
La insolación etílica del padre liberó a Consuelo del sentimiento de culpa. Cárdenas y la Pulga viajaron a la ciudad de Mérida, en la península de Yucatán, donde iniciaron el trámite de divorcio. Mientras se resolvía, cada cual siguió su camino. Él a California y ella a la ciudad de México. La separación oficial se dictaminó el 25 de Agosto de 1925 a las 14:45 y costó trescientos pesos.
Saint Exúpery tampoco tuvo suerte. Poco tiempo después de haber formalizado su compromiso con Louise de Vilmorín -y convertido en aviador- sufrió un serio accidente y se fracturó el cráneo. Su familia política quedó lo suficientemente impresionada como para dar marcha atrás con los planes matrimoniales. Convencieron a Lulú de que Antoine era un mal partido. Por lo tanto, cuando cayó a pique el avión que hirió a Saint Exúpery, también se desmoronó su matrimonio. Louise rompió el compromiso, él quedó destrozado. entró en una peligrosa depresión. Años más tarde, ella recordaría su relación con Antoine como un “noviazgo de broma”.
Con el tiempo, Louise de Vilmorín se convirtió en una activa escritora, genial poetisa, pintora de poco vuelo y entretenida constructora de palíndromos. Esta célebre mujer que en su juventud destruyó las esperanzas del aviador francés, fué amante de Orson Wells y luego de dos fracasos matrimoniales se unió al escritor André Malraux, de quién tuvo que soportar constantes infidelidades. Como dato accesorio, agregamos que a poco tiempo de enviudar, en 1969, Malraux casó con una joven sobrina de Louise.
Abandonemos Francia y vayamos a México, donde Consuelo trabajaba como periodista, pero deseaba estudiar derecho. Su actividad la acercó a dos centros culturales y conoció a grandes referentes como el muralista Diego Rivera y la escritora Gabriela Mistral. Tomó clases de dicción con la actrz Berta Singerman (las dos tenían casi la misma edad). Las lecciones que le dió Berta fueron importantes por dos motivos. El primero, porque la voz de Consuelo era un diamante en bruto. Uno de sus admiradores sostenía que su voz embrujaba y que entre sus labios los vocablos se cargaban de sensualidad y de armonía, ya que la salvadoreña seducía con la palabra. El otro motivo se relacionaba con un hombre que Singerman conocía muy bien: el secretario de Educación Pública de México, José de Vasconcelos. Consuelo sentía una gran atracción por ese hombre y siempre le pedía a Berta que le hablara de él. Deseaba conocerlo, entrevistarlo y conquistarlo.
Vasconcelos, quién en México es valorado por su aporte a la educación de la misma manera que Sarmiento en la Argentina, se había casado con Serafina Miranda en 1909, es decir, dieciséis años atrás. Poco parecía importarle a la joven periodista salvadoreña, quién sostenía que “es mejor tener una quinta parte de un gran hombre que un mediocre entero”. Suncín concurrió a su despacho para hacerle una entrevista. Pero el ministro estaba muy ocupado. Dijo que lo esperaría. Le explicaron que era inútil. Firme en su convicción, respondió que de todos modos lo aguardaría.
Esta escena se repitió durante tres jornadas en las que la periodista aguardó ser atendida en la antecámara del despacho. al cuarto día, el ministro accedió. Al concluír el reportaje, embelesado, el hombre se despidió diciéndole: “A vuestras órdenes, mademoiselle salvadoreña. Ahora soy yo el que necesita un encuentro en privado. Permítame invitarla a almorzar”. Consuelo lo rechazó: “Cuando usted no sea más ministro, yo estaré encantada de aceptar”.
Dejó de ser ministro el 2 de julio de 1924 e iniciaron un romance clandestino.
Fueron varios meses de pasión.
Además, Vasconcelos le consiguió una beca para que estudiara Derecho. A mediados de 1925, el educador le anunció a su amante que viajaría a Europa. Partió con su mujer e hijos, mientras que Consuelo prosiguió los estudios del año en curso.
Aprovechamos el cruce del Atlántico para ver en qué anda Saint Exúpery. Devastado por la ruptura sentimental que lo alejó de Lulú, tardó un tiempo en volver a tomar vuelo. La medicina para sus males apareció en Brest (en el extremo oeste de Francia), donde frecuentaba una cervecería. Se llamaba Madelaine, era muy elegante y en ella convergían los ojos de hombres y mujeres porque era un exponente real de la moda. Su corto pelo castaño claro apenas le llegaba a las orejas. Siempre llevaba una piel de zorro en el cuello. Saint Exúpery vió en Madelaine a una posible candidata al matrimonio…”

 

-Daniel Balmaceda (Extraído de “Romances turbulentos de la historia argentina”)

 

No entiendo el idioma, pero la música es bellisima y el time lapse, sublime…

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