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pasión súbita en el cielo porteño- (2)

 

“El desenlace sería pocas semanas después, mientras Enrique se encontraba en París y Consuelo en Niza. El 29 de noviembre tuvo un ataque hemorrágico cerebral. Su flamante esposa viajó de inmediato, pero cuando llegó, ya estaba inconsciente.
Carrillo murió, ella no permitió que el doctor le cerrara los ojos. Y se acostó a su lado y se durmió. Al día, siguiente, a las 10 de la mañana, el embajador argentino se presentó para comunicar que el gobierno de su país se haría cargo del funeral. La noticia de la muerte fué destacada en los medios parisinos. Su relación con la joven salvadoreña era tan desconocida, que en las notas necrológicas figuraba como su viuda la innombrable Raquel Meller.
La viudez le trajo algunos problemas a Consuelo. El primero de todos, la falta de compañero. Resolvió que era tiempo de retomar la relación con Lisandro Villalobos, su novio salvadoreño a quién abandonara en 1921. Habían pasado siete años, pero tal vez estaba disponible. El ex le respondió el 12 de octubre de 1928:
-“Me encontraba solo. Tenía la necesidad de un amor que me tuviera consideración y que me comprendiera. Más que nada, alguien que escuchara mis cosas, mis éxitos y mis ambiciones. Vos estabas muy lejos. Podría ser que no volverías jamás. Poco a poco fuí refugiándome en el espíritu comprensivo y generoso de Teresita Revelo. Ella es linda, vivaz, no le faltan talentos, como a vos. Me caso el mes próximo. Estas son mis novedades y desde ya, jamás te olvidaré…”
A la vez que buscaba templar su corazón junto a otro, emergían los problemas económicos. No sólo los de ella, porque la crisis de 1929 dañó todos los bolsillos. La herencia de Gómez Carrillo no era una fuente de ingresos eterna y menos con el nivel de gastos de Chelito en Europa. Por el contrario, por aquellos días Saint Exúpery obtenía un empleo muy bien remunerado.
La Compañía General Aeropostal de Francia contrató al francés para que se ocupara de montar una oficina de correo aéreo en Sudamérica. Era vital para el desarrollo de las comunicaciones. Una carta enviada por vía aérea a -por ejemplo. la Patagonia, podía llegar varias semanas antes que por tierra. Antoine sería el encargado de transportar sacos con correspondencia hacia el norte, al sur y al oeste de la Argentina.
El aviador arribó a Buenos Aires el 12 de octubre de 1929, el día que se cumplía el primer año del segundo gobierno de Yrigoyen.
No le convenció la ciudad. Sostenía que era como una cárcel.
En un principio, los porteños tampoco le resultaron agradables; mientras que en sus continuos viajes a la Mesopotamia y a la Patagonia, se maravillaba con la riqueza natural y la cordialidad de los pobladores.
De todas maneras, Buenos Aires terminó conquistándolo, al menos en ciertos aspectos: cosechó amistades y se fascinó con el tango. Los amigotes porteños lo llamaban “Saint Ex” y con ellos pasaba las noches en dos cabarets: el Tabarís (en Corrientes y Esmeralda) y el Armenonville (actuales Figueroa Alcorta y Salguero). También era común que fuera al Parque Japonés (actuales Libertador y Callao), un centro de juegos mecánicos muy concurrido.
Alquiló un departamento con muebles en el sexto piso del rascacielos Galería Guemes -con entradas en la calle Florida y San Martín al 100, a metros de la Plaza de Mayo-, el primer edificio de hormigón armado del país. En aquel departamento escribió “Vuelo Nocturno”, donde narró en forma de novela las peripecias de los aviadores. Incluyó capítulos en los cuales refería sus experiencias en Argentina. En cierta oportunidad regresó de un viaje al sur con un cachorro de foca, al que dejó varios días en la bañadera, con agua y abundante hielo. En las oportunidades en que debía viajar, quedaba al cuidado de la señora del encargado del edificio, quién lo proveía de hielo y comida.
Otra de sus excentricidades en suelo porteño fué comprarle a una florista el carro más el contenido completo de flores para regalárselo a la mujer de un amigo, una noche en que el matrimonio lo invitó a comer a su casa.
Se escribía con Madelaine, aquella novia que había conocido en Brest. La relación epistolar presagiaba un posible futuro encuentro. En ese mismo sentido, el 21 de febrero de 1930 le envió una carta a su madre en la que le afirmaba que le gustaría casarse. Muy similar a otra que había escrito a una hermana, donde decía que deseaba encontrar “una pequeña chica inteligente, graciosa y fiel”.
Fiel a su costumbre de tener compañía, la viuda Consuelo reencontró a Lucien, un joven del que poco se sabe -salvo que era amigo de Gómez Carrillo-, más allá de que conquistó el solitario corazón de la señora en 1930. Se especula con que fuera de nacionalidad italiana y, más que Lucien, sería Luciano. La atención exclusiva a su nuevo compañero provocó la desatención de los asuntos cotidianos, entre ellos, la correspondencia. Entre muchas otras cartas, se habían apilado varias de la embajada argentina. Eran invitaciones a Buenos Aires. El presidente Yrigoyen estaba interesado en que la viuda de su admirado cónsul diera conferencias en el país para evocar la figura de Gómez Carrillo.
Consuelo sabía que el corto espacio de tiempo que habían compartido no alcanzaba para cubrir las expectativas de Yrigoyen. Sin embargo, no quiso desaprovechar el pasaje en la Primera Clase de una trasatlántico más la estadía paga en Buenos Aires. Era su oportunidad de apropiarse de la herencia que aguardaba en la Argentina. ¿Y qué haría con Lucien?. Ya lo tenía previsto: cuando regresara a París, se casarían.
Partió a bordo del vapor Massilia el 15 de agosto de 1930. Dió un nombre falso, probablemente porque podría llegar a estar imposibilitada de salir del país por la causa penal debido al accidente de los ciclistas. Cargó más baúles que nadie. A bordo, conoció a sus compañeros de travesía (a quienes no hacía falta ocultarles la identidad). Ellos eran el crítico literario Benjamín Crémieux -daría conferencias en Buenos Aires- y el pianista español Ricardo Vignes, quien venía a ofrecer conciertos. En algún momento, durante el viaje, Crémieux le comunicó que al llegar le presentaría a los dos grandes aviadores franceses que se hallaban en la capital argentina: Jean Mermoz y Antoine de Saint Exúpery.

 

-Daniel Balmaceda (Extraído de “Romances turbulentos de la historia argentina”)

 

 

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