el perdón

“El perdón implica tener fé en un amor que es mayor que el odio y estar dispuestos a ver la luz del alma de alguien cuando esa persona está llena de oscuridad.
El perdón no significa que alguien no haya actuado de manera horrible, simplemente decidimos no fijarnos en sus fallos, ya que de lo contrario los hacemos reales y entonces cobran vida para nosotros.
La única forma de impedir que la conducta de los demás nos afecte es identificarnos con aquella parte suya que trasciende el cuerpo. Ir más allá de su conducta para percibir la inocencia de su alma.
De ese modo no sólo liberamos a aquella persona del peso de nuestra condena, sino que también nos liberamos a nosotros mismos.
Éste es el milagro del perdón.
El perdón no consiste sólo en ser bueno, sino en ser también espiritualmente inteligente. Podemos tener un motivo de queja o hacer un milagro, pero no podemos tener ambas cosas a la vez.
Podemos hacer una montaña del agravio de alguien o decidir ser felices.
Cualquier justificación que se nos ocurra para atacar a otra persona no es más que una estratagema del ego para hacernos sufrir.
Algunas personas le guardan rencor a alguien durante veinte años.
Sin embargo, en un determinado momento ya no es fácil echar la culpa de todos tus problemas a algo que alguien te hizo hace un montón de años.
Sea lo que sea que te hayan hecho, el verdadero culpable es el que ha dejado que pasaran veinte años sin superar el agravio.
Quizá te hayan ocurrido unas cosas horribles en el pasado, pero sigues siendo responsable de cómo eliges interpretarlas.
Y cómo interpretas el pasado determina si te elevarás o hundirá emocionalmente.
Si, quizá haya personas que te hicieron mucho daño adrede. Puedo entenderlo. Pero te será útil ver de qué forma les facilitaste que te lo hicieran.
Si, quizá haya aspectos de tu vida que sean vacíos, tristes, caóticos y decepcionantes.
Pero tú eres el responsable de cada rincón oscuro que hay en ella y el que debe transformarlos.
No estoy diciendo que perdonar a los demás sea fácil, pero es algo imprescindible.
Piensa en todo aquello por lo que has pasado e intenta volver a interpretarlo con dulzura.
Todo el amor que has dado a los demás ha sido real. Al igual que el que has recibido.
Y todo lo demás no ha sido más que una ilusión, por más amarga o cruel que haya sido tu experiencia.
Mi amiga Naomí es una mujer de ochenta y seis años que sobrevivió al Holocausto. Cuando cumplió diecinueve años, estalló la Segunda Guerra Mundial, mientras las tropas alemanas cruzaban la frontera de Polonia el 1° de septiembre de 1939. En aquella época, al vivir en Varsovia, pasó de llevar la agradable vida de una joven que se estaba preparando para ir a estudiar a una universidad de Inglaterra a esconderse de los nazis con su madre, su marido, su hermano y su cuñada. Su padre ya había sido arrestado por los rusos y enviado a Siberia. En 1943, tras haber sobrevivido al bombardeo de Varsovia, Noemí y los otros miembros de su familia fueron obligados a hacer un horrible viaje hacinados en un vagón para ganado, al que muchos de los que iban en él no sobrevivieron, para llevarlos al campo de concentración en Auschwitz.
Naomí estuvo en Auschwitz de los veintidós a los veinticuatro años. Cuando a aquella edad mis problemas eran las relaciones románticas, los estudios universitarios y otras cosas parecidas, los suyos eran Adolf Hitler.
El marido de Naomí, su madre y su cuñada murieron en Auschwitz. Su madre murió en un crematorio y su cuñada, después de decirle una mañana que aquél día no iba a ir a trabajar (“No puedo soportarlo -le dijo-, no puedo vivir así”), desapareció y nunca volvieron a saber de ella. Mi amiga y millones de otras personas vivieron en campos de concentración nazis en las condiciones más horrendas que unos seres humanos han impuesto jamás a otros.
Naomí logró sobrevivir a la guerra. Después de emigrar a Estados Unidos en 1946, se casó y enviudó por segunda vez, pero en esta ocasión tenía tres hijos pequeños por criar. Naomí era una mujer que tenía todas las razones del mundo para rendirse. Pero, como luchadora nata que es, no lo hizo ni lo ha hecho nunca. Su carácter era más fuerte que las circunstancias. Crió a sus hijos maravillosamente, montó una compañía de importación y exportación que acabó teniendo gran éxito (a propósito, en aquella época había muy pocas mujeres empresarias) y ha sido a lo largo de los años una inspiración para las innumerables personas que la han conocido, incluyéndome a mí.
En 2002 volvió a Alemania con su hijo. Mientras el avión se acercaba a Berlín y ella contemplaba el paisaje por la ventanilla, su hijo le preguntó qué sentía. Incluso ella se asombró de su propia respuesta: “Es muy extraño, pero me siento bien, porque ahora estoy aquí por mi propia voluntad. Nadie me obliga a hacerlo. Lo hago porque quiero.”
Al visitar Wannsee -donde en 1942 Hitler y los más altos cargos militares se reunieron para planificar la “solución final”, o la exterminación de los judíos-, Naomí se derrumbó. Sin embargo, siguió intentando reconciliarse con su pasado. En 2003 hizo un emotivo viaje a Auschwitz. Después de haber estado llorando durante todo el viaje, en cuanto llegó al lugar tuvo una extraña experiencia. Al cruzar la entrada en la que figuraba el famoso lema: “Arbeit macht frei” (“El trabajo os hará libres”), sintió que se volvía fuerte, muy fuerte por dentro. No sufrió como creyó que iba a sucederle. En lugar de ello, dice que sintió el espíritu de la victoria surgiendo en su interior mientras pensaba: “¡Oh, no puedo creérmelo, he vuelto a este lugar y he sobrevivido! ¡Me trajeron aquí para que muriera y no consiguieron acabar conmigo! El que quería destruirme acabó siendo destruído, y yo he sobrevivido. ¡Soy una superviviente!”.
En aquel momento supo lo que significaba ser un superviviente, no sólo física, sino también emocional y espiritualmente.
Y además era libre.
“Sentí que podía seguir adelante con mi vida aceptando lo que me había ocurrido -dijo-, pero sabía que no podía vivir en el pasado. Aunque sufrí el Holocausto, nunca me obsesioné con él.
Viví una experiencia muy terrible, pero me gusta pensar que saqué algo bueno de ella. Ahora tengo mucha más empatía. Me gusta creer que soy una mejor persona por ello.
Siempre tenemos esperanzas. Aunque vivamos en un mundo inhóspito, hay algo que nos impulsa a pensar que las cosas mejorarán un día. Sabía que tenía que mirar al futuro. Que debía preguntarme siempre qué podía hacer en ese preciso momento para ser más productiva. Quería vivir para el futuro, por mí y por mis hijos. Y lo logré.”
Siempre que siento lástima por mí misma, recuerdo a Naomí. Recuerdo a los que sobrevivieron el Holocausto. Recuerdo a aquellas personas que incluso en la actualidad – en Somalía, Darfur y en otras partes del mundo- están sufriendo atrocidades como las que Naomí soportó. Y entonces me siento agradecida porque, en comparación, mi vida es mucho más fácil que la suya, y entro en un elevado estado en el que comprendo que mi vida – aunque no sea un camino de rosas- es lo bastante dichosa como para agradecerle a Dios cada minuto de cada día vivido. Y así lo hago.
Si mi amiga Naomí fué capaz de rehacer su vida después de aquella terrible experiencia, ¿quién de nosotros no tiene la fuerza interior necesaria para rehacer la suya?.
Tenemos la responsabilidad moral, no sólo hacia nosotros mismos sino hacia una creciente oleada  de esperanza colectiva, de hacer todo cuanto esté en nuestras manos para alzarnos de cualquier clase de ceniza que pueda cubrir nuestro pasado. Ayer fué ayer, pero ya ha pasado. Hoy es hoy y mañana nos espera.
Lo que te ocurrió ayer quizá no fué maravilloso o quizá no pudiste controlarlo, pero la persona en la que te conviertas a causa de ello, a pesar de ello, depende totalmente de ti. Yo he conocido a gente que tras un trauma de características mucho menos graves que el vivido por Naomí se ha aferrado a su sufrimiento y a su papel de vícitma durante décadas. Lo que la historia de Naomí demuestra, como muchas otras, es que no somos nuestro pasado. Lo que la vida nos presenta no determina cómo será nuestra vida ahora, sino lo que cuenta es hasta qué punto estamos decididos a vivirla con alegría.
Si mi amiga Naomí pudo rehacer su vida después de su terrible experiencia de Auschwitz, ¿quién de entre nosotros, sea por la razón que sea, pueda afirmar ser incapaz de rehacer la suya?…”

“Querido Dios,
te ruego que me liberes
del sufrimiento de mi pasado.
Arráncame las flechas
que me han partido el corazón
y cura mis heridas abiertas.
Amén.”

-Marianne Williamson

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