.vuelo Nocturno XIV

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIV

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIV (1)

La mujer de Fabien telefoneó.
La noche de cada regreso, calculaba la marcha del correo de Patagonia:
«Despega en Trelew…» Luego se dormía de nuevo. Algo más tarde: «Debe
de acercarse a San Antonio. Debe de ver sus luces…» Entonces se levantaba,
apartaba las cortinas, y consideraba el cielo: «Todas esas nubes le
molestan…» A veces, la luna se paseaba como un pastor. Entonces, la joven
mujer se sentaba de nuevo, tranquilizada por aquella luna y aquellas
estrellas, aquellos millares de presencias alrededor de su marido. Hacia la
una, lo sentía próximo. «No debe de andar ya muy lejos. Debe ver Buenos
Aires…» Entonces se levantaba y le preparaba su cena y café muy caliente:
«Hace tanto frío, allá arriba…» Lo recibía siempre, como si descendiese de
una cumbre nevada: «¿Tienes frío?» «No.» «Es igual; caliéntate…» Hacia la
una y cuarto, todo estaba dispuesto. Entonces telefoneaba.
Ésta, como las otras noches, se informó:
—¿Ha aterrizado Fabien?
El secretario que la escuchaba, se turbó un poco:
—¿Quién habla?
—Simone Fabien.
— ¡Un momento…!
El secretario, no atreviéndose a decir nada, pasó el auricular al jefe de la
oficina.
—¿Quién está ahí?
—¡Ah…!, ¿qué desea usted, señora?
—¿Ha aterrizado mi marido?
Se produjo un silencio que debió de parecer inexplicable: luego
respondieron simplemente:
—No.
—¿Lleva retraso?
Nuevo silencio.
—Sí…, retraso.
— ¡Ah…!
Era un «¡Ah!» de carne herida. Un retraso no es nada…, no es nada…, pero
cuando se prolonga…
— ¡Ah…! ¿Y a qué hora estará aquí?
—¿A qué hora estará aquí? No…, no lo sabemos.
Ella daba ahora contra un muro. Sólo obtenía el eco de sus propias
preguntas.
—Se lo ruego, ¡dígame! ¿Dónde se halla él…?
—¿Dónde se halla? Espere…
Esa inercia le dañaba. Algo ocurría, tras aquel muro.
Se decidieron:
—Ha despegado de Comodoro a las diecinueve treinta.
—¿Y luego?
—¿Luego…? Muy retrasado… Muy retrasado a causa del mal tiempo…
— ¡Ah! El mal tiempo…
¡Qué injusticia, qué bribonada la de esa luna que se mostraba ostentosa y
desocupada sobre Buenos Aires! La joven mujer se acordó de repente que
apenas eran necesarias dos horas para ir de Comodoro a Trelew.
—¡Y vuela desde hace seis horas hacia Trelew! ¡Pero les envía mensajes,
a ustedes! Pero ¿qué dice…?
—¿Qué nos dice? Naturalmente, con semejante tiempo… Usted
comprenderá…, esos mensajes no se entienden.
—¡Con semejante tiempo!
—Así, pues, señora, le telefonearemos en cuanto sepamos algo.
—¡Ah! Ustedes no saben nada…
—Buenas noches, señora…
—¡No, no! ¡Quiero hablar con el director!
—El señor director está muy ocupado, señora; se encuentra celebrando
una conferencia…
—¡Ah! ¡Me da lo mismo, me da lo mismo! ¡Quiero hablarle!
El jefe de oficina se enjugó el rostro:
—Un momento…
Empujó la puerta de Rivière:
—La señora Fabien, que quiere hablarle.
«Eso —pensó Rivière—, eso es lo que temía.» Los elementos efectivos
del drama empezaban a aparecer. Pensó primero eludirlos: las madres y las
esposas no entran en las salas de operaciones.
Se manda callar también la emoción en los navios en peligro. No ayuda a
salvar a los hombres. No obstante, aceptó:
—Conecte con mi mesa.
Escuchó aquella pequeña voz lejana, temblorosa, y en seguida supo que
no podría responderle. Sería estéril, infinitamente estéril para los dos, el
enfrentarse.
—Señora, se lo ruego, ¡cálmese! Es harto frecuente en nuestro oficio
esperar noticias largo tiempo.
Había llegado a esa frontera donde se plantea, no el problema de un
pequeño peligro personal, sino el de la acción. Frente a Rivière se erguía, no
la mujer Fabien, sino otro sentido de la vida. Rivière sólo podía escuchar,
compadecer aquella voz, aquel canto tan enormemente triste, pero enemigo.
Pues ni la acción, ni la felicidad individual admiten particiones: están en
conflicto. Esta mujer hablaba también en nombre de un mundo absoluto, y
de sus deberes y de sus derechos. El mundo del resplandor de la lámpara
doméstica sobre una mesa, de una patria de esperanzas, de ternuras, de
recuerdos. Exigía su bien y tenía razón. Pero él, Rivière, también tenía
razón, aunque no podía oponer nada a la verdad de esta mujer. Él descubría,
a la luz de una humilde lámpara doméstica, que su propia verdad era inexpresable
e inhumana.
—Señora…
Pero ya no le escuchaba. Había caído, casi a sus pies, le parecía a él,
después de haber lastimado sus débiles puños contra el muro.
Un ingeniero había dicho un día a Rivière, cuando se inclinaba sobre un
herido, junto a un puente en construcción: «Ese puente, ¿vale el precio de un
rostro aplastado?» Ningún labrador, para quienes aquella carretera se abría,
hubiera aceptado, para ahorrarse un rodeo, mutilar ese rostro espantoso. Y,
sin embargo, se construían puentes. El ingeniero había añadido: «El interés
general está formado por los intereses particulares: no justifica nada más.»
«Y, no obstante —le había respondido más tarde Rivière—, si la vida
humana no tiene precio, nosotros obramos siempre como si alguna cosa
sobrepasase, en valor, la vida humana… Pero ¿qué?»
Y a Rivière, pensando en la tripulación, se le encogió el corazón. La
acción, incluso la de construir un puente, destruye felicidades; Rivière no
podía dejar de preguntarse: «¿En nombre de qué?»
«Esos hombres —pensaba— que van tal vez a desaparecer, habrían
podido vivir dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de
esas lámparas nocturnas. «¿En nombre de qué los ha sacado de ahí? ¿En
nombre de qué los ha arrancado de la felicidad individual? La primera ley,
¿no es precisamente la de defender esas dichas? Pero él las destroza. Y no
obstante, un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como
espejismos. La vejez y la muerte, más implacables que él mismo, los
destruyen. ¿Tal vez existe alguna otra cosa, más duradera, para salvar? ¿Tal
vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la
acción no se justifica.»
«Amar, amar únicamente, ¡qué callejón sin salida!» Rivière tuvo la oscura
conciencia de un deber más grande que el de amar. O se trataba también de
una ternura, ¡pero tan diferente de las otras! Evocó una frase: «Se trata de
hacerlos eternos…» ¿Dónde lo había leído? «Lo que vos perseguís en vos
mismo muere.» Imaginó un templo al dios Sol de los antiguos incas del
Perú. Aquellas piedras erguidas sobre la montaña. ¿Qué quedaría, sin ellas,
de una civilización poderosa que gravitaba con el peso de sus piedras, sobre
el hombre actual, como un remordimiento? «¿En nombre de qué rigor o de
qué extraño amor, el conductor de pueblos de antaño, constriñendo a sus
muchedumbres a construir ese templo sobre la montaña, les impuso la
obligación de erguir su eternidad?» Rivière se imaginó aún a los habitantes
de las pequeñas ciudades que, en el crepúsculo, dan vueltas alrededor de sus
quioscos de música: «Esa especie de felicidad, ese arnés…», pensó. El
conductor de pueblos de antaño, tal vez no tuvo piedad por el dolor del
hombre; pero tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte
individual, sino piedad por la especie que el mar de arena borraría. Y él
conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que el
desierto no había de sepultar.

-Antoine de Saint-Exupéry

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