.tacto

.tacto

“Son manos demasiado calientes,
que quieren siempre refrescarse
y se posan
como a su pesar sobre objetos fríos,
y dejan pasar el aire entre los dedos.
En estas manos la sangre podría
precipitarse como
cuando se sube a la cabeza
y cerradas en un puño
eran parecidas a cerebros
locos, delirantes de
extravagancias.”
-Rainer María Rilke (Los cuadernos de Malte Laurids Brigge)

.la burbuja sensible
Nuestra piel es una suerte de traje espacial con el cual nos desplazamos en una atmósdera de gases ásperos, rayos cósmicos, radiaciones solares y obstáculos de toda clase.
Hace años, leí que un niño tenía que vivir en una burbuja (diseñada por la NASA) a causa de la debilidad de su sistema inmunológico y de su sesceptibilidad a las enfermedades.
Todos somos ese niño. La burbuja es nuestra piel.
Pero la piel también está viva, respira y excreta, nos protege de las radiaciones peligrosas y del ataque de los microbios, metaboliza vitamina D, nos aísla del calor y del frío, se repara a sí misma cuando es necesario, regula el flujo sanguíneo, actúa como un marco para nuestro sentido del tacto, nos guía en la atracción sexual, define nuestra individualidad y contiene toda la carne y los humores, dentro de nosotros, donde deben estar.
No sólo tenemos huellas digitales que son únicas, también tenemos una disposición de poros que es única.
De acuerdo con la fé católica, en alguna parte se conseva en secreto la piel de Cristo.
Como Él ascendió a los cielos, su piel es la única parte mortal de su persona que ha quedado.
Nos gusta decorarnos la piel siempre que podamos hacerlo, y facilita este deseo el hecho de que la piel es portátil, lavable y de buena textura.
La descripción de la piel que hace el psiquiatra David Hellerstein en Science Digest (septiembre de 1985) ofrece un cuadro simple y correcto de un corte transversal:
‘La piel básicamente es una membrana de dos capas.
La inferior, dermis, gruesa y esponjosa, de uno o dos milímetros de espesor, es primordialmente tejido conectico, rico en colágeno proteínico; su función es proteger y almohadillar el cuerpo y alojar los folículos capilares, terminales nerviosas, glándulas sudoríferas y vasos linfáticos.
La capa superior, la epidermis, tiene un espesor de entre 0,07 y 0,12 mm.
Se compone primordialmente de células primordialmente de células epiteliales escamosas, que comienzan su vida redondas e hinchadas en la frontera con la dermis, y con un período de quince a treinta días son empujadas hacia arriba, hacia la superficie, por células nuevas que nacen debajo.
Al ascender, se van achatando, se hacen fantasmales, llenas de una proteína llamada queratina, y al fin llegan a la superficie, donde son arrastrdas sin gloria al olvido.
Nuestra piel es lo que se interpone entre nosotros y el mundo.
Basta pensarlo un poco para advertir que ninguna otra parte de nosotros está en contacto con algo ajeno a nuestro cuerpo.
La piel nos aprisiona, pero también nos da una forma individual, nos protege de invasores, nos enfría o calienta según lo necesitemos, produce vitamina D, contiene nuestros fluidos corporales.
Lo más asombroso, quizá, es que puede repararse cuando debe hacerlo, y de hecho siempre está renovándose.
Con su peso de entre seis y diez kilos, es el órgano clave de la atracción sexual.
La piel puede asumir una inmensa variedad de formas: garras, espinas, cascos, plumas, escamas, cabello.
Es sumergible, lavable y elástica.
Aunque puede deteriorarse con la edad, envejece notablemente bien.
Para la mayoría de las culturas, es el bastidor ideal donde practicar la pintura, el tatuaje y la decoración con joyas.
Pero, lo más importante, aloja el sentido del tacto.
La punta de los dedos y la lengua son mucho más sensibles que la espalda.
Algunas partes del cuerpo son sensibles a las cosquillas, y en otras sentimos picazones, estremecimientos o “piel de gallina”.
Las partes más pilosas son generalmente las más sensibles a la presión, porque hay muchos receptores sensoriales en la base de cada pelo.
En los animales, desde el ratón hasta el león, los bigotes son sobremanera sensitivos; nuestro vello corporal también lo es, pero en un grado mucho menor.
La piel es más delgada donde hay cabello o vello.
El sentido del tacto no está en la capa externa de la piel, sino en la segunda.
La capa externa está muerta, se deshace con facilidad, y contribuye a formar esas marcas que quedan en la bañera después de bañarnos.
Por eso en las películas solemos ver a los ladrones pasándose una lija por la punta de los dedos antes de probar una combinación de una caja fuerte: así hacen más delgada la capa muerta y dejan los receptores del tacto más cerca de la superficie.
Un carpintero en busca de imperfecciones pasa el pulgar por la madera que acaba de lijar.
Una cocinera puede hacer rodar un trocito de masa entre el pulgar y el índice para comprobar su consistencia.
Sin necesidad de mirarnos al espejo, sabemos enseguida dónde nos hemos cortado al afeitarnos, o dónde empieza a correrse una media.
Es enterarmente posible sentirse mojado aún cuando no estemos mojados (por ejemplo, cuando lavamos los platos con guantes de goma), lo que sugiere la complejidad de las sensaciones que constituyen el tacto.
El motivo por el que resulta más fácil primero mojarse los pies cuando nos enfrentamos a un mar frío es que no hay tantos receptores de frío en los pies como, por ejemplo, en la punta de la nariz.
En la Edad Media se solía quemar en hogueras a supuestas brujas y otra gente que vivía al margen de la ley, la religión o las convenciones sociales. Como anticipo eficaz de los fuegos del infienro, era el horror definitivo.
La muerte llegaba célula por célula, receptor por receptor; se abrasaba cada una de las minúsculas sensaciones de la vida.
Hoy, la gente que sobrevive a graves quemaduras es atendida en las unidades de quemados de los hospitales.
Si las quemaduras son demasiados profundas para que el cuerpo las repare por sí mismo, los accidentados reciben coberturas provisionales (piel de cadáveres, piel de cerdo, una gasa lubricada), hasta que los médicos pueden empezar a injertar piel de otras partes del cuerpo.
Nuestra piel conforma aproximadamente un dieciséis por ciento de nuestro peso total (unos seis kilos), y se extiende unos dos metros cuadrados, pero si las quemaduras han sido demasiado extensas, entonces no queda piel para injertar.
En 1983, un equipo de la Harvard Medical School, dirigido por el doctor Howard Green, descubrió un método revolucionario para reparar la piel quemada.
Dos niños pequeños, Jamie y Glen Selby, estaban desnudos quitándose pintura del cuerpo, cuando el disolvente que utilizaban se encendió accidentalmente.
Los niños, de apenas cinco y seis años, se quemaron de forma horrible, uno el noventa y siete por ciento del cuerpo, el otro un noventa y ocho por ciento.
En el Instituto de Quemados Shriners, en Boston, los médicos cubrieron a los niños con piel de cadáveres y membranas artificiales, tomaron pequeños cuadrados de piel, que fueron injertando gradualmente a lo largo de un período de cinco meses.
Lograron reparar la mitad de las áreas quemadas de ambos niños, quienes, al poco más de un año, pudieron volver a su casa de Casper, Wyoming. Aunque ya no tenían glándulas sudoríparas ni folículos pilosos en esa nueva piel, al menos era flexible y protectora, y pudieron volver a la escuela.
Los médico habían conseguido cultivar grandes cantidades de piel nueva.
He aquí cómo se hizo: en un laboratorio de Harvard los médicos cortaron un pequeño trozo de piel donado por un paciente, lo trataron con enzimas, y luego lo diseminaron sobre un medio de cultivo. al cabo de apenas diez días, comenzaron a tejerse colonias de piel nueva.
En veinticuatro días, se había producido piel suficiente como para cubrir un cuerpo humano entero.
La piel nueva se pega a gasa saturada con vaselina, y luego, con la gasa hacia fuera, se la sutura al cuerpo.
A los diez días se retira la gasa y la piel se adhiere al cuerpo y forma una superficie mucho más tersa y de aspecto más natural que la que resulta habitualmente de un injerto de piel.
Hay otros métodos tan sorprendentes como este revolucionario cultivo de piel.
En el Centro Médico Cornell, de Nueva York, se ha venido experimentando con piel de cadáveres, que se conserva en grandes cantidades en un banco de piel.
En el MIT, los investigadores han desarrollado una técnica de alta velocidad que permite, con un trozo del tamaño de una moneda de la piel de un paciente quemado, fabricar una gran cantidad de piel en menos de dos horas.
De modo que se puede hacer un injerto de inmediato, sin tener que esperar tres semanas.
En dos semanas, el quemado estará cibierto con una piel enteramente nueva.
También en este caso la piel carece de folículos pilosos, glándulas sudoríferas y pigmento, pero, por lo demás, servirá de protección y funcionará como la piel normal.
Estas ténicas no se emplean para quemaduras menores, ni siquiera para pequeñas quemaduras graves; son útiles sólo con pacientes que han perdido grandes áreas de piel y en consecuencia les queda muy poca para hacer injertos.
Ninguna de estas técnicas carece de riesgos (demora, rechazo, posible infección), pero el mero hecho de que la ciencia pueda cultivar un órgano que es el más grande de nuestro cuerpo nos hace pensar en las posibilidades de cultivar otros órganos, o al menos parte de ellos (ojos, oídos, corazón) en una granja cuyos campos serían cubetas de cultivo y cuyos silos serían tubos de ensayo.

.hablando con tacto
La lengua está sembrada de metáforas que aluden al tacto. Las emociones nos “tocan” muy de cerca.
Los problemas pueden ser espinosos, ásperos, resbaladizos, o bien es preciso cogerlos con pinzas o con guantes.
Hay gente que nos resulta áspera y nos altera los nervios.
Noli me tangere es una expresión jurídica latina que significa “no interfieran” pero literalmente quiere decir “no me toquen”, y fué lo que le dijo Cristo a María Magdalena después de la Resurrección.
Pero también es el nombre de una enfermedad, el lupus, presumiblemente por las ulceraciones de piel características de este mal.
Originalmente era una pieza destinada a mostrar la técnica del instrumentista, y el nombre viene del participio pasado femenino de toccare.
Los maestros de música suelen quejarse de que un alumno no tiene “un buen toque”, con lo que se refieren a una indefinible delicadeza en la ejecución.
En esgrima, hablar de touché significa que uno ha sido tocado por la punta del florete de su oponente y pierde un punto; aunque, por supuesto, también podemos decirlo cuando alguien ha expuesto un argumento persuasivo en una discusión.
Una piedra de toque es un modelo.
Originariamente, las piedras de toque eran piedras negras muy duras, como el jaspe o el basalto, utilizadas para probar la calidad del oro o la plata comparando las estrías que dejaban en la piedra con las que dejaba una aleación.
“La piedra de toque de un arte es su precisión”, dijo Ezra Pound una vez.
El uso que hacía D. H. Lawrence de la palabra “tacto” no es epidérmico sino de una profunda penetración hasta el centro del ser de una persona.
El baile en el siglo XX ha sido en tan gran medida un giro solitario simultáneo, que cuando hace un par de años las parejas empezaron a bailar otra vez abrazadas hubo que darle un nombre nuevo: “baile de contacto”.
A lo que parece real lo llamamos “tangible”, como si fuera un fruto cuya piel pudiéramos acariciar.
Cuando morimos, nuestros seres queridos nos meten en pesados ataúdes, convirtiéndonos en niños otra vez, tendidos en los brazos de nuestra madre antes de volver al seno de la tierra después de una ceremonia.
Como dice Frederick Sacha en The Sciences:
“El tacto, el primer sentido que se enciende, suele ser también el último en extinguirse: mucho después de que la vista nos ha abandonado, nuestras manos siguen fieles al mundo”.

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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