.céfiro y Cloris, o las venturosas ráfagas de la primavera

Céfiro y Cloris, o las venturosas ráfagas de la primaveraIlustracion de Maite Ortíz

En la mitología griega, los Anemoi eran los dioses del viento. Según el poeta Hesíodo, los vientos beneficiosos –Céfiro y sus hermanos Euro, Noto y Bóreas– eran hijos de Astreo y Eos, y los destructivos lo eran de Tifón.
Céfiro era el más suave de todos, se lo conocía como el viento fructificador, mensajero de la primavera, por lo que gozaba del especial favor de los griegos. Se creía que vivía en una cueva de Tracia donde esperaba que su hermano mayor, Boreas –el viento del norte que traía el frío aire invernal– le indicara con su partida el momento de comenzar a soplar. A menudo, Homero los nombra juntos en varias de las aventuras que vivieron.

También se narra que Céfiro poseía un espíritu aventurero y romántico, y que tenía varias esposas. Se dice que era el marido de su hermana Iris, la diosa del arcoíris.

Sin embargo, su verdadero amor fue otra de sus hermanas, la diosa Cloris, de la que se enamoró al instante de verla. Boreas ya la había elegido; la había raptado y llevado hasta el monte Nifates, en el Cáucaso, por lo que Céfiro tuvo que competir con él. Finalmente lo venció y pudo arrebatársela.

Cloris tenía una belleza extraordinaria y permanecía siempre joven. Céfiro estaba completamente deslumbrado por ella y le regaló el dominio de las flores. Juntos, tuvieron una hija, Carpo (“fruta”), que tenía el poder de hacer crecer y dar sabor, color y vida a las frutas, y que más tarde se convertiría en la diosa romana Pomona.

La unión de Céfiro con Cloris fue celebrada entre dioses y hombres, pues el espíritu de la diosa complementó a la perfección la promesa encarnada por su esposo.

Los romanos honraron a Cloris con el nombre de Flora. Cada año, al inicio de la primavera, la gente celebraba los Juegos Florales en su honor. Durante esta festividad, que duraba seis días, los romanos se adornaban con flores y su carácter se volvía eufórico y exuberante.

Algo de esos rituales permanece en nosotros, en nuestro festejo del Día de la Primavera.

Pero lo que celebramos en esta época trasciende las costumbres, los rituales y las fiestas grupales. Tenemos un reloj interno que, a pesar de todo, del ritmo de nuestra vida moderna y de vivir cada vez más apartados de la naturaleza, no deja de registrar lo importante. Instintivamente, íntimamente, estamos sintonizados con el ritmo de nuestro mundo. Festejamos la promesa del renacimiento, la creciente tibieza de la luz del sol, y la fertilidad de la vida; esta unión perfecta del viento y las flores que da frutos.
-Laura Ponce (Escritora, especialista en mitología y ciencia ficción)

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