.las cartas más apasionadas del mundo-Cinicas V

gustave_flaubert____(Gustave  Flaubert)

El amor este Gustave Flaubert y Louise Colet se caracterizó por un incierto desapego de él, que se mostraba más apasionado y entregado por carta que en persona, y las amargas quejas de ella

, quien hubiera preferido menos literatura y más hechos, y aspiraba seriamente a compartir la vida con él. En esta carta él responde a una andanada de ella, que le presiona. Puede que en su momento creyera (en gran parte) en lo que estaba escribiendo, pero la carta tiene un inconfundible baño de cinismo. Flaubert le decía que ocuparía un lugar destacado en sus memorias, mientras que ella, seguramente, prefería ocupar, en el presente, un lugar a su lado. Parece que lo único que él quiere es aplacarla: Gustave Flaubert a Louise Colet 9 de Agosto de 1846 “Niña, te dejas llevar por la locura. Cálmate, te irritas contra tí misma, contra la vida. Yo ya te había dicho que era más razonable que tú. ¡No crees que yo también merezco compasión? No abuses de tus gritos: me desgarran. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Puedo yo abandonarlo todo y marcharme a vivir a París? Es imposible. Si estuviera enteramente libre, iría; si, porque al estar tú aí no tendría fuerzas para exiliarme, proyecto que hice en mi juventud y que algún día pienso llevar a cabo. Porque deseo vivir en un país donde nadie me ame, no me conozca, en donde mi nombre no haga estremecerse a nadie, en mi muerte y mi ausencia no provoquen ni una sola lágrima. He sido demasiado amado, ya lo ves; tú me amas demasiado. Me colman de ternura y sigo pidiendo más, ¡ay! Tú me dices que lo que yo necesitaba era un amor trivial. Yo no necesitaba amor alguno, o bien el tuyo ya no puedo soñar otro más completo, más entero, más hermoso. Son ahora las diez, acabo de recibir tu carta y de enviarte la mía, la que te escribí anoche. Apenas levantado, vuelvo a escribirte sin saber qué voy a decirte. Ya ves que pienso en tí. No te enfades conmigo cuando no recibas carta mía. No tengo la culpa. Tal vez en esos días esté pensando en tí más que nunca. Tienes miedo de que esté enfermo, querida Louise. No temas, las personas como yo, por muy enfermos que estén, no mueren. (…) Cuando entré en tu casa me pareció volver de nuevo al pasado, a uno de esos hermosos crepúsculos tristes de 1843, cuando aspiraba el aire desde mi ventana, lleno de tedio y con la muerte en el alma. ¡Si entonces te hubiera conocido! ¿Por qué no fué así? Estaba solo, libre, sin parientes ni querida, pues jamás tuve ninguna querida. Vas a creer que miento, pero jamás dije algo tan exacto, y la razón es ésta: la faceta ridícula que veo en el amor siempre me impidió entregarme a él. He deseado, en ocasiones, seducir a una mujer, pero con sólo pensar en el aspecto extraño que en esos momentos debía tener me entraban ganas de reír, Tanto es así que mi voluntad se derretía al fuego de la ironía interior, y dentro de mí cantaba el himno de la amargura y de la irrisión. Únicamente contigo no me he reído de mí mismo todavía. Por eso, cuando te veo tan seria, tan entregada a tu pasión, me dan ganas de gritarte: “¡No, no te equivocas! ¡Ten cuidado! ¡A ése no!”. El cielo te hizo hermosa, abnegada, inteligente. Yo quisiera ser distinto de lo que soy para ser digno de tí, quisiera tener los órganos de mi corazón más nuevos. ¡Ay, noo me reanimes demasiado, porque arderé como la paja! Vas a pensar que soy un egoísta, que me das miedo. ¡Pues, si! Tu amor me espanta pues me doy cuenta de que nos devora a ambos, a tí sobre todo. Eres como Ugolino [de la Divina Comedia] en su prisión, comes tu propia carne para saciar tu hambre. Algún día, si escribo mis memorias -lo único que escribiré bien, si es que me pongo a ello-, ocuparás un lugar entre ellas, ¡y qué lugar!, pues has abierto en mi existencia una amplia brecha. Yo me habia rodeado de un muro estoico, pero una de tus miradas se lo llevó como una bala de cañón. Sí, a menudo me parece oír tras de mí el frufrú de tu vestido rozando la alfombra. Me estremezco y me doy vuelta hacia el ruido de la cortina movida por el viento como si tú entrases. Veo tu hermosa frente blanca. ¿Sabes que tienes una frente sublime? Demasiado bella incluso para ser besada, una frente pura y despejada, muy brillante por todo lo que encierra. (…) Cuando lleguen los primeros días de septiembre, encontraré a alguien más para ir a Mantes o a Venon; luego ya veremos. Más, ¿de qué nos servirá acostumbrarnos a vernos y a amarnos? ¿Para qué colmarnos con el lujo de la ternura si después vamos a tener que vivir miserables? ¿Para qué? Pero ¿y si no podemos actuar de otra manera? Adiós, alma querida. Acabo de bajar al jardín y, en un seto de rosales, he cortado el capullo que te envío. Deposito en él un beso. Ponlo después sobre tus labios y lueg ya adivinas dónde. Adiós mil ternuras. Soy tuyo de la noche a la mañana, de la mañana a la noche…” Dos días después le escribía: “Inspirarías amor a un muerto. ¿Cómo quieres que no te ame yo? Posees un poder de seducción capaz de hacer que las piedras se levanten al oír tu voz…” [Casi un Gran Amor Aunque Louise Colet, a quien Flaubert conoció en el estudio de un escultor, jugó un papel excepcional en la vida del escritor, no llegó a ser su gran amor. Éste lo fué seguramente una mujer a la que el escritor amó cuando era adolescente, Elise Schlésinger. En sus cartas, Flaubert fué sincero y vehemente. Louise las conservó en una arqueta de madera y a su muerte, en 1876, pasaron a manos de su hija, Mme. Bissieu (la pequeña Henriette). Sus herederos se desprendieron de ellas y el librero Louis Conard, las incorporó, parcialmente, a una nueva edición de ‘La Correspondencia’. Algunas cartas inéditas fueron publicadas en 1954.] -Selección de Alicia Misrahi

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