.un viaje compartido

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“Se dice que la práctica de la compasión budista se origina en una antigua creencia hindú: la de la reencarnación. Esto no es del todo cierto, si bien tiene una pizca de verdad. Quienes creen en el karma y en la transmigración de las almas saben bien que cualquier pensamiento o acción que envían a otros volverá a ellos con igual o mayor fuerza a través de alguna otra persona o situación. Una ancestral intuición nos dice que lo que hemos hecho a alguien nos será devuelto. Y que algún día podríamos estar en la misma posición de aquél a quien hemos dañado. Cuando se comete una acción daniña se produce una marca profunda. La agresión a los demás nos viola en lo más hondo de nuestro ser.
Pero la fuerza de la compasión proviene de una certeza aún más antigua. Para la tradición hinduísta, que luego hereda el budismo, no hay nada que no sea sagrado. El suelo es sagrado, el cielo es sagrado, el hogar es un templo. Cuando emprendemos una peregrinación, no deseamos herir o hacer daño a nadie en el camino, porque sabemos que las experiencias en ese sendero son creadas por nosotros mismos, aunque quizá se expresen a través de los demás.
En sánscrito, himsa significa ‘hacer o causar daño’. La ‘a’ que puede colocarse antes de esta palabra significa una negación: por eso, ahimsa quiere decir ‘abstenerse de causar daño’ (o dolor), aunque popularmente se la traduce como ‘no violencia’. Ahimsa significa no dañar, sea en el plano físico o mental. Incluye el no matar, por supuesto, pero va mucho más allá: sugiere rehusarse al abuso sutil y a causar incluso un pequeño dolor. En el yoga sutra se la define como ‘la ausencia de prejuicio hacia todos los seres vivientes en todo momento y bajo todo punto de vista’.
Esa no violencia está lejos de ser cobardía. En realidad, se necesita ser muy valiente para sostenerla hasta sus últimas consecuencias. Más fácil es responder a la violencia con violencia, al menos en un primer nivel o instancia. Luego, quizá sintamos que los daños causados a ambas partes son irreparables y que hemos ingresado a una espiral destructiva difícil de controlar. Es decir: hay una reacción automática, por la cual respondemos a un daño con otro daño, y una capacidad de respuesta inteligente, meditada, serena, que evalúa con tiempo cuál es el camino más apropiado. Esta última capacidad sólo se cultiva si nos abstenemos de reaccionar violentamente y utilizamos de modo sabio nuestra energía.”

-Ana Sabuki (de “Todas las mujeres somos Zen”)

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