.las cartas más apasionadas del mundo-Consoladoras II

sigmund freud

Sigmund Freud le escribía a Martha Barnays como si ella fuera una niña necesitada de protección, pero también le contaba de sus descubrimientos y sus lecturas en pasajes como:

“Tu dulce carta de felicitación me sorprendió en el registro, precisamente cuando me preguntaba por qué lado coger el método y qué hacer para mejorarlo. Probablemente, dedicaré toda la semana que viene a hacer experimentos, que habré de preparar antes cuidadosamente. Hoy voy a mostrar a Breuer los especímenes durante la consulta. Estoy seguro de que he dado en el clavo, aunque últimamente todo haya funcionado caprichosamente.”
La ternura no faltaba en sus cartas, que, a pesar de todo, solían ser bastante autoritarias: “Perdóname, amor mío, si a menudo no te escribo en el tono y con las palabras que tú mereces, especialmente en respuesta a tus cariñosas cartas; pero pienso en tí con tan sosegada felicidad, que me es más fácil hablarte de cosas ajenas a nosotros que respecto a nosotros mismos. Y, por otra parte, me parece una especie de hipocresía el no escribirte acerca de aquello que representa lo más importante de cuanto en mi mente existe.”
En la siguiente carta, sin embargo, él la intenta consolar por una discusión que tuvieron y le manifiesta su alegría porque le haya perdonado, aunque se sorprende de los pensamientos que han cruzado por la cabeza de ella y elucubra con la posibilidad de que, quizás por culpa de él, ella haya perdido “su bondad y candor naturales”…
¡Estos hombres!
Sigmund Freud a Martha Barnays
27 de enero de 1886
“Mi dulce tesoro:
Tu perdón me hace profundamente felíz. La idea de que pudieras no pensar en mí con el mismo afecto que de costumbre me producía una sensación a la par penosa y extraña que habría sido incapaz de resistirla mucho tiempo, sobre todo por estar convencido de que fuí el único culpable. Sin embargo, no me siento satisfecho del todo, pues estimo que después de una pelea hay que amarse más que nunca para evitar que las relaciones pierdan ese algo indefinible que poseen. Por primera vez en los tres años y medio de nuestro noviazgo tengo la molesta sensación de que quizás no hayan sido solventados definitivamente todos nuestros puntos de fricción, y si se te ocurre cualquier cosa que esté en mi mano para hacer borrar  tus posibles recuerdos amargos, te agradeceré que me lo digas. Sólo así podré recuperar mi dicha pasada.
Una cosa me ha sorprendido:  no que me hayas perdonado tan pronto, pues contaba con tu perdón aún en el caso de que hubieses dejado de quererme, sino que tales pensamientos te hayan podido pasar por la cabeza. Me refiero a esas amargas ideas que uno reconoce inmediatamente porque extrañas a la propia naturaleza, pero que no se pueden impedir.
Yo había imaginado que tú desconocías este tipo de lucubraciones. Algunas personas son buenas sencillamente porque nada malo les cruza jamás por la cabeza, y otras porque consiguen -siempre u ocasionalmente- superar sus malos pensamientos. Creí que tu pertenecías a la primera categoría.
Sin embargo, quizá yo mismo tenga la culpa de que hayas perdido tu bondad naturales. Y puede que, después de todo, no importe tanto. Quienes chocan con la existencia una y otra vez suelen perder tal cualidad y adquirir un carácter definido para sustituirla.
Si pudiera besarte en este momento, mi preciosa niña, te darías cuenta de que todo continúa como siempre, aunque desde luego no sé qué es, en tu opinión, lo que ha cambiado.
La conducta que he observado respecto a mi familia no merece tus reproches -que ya sé formulas con la mejor intención del mundo-, como sin duda habrás averiguado ya.
Los Ricchetti se fueron anoche. Fuí a despedirlos a la estación, y al decirles adiós me alegró percatarme de que, por un momento, estaba olvidando las pequeñas objeciones que él me sugiere y que son insignificantes si se comparan con el interés que mostró por mí y con las dos cosas que indirectamente le debo: la traducción y la invitación a casa de Charcot. Me dijeron que te mandara sus recuerdos más cariñosos. Ella me pidió también que siguiera enviándola un periódico parisiense, el cual publica una novela en la que está interesada. Así, pues, me he quedado otra vez solo.
No todos los días transcurren sin aportar algo nuevo. Ayer terminé la primera sección del libro. Ahora voy a dejarla a un lado durante algún tiempo y ocuparme de la traducción que había abandonado únicamente por temor a no poder seguir escribiendo de puro cansancio. En realidad, tengo los nervios bastante hecho polvo, y no me vendría nada mal un descanso.”
-Sigmund Freud
 
-Selección de Alicia Misrahi
Una dulzura

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