.aprender a respirar

.aprender a respirar

(women photographers)

 

“(…) Desde el siglo xxi, muchos lectores -no demasiados, cada vez menos- exploran con la feliz extrañeza retrovintage de quien debe aprender otra vez a respirar.
A respirar así: como se respiraba entonces al abrir y entrar en uno de esos libros con perfume a libro y no, ya se apuntó, con olor a máquina, a motor eléctrico, a velocidad y a ligereza y a frase breve no por sabio poder de síntesis sino a burda base de abreviaturas.
Respirar, en cambio, lentamente y hasta bien adentro.
Respirar libros que, si hay suerte y si tienen suerte, los lectores enseguida disfrutarán como el oxígeno puro de bosque verde luego de tanto tiempo perdidos en las negras profundidades de una virtual mina de carbón.
Ese bosque, ese lugar del que nunca debieron partir y al que, bienvenidos, regresan corriendo como sólo saben correr los niños.
Como niños sabios que corren sin pensar, aún, en que alguien los mira correr.
Niños que corren sin ser conscientes de que, por desgracia, por total ausencia de gracia, pronto habrá una manera uniforme y vigente y respetable y armoniosa de correr porque se sabrán observados y juzgados y comparados a otros corredores.
Pero todavía no.
Y correr es leer.
Y acelerados sean los lectores que corren como alguna vez corrieron, como cuando aún no sabían leer pero tenían tantas ganas de saberlo, como en una fiesta de los músculos y de los fémures y de las rótulas y de las tibias y de las calientes risas.
Sin vergüenza ni recato o temor al qué dirán y al qué verán.
Sin esa incomodidad que sentirán dentro de unos pocos años, en unas fiestas tempranas, en los primeros bailes.
En esos bailes que son como correr sin avanzar: porque lo que en realidad se quiere y se desea allí es no moverse; pero, por favor, sin que se note demasiado nuestra quietud.
Y, así, adornarla con mínimos movimientos de brazos y de piernas y algún espasmo despeinador de cabeza.
Todos esos temblores, esos pequeños terremotos íntimos a un costado de la improvisada pista de baile con sonido mono para, un tanto simiescos, desde allí, hacer en digitalizado, con ojos videntes intensos como dedos invisibles, lo que de verdad importa: no dejar de mirarla moverse a ella o de mirarlo moverse a él.
Como si se los leyera.
Como si se quisiera aprenderlos de memoria para después recitarlos a solas, en la oscuridad, acostados pero como corriendo.
Ella o él moviéndose tan bien, mientras nosotros intentamos movernos lo mejor posible.
Y no pensar en cómo nos movemos, en lo ridículos que nos vemos cuando nos vemos bailar y, tal vez de ahí, la humillante proliferación de espejos en las discotecas que enseguida te empujan a detenerte e ir hasta la barra y gastar una pequeña fortuna en sucesivos y coloridos alcoholes con demasiado hielo y agua.
Algo -el vernos bailar, encontrarnos desde afuera, a un lado de nosotros mismos, como esos objetos raros aunque muy conocidos a los que se mira de cerca- tan inquietante como oír la propia voz grabada, o descubrirnos de perfil en una foto.
O, ya se dijo, como en uno de esos espejos de varios cuerpos, cuando nos obligamos o nos obligan a comprar y probarnos ropa nueva que nunca nos queda como deseamos que nos quede.
Ropa que no nos cambia, que no es un disfraz, que lo único que hace es hacernos más nosotros y entonces dejamos escapar un gemido.
¿Así sonamos?
¿Somos así?
Terrible revelación: no, no somos ni sonamos como pensamos que sonamos y somos.
Un efecto similar al que se experimenta, en ocasiones, cuando se lee algo que uno escribió hace mucho tiempo.
Algo que se entiende por escrito, pero que no puede entenderse para qué fue que se lo escribió y en qué circunstancias.
O más terrible e iluminador aún y menos comprensible todavía: el cómo fue que pudo escribirse algo por el estilo.
Cómo es posible haber pasado tanto tiempo aprendiendo a escribir para acabar escribiendo eso que, no, por favor, no digan que es nuestro, que salió de nosotros, que alguna vez se pensó así, y que hasta se lo puso por escrito.
Y, de pronto, así/eso está aquí de nuevo para atormentarnos y encadenarnos como un fantasma de las navidades pasadas.
Pero aún falta mucho para preocuparse por estas cuestiones y, se preguntarán, cuál ha sido el propósito o la razón de ser de abrir la puerta para que salga a jugar semejante digresión.
Fácil pero no sencillo: porque así piensan los adultos (saltando de un punto a otro, como dibujando/uniendo puntos) cuando se sienten particularmente infantiles y dejándose llevar por ráfagas de ideas que son como páginas sueltas arrastradas por la tormenta…”
-Rodrigo Fresán

 

 

 

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