.carta de Nietzsche a Lou Andreas Salomé

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“Con mano trémula te construimos
y apilamos átomo sobre átomo.
Pero ¿quién podrá terminarte?
Oh, catedral “

-Rainer Maria Rilke

Mucho se ha escrito sobre la vida sentimental y amorosa de Friedrich Nietzsche , un filósofo -huérfano de padre a los cuatro años de edad-
Algunos biógrafos insinúan su atracción inconfesada e inconfesable por su propia hermana, la celosísima Lisbeth (Elisabeth).

Thomas Mann llega a afirmar que Nietzsche estuvo durante toda su vida;prisionero de un amor casi incestuoso por Elisabeth, que está presente en la mayoría de los acontecimientos de su vida.
Sin embargo, la mayoría de sus biógrafos sostienen que, sin lugar a dudas, fue  Andreas-Salomé, su verdadero amor.

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Mujer atractiva e inteligente, que enamoró de verdad al solitario y atormentado filósofo de Röcken y que ejerció una intensa fascinación en él, atraído por su sensualidad contenida, su vigoroso intelecto y su fuerte personalidad.
Cuando apenas tenía veinte años logró conquistar el corazón de quién sería la única mujer de la que lograría enamorarse en su vida.
Pero también el filósofo Paul Ree, el poeta Rainer Maria Rilke y el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el sociólogo Ferdinand Tonnier, el psicólogo experimental Herman Ebbnghaus y otros muchos se sintieron atraidos por Lou Salomé.
Fue a través de Paul Ree  que Lou Salomé conoció a  Nietzsche.
Lou era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él.
En 1901 se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella.
Otro tanto ocurrió con  Nietzsche , si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular,
Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía  Nietzsche  en aquella época:
“Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido”
Cuando  Nietzsche  conoció a aquella jovencita que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva, se sintió inmediatamente seducido por ella.
Pero Lou solo amaba el pensamiento de  Nietzsche , en absoluto al hombre.
Lo rechazó una y otra vez.

Cómo afectó a Nietzsche los rechazos amorosos

En 1882, después de haber sido rechazado en múltiples ocasiones, Nietzsche perdió la esperanza. No supo encajar el rechazo y, por ello, se encerró en una habitación y pocos días después escribió un poema filosófico inspirado por la frustración de un amor imposible.

Unas semanas después se encerró en su pequeña habitaciíon; era el mes de febrero de 1883.
En pocos días, Nietzsche  compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.

“Lou:
Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma.
Nunca he conocido a una persona más pobre que tú.
Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce.
Sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia.
Sincera y justa en minucias, por tozuda en general, en una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: Insincera.
Sin la menor sensibilidad para dar o recibir.
Carente de espíritu e incapaz de amar.
En afectos, siempre enferma y al borde de la locura.
Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores
En particular:  Nada fiable.
De mal comportamiento.
Grosera en cuestiones de honor
Un cerebro con incipientes indicios de alma.
El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico.
Nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles.
Fuerte voluntad pero no un gran objeto.
Sin diligencia ni pureza.
Sensualidad cruelmente desplazada.
Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual.
Sin amor por las personas pero enamorada de Dios.
Con necesidad de expansión.
Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo,

-Friedrich Nietzsche

Lou Andreas Salomé cuenta cómo conoció a Nietzsche:

“Yo estaba en Roma con mi madre. Tenía algo más de veinte años. Deseaba fervientemente aprender. Conocí a Paul Reé, quien me habló de un amigo suyo a quien admiraba, Friedrich. Una mañana, en San Pedro, mientras Paul trabajaba dentro de un confesionario, Nietzsche vino hacia mí y me preguntó: “¿En virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos los dos aquí?”

Y cuenta de él…

“Era de mediana estatura, de aspecto tranquilo y cabellos negros peinados hacia atrás, modestamente vestido aunque sumamente cuidado. Los rasgos finos y muy expresivos de su boca estaban casi completamente cubiertos por un espeso bigote. Podía perfectamente pasar desapercibido. Sus manos, sin embargo, conquistaban las miradas. Eran incomparablemente hermosas y finas, y el propio Nietzsche decía que revelaban su genio. Casi no veía, pero su vista enferma cubría sus rasgos con un encanto mágico, tenía la mirada volcada hacia adentro, porque toda su actividad no era más que una exploración del alma humana en busca de nuevos horizontes, en busca de esas “posibilidades no agotadas” que no se cansaba nunca de crear y transformar en el fondo de su pensamiento.

Friedrich era ante todo una personalidad religiosa. Sólo comprendiéndolo será posible arrojar algo de luz sobre el sentido profundo de su obra, de sus sufrimientos y de sus apoteosis. Anunció con terror la muerte de Dios, y pretendió descubrir un sustituto del dios muerto. “Muertos están todos los dioses, grita Zaratustra: ahora queremos que viva el superhombre”. Me habló horrorizado del eterno retorno. Pensó que era una trágica revelación. Sus sufrimientos podían volverse interminables. Se sentía llamado a predicar una nueva religión. Cuando le conocí, quería dejar de escribir durante diez años para luego volver a retomar su misión.

Sólo comprendiéndolo será posible arrojar algo de luz sobre el sentido profundo de su obra, de sus sufrimientos y de sus apoteosis”

Y sigue Lou: “Creo que pensó en que yo le acompañara en su epifanía. Pero todo se estropeó porque a los pocos días de conocerme me pidió en matrimonio. Paul Reé también lo había hecho. Les dije que no a ambos. No quería casarme. Mi sueño era un cuarto de trabajo agradable, lleno de libros y flores, flanqueado por dos dormitorios y -entrando y saliendo de nuestra casa- camaradas de trabajo reunidos en un círculo alegre y serio. Mis cinco años con Paul Reé se asemejaron mucho a eso. Pero Friedrich era distinto. Quería otras cosas. Y, además, su hermana consiguió que nos enemistáramos. Le conocí en marzo y nos vimos por última vez creo que en octubre. Durante una excursión al Monte Sacro quizá le besé. Eso fue todo.”

La separación de Lou fue muy dolorosa para Nietzsche. Se sintió traicionado y humillado. Aquel trío en que había puesto grandes esperanzas, que le había proporcionado una energía desconocida, se había deshecho en un embrollo de equívocos.
Abandonó Alemania, y se refugió en Rapallo.
“Mi salud era mala; el invierno fue frío y lluvioso; un pequeño albergue, situado al borde mismo del mar, tan cerca de ella que las olas me impedían dormir, me ofreció un abrigo insatisfactorio desde todos los puntos de vista. A pesar de ello -y esto es un ejemplo de que lo que es decisivo llega “a pesar de “- fue durante este invierno y en esta incomodidad cuando nació mi Zaratustra. Por la mañana, trepaba hacia el sur, por la carretera que asciende hacia Zoagli, entre los pinos y dominando el inmenso mar; al mediodía iba, contorneando la bahía de Santa Margarita, hasta Portofino. En esos dos caminos me llegó la primera parte de Zaratustra; mejor aún, Zaratustra mismo como tipo; más exactamente, él cayó sobre mí”.

Lou estaba casada con Friedrich Carl Andreas, un catedrático de Lenguas Asiáticas y ya había abatido a Nietzsche, un ciervo de 14 puntas. Ella y Rilke tenían la misma forma de amar. Entre los dos compusieron una pasión intelectual, una complicidad amorosa, y al mismo tiempo una sumisión atemperada por la admiración y una locura andrógina, que al final se transformó, como en otros casos, en una amistad estética compartida con el marido paciente y ambiguo. Vivieron juntos. Viajaron a juntos. Ella llevó a Rilke a San Petersburgo, su patria, y después sucesivamente habitaron en secretos refugios y no se sabe qué les producía a ambos más placer, si encontrarse o buscar cada uno por su lado la soledad. Esa pasión fue manantial de muchos poemas amorosos.

“Apágame los ojos y te seguiré viendo, cierra mis oídos y te seguiré oyendo, sin pies te seguiré, sin boca te seguiré invocando”.

Incluso una mujer tan libre no pudo resistirse a estos versos.

“Como la araña que teje la malla de su fina tela desde ti misma y te instalas en su centro —le susurraba al oído el poeta— feliz y sorprendida, atrapando mosquitos para devorarlos”.

Sin duda, reducir a Rilke a la categoría de mosquito fue una gran hazaña femenina.

Después Lou Andreas-Salomé estrenó la moda de hacerse psicoanalizar por el doctor Freud en su consulta de la calle Berggasse, 19, en Viena. Tumbada en el famoso diván cubierto con una alfombra persa, entre figuras paganas, diosas de la fertilidad y estatuillas egipcias, pellizcando cocaína pura, exhibió su sobrecargado subconsciente entre carcajadas. Lou rompió la primera regla del psicoanálisis: no enamorarse ni enamorar al psicoanalista, pero esta mujer consiguió salir ilesa del diván y llevar al doctor a la cama. Fue admitida en el Círculo de Viena.

Via: El PaisEl club de los libros perdidos El Cultural

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Katharina Lorenz, en ‘Lou Andreas-Salomé’

 

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